Hasta el 0-1 de ese minuto 116 para la Historia, España ya había dejado tocada a Holanda. La Roja, quitando ese par de mano a mano entre Robben e Iker, y algún latigazo más del holandés, había ganado más envites; y eso, cuando se llega al final del juego, cuando las fuerzas físicas comienzan a fallar, se acaba notando. El primero en avisar fue Ramos en un cabezazo desviado a córner por el portero holandés. Luego llegó Villa con un disparo al lateral de la red, más tarde otro cabezazo de Puyol en un córner nada más comenzar la segunda parte que Capdevila no llegó a rematar en el segundo palo, y algo después, una internada de Navas, cuyo disparo final rebotó en la pierna izquierda de Van Brockhorst y eligió el camino del córner en vez del de las redes… Todos ellos, interrumpidos, una y otra vez, por supuesto, por el silbato del árbitro, algo indiferente, hay que decirlo, al reglamento. Impasible (e imposible) en su papel de juez; El 6, el 3, el 9, el 5, el 11, el 8, el 2… y alguno más que ya no recuerdo.
Y es que, aunque nuestros locos bajitos parezcan un grupo de alevines a punto de jugarse el trofeo de Brunete. Aunque contagien la misma ilusión, desprendan la misma ambición, y recuerden en sus abrazos a un grupo de amigos de 7 años que apenas saben de la vida, de los lados ocultos de los pañuelos, lo cierto es que eran hombres jugándose una Copa del Mundo. Y lo cierto es que, por eso mismo, resulta imposible usar como alegato el siempre recurrente “son niños, tienen que divertirse”. Mucho menos el justificante de que precisamente se trataba de una final de la Copa del Mundo y es un partido difícil de arbitrar. En tal caso, la FIFA debería haberlo tenido en cuenta a la hora de designar el árbitro. Se supone que a la final llegan los mejores, ¿no? Aunque pensándolo bien, y conociendo los antecedentes, quizás Blatter aparezca dentro de unos días pidiendo perdón por las brutales entradas de Van Bommel o el pisotón de De Jong en vertical sobre el pecho de Xabi Alonso.
Desde luego si su estrategia era esa, si querían partirnos con tacos el alma desde el principio, lo llevaban claro. De un tiempo a esta parte el deporte español ha cambiado en cuerpo y alma, y por si hacía falta recordárselo a nuestros chicos, en las gradas estaban Pau y Rafa, Rafa y Pau, que son para el deporte español como Nelson Mandela para el pueblo sudafricano. El pañuelo ya no se cae. El pañuelo ya no se olvida. El pañuelo ya ni siquiera se desgarra si alguien tira fuerte intentando descomponerlo en jirones. Por eso no importaba que ya nos hubiésemos dicho por dentro “preparados, listos” y nos faltase el “ya” para cantar gol en el contragolpe en el que Cesc se quedaba sólo ante el meta rival.
Como el pulpo, como Iniesta, sabíamos, sabían que el gol terminaría llegando. Sólo hacía falta mantener la paciencia. El pañuelo que iba a quedar esta vez era el rojo, amarillo y rojo. Seguro. Y así ha sido. Las banderas españolas siguen ondeando por Bruselas. Les queda una noche larga. Y unos días. Por fin podemos decirlo; España es Campeona del Mundo de fútbol. Y cómo nos queda la estrella en el pecho. Y qué bien le sienta al mundo nuestro pañuelo.