El tren que lleva a Belgrado tiene un cambio en Doboj a la una de la mañana. La noche se parte en dos y dormir es imposible. Hay que salir corriendo de un tren, cruzar las vías mientras la policía serbia trata de impedirlo y embarcarse en otra locomotora mucho más pequeña para coger sitio. Antes, el revisor nos ha levantado de nuestra improvisada cama para dejar paso a dos personajes que roncarán durante las horas que dure el primer trayecto. Rondan los ochenta años y no conocen la higiene diaria. Él, estirado en su asiento, ocupa la mitad del de enfrente. Ella no dice nada cuando ve que me quedo sin espacio, y hace como que duerme. Yo le lanzo miradas asesinas y doy un soliloquio en castellano antes de la carrera en aquel pueblo bosnio. Otra noche en vela en los Balcanes.
Al llegar a la capital, sólo son las siete de la mañana y el alfabeto cirílico impide llegar a ninguna parte. Los serbios se olvidan de la reserva del hostal, y nos realojan en otro mucho más céntrico. El ascensor grita su edad en un cartel e indica que, debido a sus 79 años, hay que cerrar la puerta con cuidado y viajar de dos en dos. Belgrado será, durante un día, la ciudad donde los museos cierran pronto y todas las calles tienen pérdida.
El Danubio se une al río Sava bajo la ciudadela Kalemegdan. Los F-117 abatidos por las fuerzas antiaéreas yugoslavas durante el bombardeo de la OTAN en 1999 se exponen hoy al aire libre en el Museo Militar. Un poco más allá, el Monumento a la Victoria, esculpido por Ivan Mestrovic. La imagen fue retirada del centro de la ciudad y destinada al citado parque debido a su desnudez frontal, que provocaba quejas entre los belgradienses. Ahora hace nudismo frente al río que de noche abre sus splavovi (barcazas) y las convierte en bares de copas.
La calle Skadarlija, con su multitud de terrazas, conduce a una plaza de la República respaldada por el museo nacional y el arqueológico, un par de bloques más allá. El mausoleo de Tito está cerrado; la llamada "casa de las flores", con regalos hechos al líder comunista, queda pendiente para una próxima visita. Sí está abierto el conocido hotel Moscú, que no defrauda en su antigua majestuosidad.
La capital serbia tiene también su propio Silicon Valley. Nada que ver con valles californianos llenos de tecnología y dinero. Silicon, en este caso, no viene de silicio, como el americano, sino de silicona. Un lugar de paseo para ciertas chicas y sus fornidos acompañantes y de observación atónita para otros.
Belgrado sorprende de noche, aunque ya hubiéramos leído aquello de que estaba de moda. Recibe festivales de música, teatro, películas y hasta de cerveza todos los años. En la ciudad de la que Ivo Andric escribió El puente sobre el Drina existe una zona mágica que salva el duro carácter serbio. Es el equivalente a la calle de los Bares o la maratón de terrazas de la plaza mayor segoviana durante el verano. Este barrio bohemio, con calles empedradas y multitud de locales con música en directo, es conocido como ‘el Montmartre belgradiense’. Un buen lugar para cenar algo típico antes de partir hacia el próximo destino: Montenegro.