Las fotos, mañana.
No queda más remedio que aplaudir. Aunque no se permita una ovación; algo demasiado intenso para los sentimientos congelados, a pesar del buen tiempo que está haciendo, de este país. Aunque todo se entienda con un aplauso, un único aplauso. El momento de volver está tan cerca como lejos parecía estar el día del partido señalado en aquel póster, que empapelaba los corchos y ventanas de entrada al pabellón de Imabari, y que terminó por llegar, y pocas cosas podrán pagar la experiencia vivida. El aplauso es merecido, incluso cuando se es consciente de que al final los japoneses también guardan errores en su programación; quizás tantos como los españoles que me han dejado sin conexión durante dos días.
Durante estas horas de incomunicación, Japón continúa siendo presente, pero Imabari, como Hamah, ha quedado en el pasado; en las conversaciones que marcaban el trayecto hacia el pabellón y que aumentaban el recorrido alcanzado de cada uno sobre el camino en la vida de otro. Imabari ha quedado en el recuerdo de los paseos en bicicleta bordeando islas para los que movieron ficha primero y de la búsqueda de la playa para los que, como Cidao, Guga y Burrito no consiguieron llegar. Dos ruedas para tres pueden ser suficientes, pero solo si lo son para artistas de circo. Y hasta ahora ellos solo lo han demostrado ser de pabellón.
Imabari también ha quedado en la retina como lo que ha sido, al menos, para mí; un auténtico regalo en muchísimos aspectos. Ha quedado tradicional, una ciudad vestida de gala; de Geisha... como mínimo cinco veces. Imabari ha quedado atrás como un partido entre la Organización y el desorden ordenado. O lo que es lo mismo, las incomprensibles estrategias que Miguel de Diego, rey del regate (y no solo en el fútbol sala) emplea para dejarse perder y quedar bien con los anfitriones, haciendo que los golazos de Ángel Camera San y Pepelu no sirvan para nada, excepto para rellenar tertulias en los largos trayectos de autobús, que han vuelto a ser de una hora. O de dos. O de tres... o incluso de cinco.
Las autopistas de Japón, habitadas por coches nada poetas y estrechos, con volantes en el lado derecho, avanzan sobre puentes gigantes a cuyos lados, de vez en cuando, una noria trata de ganarles grandeza, de la misma manera en que las ciudades y pueblos intentan ganarle espacio al mar. Pararse a pensar en un restaurante de carretera acerca de las dimensiones de todo, mientras masticas algo tan diminuto como un grano más de arroz, resulta paradójico. Tanto como lo parece reflexionar acerca de cómo un equipo llamado Nagoya Oceans, un bebé en este mundo del fútbol sala que debería llevar chupete y usar pañales por si se hace caca ante la visita de un grande de este deporte como lo es el Caja Segovia, se come con patatas los dos huevos que en mi casa siempre decían que comería al convertirme en padre. Parece ser que el bebé nació fuerte y con buen peso, así que quizás la solución sea alimentarse bien de lo que comen en esa casa tan tan tan tan grande.
Y ahora voy a cerrar este artículo de un modo tradicional japonés. A la de tres, quiero un solo aplauso. Uno. Dos. Tres. Aplauso.