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Con “A” de aprender | por Alberto Martín García
foto Con tanta vocación de profesor como de alumno de mis alumnos en la Universidad, comparto con los lectores de El Adelantado de Segovia este blog. Pretendo dar mi visión de diferentes aspectos relacionados con la educación y su situación actual. Soy buen amante del debate y la discusión y, si lo consideras oportuno, tu aportación como lector será bien recibida y hará de Con "A" de Aprender un espacio abierto con el que espero seguir aprendiendo.
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sábado, 20 de agosto de 2016
Los días vividos.

Hay lectores que me preguntan que por qué casi nunca escribo sobre mis vivencias personales. Siempre doy la misma respuesta, porque por un lado no me suceden cosas tan interesantes como para que las cuente en un libro, y porque me resulta además mucho más divertido imaginar o como mucho relatar la realidad que observo simplemente como testigo.

La plazoleta de José Zorrilla es uno de esos puntos de la ciudad en la que todavía es posible escuchar los gritos y las risas de los niños, los balones golpear las paredes, la celebración por el mejor gol jamás visto, las pisadas al saltar la comba o el chirriar de los columpios agitarse con la intención de tocar el cielo, aparentemente cercano si quien se sube deja a un lado la fría realidad y se concentra en creerlo alcanzable.  

En uno de los edificios que rodea la plazoleta vive un hombre que siempre que paso está asomado a la ventana del primer piso, observando imponente a sus pies el mundo que lo rodea. Calculo que ronda los ochenta años, y si alguna vez te detienes y te quedas mirándole, te parecerá serio. Apoya con fuerza sus manos sobre la parte inferior del marco, y en silencio se pasa horas contemplando la calle que ahora le parece lejana o, quizás por la edad, menos apetecible que cuando de joven la consideraba el mejor hogar para devorar el mundo.

Él no lo sabe, pero a la vez que él vigila la calle yo le observo.  Imagino qué estará pensando o por qué de repente se queda mirando un escena a lo lejos que, a ojos de cualquiera, resulta cotidiana, una entre muchas. Cuando pierde interés por ella sus ojos se vuelven un faro, y de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda, recorre despacio toda la calle. Y yo le imagino satisfecho de que todas esas secuencias cotidianas se desarrollen con normalidad. Pero siempre con el rostro serio, sin transmitir ninguna emoción concreta.

Pero una tarde el guión cambió y todas las ideas que había imaginado hasta aquel momento se diluyeron. El hombre sonrió. Llevaba unos segundos mirándole, como hago de costumbre al pasar por su ventana. Yo ya estaba habituado a su gesto tranquilo, y cuando dibujó esa sonrisa me pareció el tipo más amable del mundo. Busqué corriendo entre los muchos habitantes de la plazuela a los responsables. Seguí la dirección de sus ojos y descubrí que apuntaban a un niño y una niña de no más de diez años. Ella iba subida a una bicicleta roja y él la perseguía a unos centímetros. Los dos se reían a carcajadas, y por el paso que llevaba el crío en su persecución, sospecho, y quizás el señor de la ventana también, que prefería no alcanzarla y que era más divertido para ambos estar a punto de hacerlo que el propio hecho de lograrlo y romper la magia que les provocaba a él estar cerca de conseguirlo y a ella estar a punto de ser atrapada.

La escena duró medio minuto en la que fui intercalando miradas hacia los niños y hacia el hombre de la ventana. Cuando por fin terminó, el señor recuperó su gesto de siempre, ese que decía más arriba que era sereno y a la vez serio. Y todo volvió a la normalidad, a la cotidianeidad de las calles en las que se respira vida. Él siguió vigilando desde su altar que es la ventana del salón de su casa que todo fuera como siempre, pero mientras duró el medio minuto y su sonrisa reinó en la plazuela, pensé en ese lugar donde habitan los recuerdos, donde somos capaces de convertir provisionalmente el pasado en presente y reconstruir los mejores momentos vividos tiempo atrás. Con la misma velocidad con la que vienen se van, y es conveniente no usarlos demasiados para que no se desgasten, pero si son capaces de sacarnos una sonrisa, como al hombre de la ventana del que ni siquiera sé su nombre, bienvenidos son siempre… 

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