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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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martes, 27 de septiembre de 2016
UN SEÑOR ESTUPENDO

    En el último debate de investidura, trajo Rajoy a la tribuna la palabra estupendo para calificar irónicamente a Pablo Iglesias. “A veces pienso”, le dijo para explicarlo, “si me gustaría ser como usted” y, a continuación, se lanzó a detallar, entre socarrón y amable, el rosario de virtudes que, pretendidamente, adornaban a su rival y que podían explicar cualquier afán de tomarle como modelo. Les recomiendo el repaso de ese fragmento porque, desde mi punto de vista, se trata de una pieza notable de oratoria parlamentaria. La crítica del oponente, calmada y suelta, se hace sin estridencias ni tecnicismos, valiéndose sólo de ambigüedades y de interrogaciones humorísticas, pero, a la vez, yendo a lo esencial, es decir, a desvelar y a desmontar las presunciones sobre las que se sostiene la radicalidad de su discurso. La sonrisa de Iglesias desde su escaño hizo ver que también a él le había sorprendido y agradado el discurrir del candidato a la Presidencia y, cuando volvió a la tribuna, tuvo el detalle de elogiarlo y de acuñar esa expresión de la que me he valido para el título: “usted es un señor estupendo”, le dijo a Rajoy, aceptando jugar con la misma palabra que su oponente había puesto sobre la mesa. Más le hubiera valido a Iglesias quedarse ahí, en subrayar el valor del otro, porque el discurso que articuló a continuación no sirvió sino para confirmar que, en efecto, el candidato tenía razón al describirle henchido de un sentido de la superioridad difícilmente soportable. No hubo en Iglesias interrogaciones, dudas o perspectivas discutibles: todo siguió contundentemente claro para él y hasta, si se fijan, el elogio de Rajoy no es otra cosa que la ratificación de que él está tan por encima que puede calificar o descalificar a su antojo a cualquiera que se le ponga por delante.

   Pero Iglesias, ya lo he dicho en otra ocasión, me parece un hombre penetrante, aunque, en contrapartida, le pierdan la rigidez ideológica y ese aire suyo de repelente niño Vicente. Porque, en efecto, describir a Rajoy como un señor estupendo se me hace que es dar en la diana. Se trata de una expresión que, si bien admite una lectura positiva, convoca, a la vez, la sombra de la esclerosis. Iglesias hizo como si sólo se refiriera a lo bueno, como si solo se tratara de un piropo. Rajoy era un señor estupendo por ser un buen orador, un parlamentario con ironía y retranca y un político, en cierto sentido, diáfano. Sentía incluso no haber podido debatir antes con un contrincante de aquella talla –se sobreentiende que similar a la suya y mayor que la del resto de los líderes-. Sin embargo, pudo haber dicho es usted una persona estupenda o un hombre estupendo o haber evitado el adjetivo en cuestión, construyendo cualquier otra expresión de elogio. Al mantener el estupendo, palabra poco usada por los jóvenes actuales, y añadirle el señor, situaba al candidato en el país de los viejos o, por lo menos, en el de los anticuados. Además, como nos enseñara Mihura, un señor huele siempre a rancio y provinciano. Él, Iglesias, era Ninette, la joven cosmopolita e innovadora, y Rajoy un señor de Murcia o, en su caso, de Pontevedra. A mi entender, fue una finta intuitiva y rápida, eficaz a la hora de devaluar el alcance del discurso de su oponente, destinado, por muy respetable que fuera, a ser aceptado sólo por los ciudadanos más anquilosados.

   Pero a lo que iba no era tanto a glosar la habilidad dialéctica de Iglesias como a subrayar el acierto de situar en su vena provinciana el punto débil de Rajoy. Porque, según creo, si el candidato no ha logrado pasar de tal, se debe en una parte considerable a esa manera suya de ser y de actuar, propia de los acomodados señores de las élites de las provincias. Rajoy es brillante en el parlamento, pero conservador y paralítico en muchos de los asuntos del Estado en los que se requiere impulso, iniciativa y novedad. Parece moverse como un político de la Restauración: prudente, liberal, pero anclado en lo eterno. Su talla oratoria decae ante las cámaras, símbolo de un mundo transformado en el que él ya no se siente muy a gusto. Su pachorra a la hora de enjuiciar la corrupción que tanto ha debilitado la fe en la democracia, su estoica actitud ante los desafíos del separatismo, su ambigüedad ante los compromisos –en el colmo, nos sorprendió insinuando que podía no presentarse a la investidura, aunque tuviera ya el encargo del Rey- y su estilo arcaizante nos le hacen ver como uno de esos señores que habitaban las mansiones de las pequeñas ciudades y que, mientras disfrutaban de una copa de coñac y un buen puro, comentaban en sus distinguidos cenáculos, con cierta indiferencia, los problemas del país, seguros, como escribiera Lampedusa, de que todo cambia para que todo siga igual.

   Desgraciadamente, nos encontramos de nuevo en la encrucijada entre dos de los defectos que han frenado tanto el desarrollo de España: la inercia de lo provinciano y la rigidez de las ideologías redentoristas. Si Dios no se apiada de nosotros, nos mantendrán indefinidamente paralizados.  Bueno, en realidad espero que no lleguemos a necesitar la ayuda divina, pues ni Rajoy es sólo un señor de provincias ni Iglesias una mente enteramente colapsada por la revelación ideológica -aunque confío más en las posibilidades del primero que en las del segundo. Espero que del lado más flexible de ambos y de su amplia cultura brote algún tipo de acuerdo que nos permita salir de este prolongado impasse.

ciudadsinmurallas@gmail.com

Facebook: Jesús A. Marcos

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