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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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martes, 30 de agosto de 2016
La sociedad de los pokémon

   Kant, el pobre, creía que la Ilustración, que en su época se había empeñado en llevar a todas partes las luces de la razón, estaba conduciendo al género humano hacia su mayoría de edad. Más de doscientos años después, resulta difícil creer que la madurez haya logrado extenderse tanto y que nuestra sociedad pueda ser tenida por adulta. Vean, si no, el éxito de los pokémon, ese entretenimiento de niños que se ha convertido en entretenimiento de todos, ahora que parece que, olvidados los muñecos de antes, sólo son juguetes los juguetes electrónicos. O fíjense en cuáles son los programas de televisión más vistos, reiteradamente preferidos por el gran público. A la gente le chifla seguir, día a día y al detalle, las discusiones de los “especialistas” en los recovecos y en las miserias de la vida de los famosos, sean famosos de primera, de segunda o hasta de tercera categoría. Los acontecimientos deportivos, que también colonizan las pantallas de los hogares, son la savia nutricia de muchos otros. Los éxitos de los equipos de fútbol se celebran como si en ellos nos fuera la vida a todos. Los anuncios comerciales repiten eslóganes en los que la juventud se muestra y se demuestra por exhibición de hiperactividad o por vinculación esencial con las bebidas o los vehículos de moda. Y, en las charlas en el trabajo o entre amigos, las personas que saben expresarse correctamente se limitan a reproducir las consignas sociales al uso, como lo hacen los niños cuando repiten como papagayos lo que han oído a sus padres. Unos condenan con saña a los políticos, otros afirman que la vida es para pasárselo bien y ser feliz, otros dicen que les ha encantado tal o cual país que han visitado o que tal o cual película es buenísima, aunque no sean capaces de describirlos o comentarlos mínimamente. Y, claro, más que nada, todos permanecemos al acecho para que nadie nos tome por no enterados en cuanto emergen los tópicos colectivos dominantes. Incluso vistiendo, por debajo de la aparente liberalidad con la que nos ponemos las prendas, no hacemos más que acomodarnos a los nuevos preceptos sociales, el primero de los cuales, acatado sin rechistar por las multitudes, establece que el pantalón vaquero es una prenda cómoda y útil, propia de personas modernas y atractivas,

   Se me dirá que, si me atrevo a considerar estas cosas como propias de una sociedad infantil, debe ser porque tengo claro en qué consistiría su mayoría de edad. Y ahí se me pilla porque, verdaderamente, no soy capaz de articular un discurso bien fundado. Me muevo casi por entero en lo negativo, en la idea de que esto que hay ahora no es madurez. O, mejor, en la de que esto tampoco es madurez. Porque, si uno vuelve los ojos al pasado, no encuentra en los usos, costumbres y creencias de nuestros antepasados nada que nos haga suponerlos mejor desarrollados que nosotros. También ellos creían en memeces y hasta se mataban por defenderlas. Desde luego, en lo que yo he vivido directamente, no cambiaría de ninguna manera la sociedad de hoy por la de los años cincuenta, sesenta o setenta. Incluso, a pesar de mi escepticismo respecto al valor de las formas de vida actuales, hasta soy un pelín optimista histórico. Quizá seamos un milímetro más adultos que los que nos precedieron.

   Tal vez, conviniera elaborar entre todos una especie de programa para la madurez social, con procedimientos e instrumentos para llevarlo a efecto. Tal vez. Pero también puede que resulte una tarea imposible. Necesitaríamos de un consenso que probablemente sea inalcanzable. A la madurez le ocurre como a la felicidad: son palabras e ideas matrices en las que cabe todo. Es difícil definirla y, si vamos a los comportamientos concretos que debieran acreditarla, la disparidad de opiniones se multiplica. Me dirían muchos, por ejemplo, que por qué he citado yo, entre los comportamientos inmaduros, el entusiasmo desmedido por los espectáculos deportivos o el seguimiento de los programas del corazón. Y seguramente tendría yo que retroceder y matizar y aceptar que no sé captar aspectos que ellos captan. Al final, me inclino a pensar que reclamar una definición y un programa para la madurez colectiva puede llegar a ser hasta contraproducente. ¿No acabaríamos tratando de imponer a los demás, incluso por la fuerza, nuestra sesgada idea de cómo debe ser la vida en común? Probablemente, la mayoría de edad no deba ser reclamada o predicada de un colectivo, aunque así lo hiciera el insigne Kant. Seguramente baste con que se garanticen para todos las libertades y derechos fundamentales. En ese marco, crecer y madurar es, sobre todo, una tarea individual. Cada cual debe descubrir, en su propia senda existencial, el sentido de hacerse adulto. Herederos los europeos de la predicación de la fraternidad cristiana y de la solidaridad socialista, olvidamos que la naturaleza, además de miembros de un grupo, nos ha hecho sujetos separados y que, por ello, la construcción independiente de uno mismo es lo que tiene la vida de más interesante. 

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