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Con “A” de aprender | por Alberto Martín García
foto Con tanta vocación de profesor como de alumno de mis alumnos en la Universidad, comparto con los lectores de El Adelantado de Segovia este blog. Pretendo dar mi visión de diferentes aspectos relacionados con la educación y su situación actual. Soy buen amante del debate y la discusión y, si lo consideras oportuno, tu aportación como lector será bien recibida y hará de Con "A" de Aprender un espacio abierto con el que espero seguir aprendiendo.
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miércoles, 19 de abril de 2017

Es cierto, mi titular ha podido quedar muy imperativo teniendo en cuenta que me estoy dirigiendo a personas a las que en su mayoría no conozco, pero más que una orden lo que ofrezco al comienzo es una recomendación. Si eres empresario y la coges al vuelo, créeme que saldrás ganando, y esto no es una opinión, es una certeza.

Llevo casi siete años trabajando en la Universidad de Valladolid. Soy profesor asociado (de los que tienen otro trabajo que compaginan con la actividad docente) e imparto clases en el grado de Publicidad y RR.PP. Cuando empecé era habitual que algunas empresas e instituciones públicas vinieran pidiendo ayuda para algún trabajo publicitario, siempre como una colaboración en la que el alumno reconozco que recibía menos de lo que se llevaba quien solicitaba esa ayuda. No sé si por falta de presupuesto o por pensar que al ser estudiantes su talento aún no estaba desarrollado, pero había propuestas poco ambiciosas y un tanto confusas en cuanto a los objetivos.

Sin embargo esa tendencia lleva dos o tres años que ha cambiado radicalmente. Quizás la redes sociales y el crecimiento del Festival Publicatessen han ayudado a su difusión, pero ahora son muchas las entidades públicas y privadas que se acercan al Campus María Zambrano con las ideas muy claras a ofrecer concursos y colaboraciones para crear campañas publicitarias, y con premios y reconocimientos generosos. Sé que me dejo alguno, pero sin ir más lejos en ese tiempo que acabo de mencionar hemos contado con concursos propuestos por Procose, con José María Ruíz a la cabeza; el Ayuntamiento de Valverde del Majano para su Premio Nicomedes García; la Academia de Artillería para promocionar su biblioteca abierta a todos los ciudadanos; la Diputación de Segovia con su iniciativa ‘Un verano de cine’; el Open de Castilla y León de Tenis; el Ayuntamiento de Segovia, Fundación Aída… y más que me dejo por el camino.

Cuento esto porque lo que connota ese incremento tan significativo de colaboraciones es que cada vez se valora más el talento y la creatividad de los estudiantes de Publicidad y RR.PP. que pasan por Segovia. Ya nadie se acerca al campus creyendo que al ofrecer una colaboración está haciendo un favor a los alumnos. No. Las entidades que he mencionado, e insisto que son más de las que cito, han venido aquí con un trato de igual a igual en el que todas las partes han salido ganando: los alumnos trabajando en equipo y poniendo en práctica sus cualidades, aprendiendo y mejorando en cada propuesta, algo que sin duda les servirá de cara al futuro, y en caso de ganar consiguiendo además buenos premios (creo que eso es lo de menos). Y las empresas e instituciones se llevan el mejor resultado de ese talento en forma de piezas publicitarias que sin duda amplifican la difusión de aquello que quieren comunicar a su público.

Mi opinión, y esto es subjetivo aunque creo que contaría con el respaldo de los compañeros del mundo de la publicidad con los que trabajo, es que buena parte de los anuncios que se emiten en los medios locales, ya sean en el formato que sean, son ampliamente mejorables, tanto en el mensaje como en la calidad de la imagen, el sonido, la fotografía… Y creo que el problema es que muchos de ellos no están creados por profesionales del mundo de la comunicación, con todo lo que eso conlleva. Se tiende a ver con demasiada frecuencia, especialmente en las ciudades pequeñas, la publicidad como un gasto en vez de una inversión, y eso que hace que los presupuestos destinados a una campaña sean demasiado reducidos. 

Esta entrada al blog no busca quitarle trabajo a las agencias de publicidad que hay en Segovia.  Lo que pretendo es recordar a los empresarios y responsables de comunicación que no están optando por ellas (por las agencias) que en el Grado de Publicidad y RR.PP. de la UVa hay muchos estudiantes con talento que están deseando que desde el exterior se les haga partícipes de sus proyectos; se les rete para que demuestren que están preparados para hacer piezas de gran calidad. Puedo asegurarles que las entidades que he citado más arriba han salido todas más que satisfechas no solo con el resultado final sino con la seriedad demostrada desde el inicio.

Son jóvenes, tienen talento y lo único que necesitan es que se cuente con ellos. Acercaos y comprobadlo de primera mano. Para los que creemos que la universidad tiene que tener un componente muy práctico y centrado en la realidad actual, no hay nada mejor que abrir las ventanas y salir al mundo exterior sin que los alumnos tengan que esperar a terminar la carrera.

Es, en definitiva, aprovechar las sinergias que cada parte implicada puede ofrecer...

martes, 4 de abril de 2017

En septiembre del 2016, Tiziana Cantone se suicidó en Italia después de ser perseguida e insultada durante meses a raíz de la publicación por parte de su ex pareja de varios vídeos ‘caseros’ en los que mantenían relaciones sexuales.  Futbolistas, famosos, twitteros… fueron partícipes del acoso machista que sufrió y que terminó por minar los esfuerzos que Cantone había hecho para luchar contra esa persecución, llegando a ir a juicio para que desaparecieran de internet dichos vídeos.

Semanas más tarde corrió por las redes sociales y por WhatsApp un vídeo en el que los jugadores del Eibar Sergio Enrich y Antonio Luna mantenían relaciones con una chica, que también denunció la difusión sin su consentimiento del material. Ambos jugadores se apresuraron a pedir perdón, como si una disculpa sirviera para paliar los daños a la imagen de dicha mujer, pero como eran futbolistas poco tiempo duró la polémica.

Son solo dos casos de difusión de contenido íntimo de los miles que circulan por las redes sociales y mensajería instantánea. En todos ellos hay un perverso patrón que se repite: son vídeos grabados por hombres en los que se ve por completo la cara y el cuerpo de la mujer, del hombre solo lo justo para no ser reconocido. Lo comparte quien lo ha grabado con alguien de su entorno para demostrar su virilidad o como venganza por una ruptura, y quien lo recibe automáticamente pasa a enseñarlo también a sus amigos. Nunca existe el consentimiento de la chica para ser reproducido por terceros. En menos de un día miles de personas por todo el país o por todo el mundo tienen en su teléfono un vídeo en el que se ve claramente a una chica manteniendo relaciones sexuales con un desconocido. Y si por casualidad se le ve la cara al varón, da igual, porque en el juicio social sumarísimo que se hace el hombre no es más que un elemento secundario, un ‘machote’ como mucho. Todas las miradas se centran en ella y todas las acusaciones también porque en esta versión 2.0 de la vida, la chica sigue siendo para la inmensa mayoría ‘la guarra’ y el chico el que lo pasa bien. Cuánto camino por recorrer aún.

Pero hay más. Se ha creado una denigrante conducta que consiste en que a la vez que un emisor envía el vídeo al grupo de amigos para ser comentado, también se comparten pantallazos de los perfiles en redes sociales de la chica víctima de la difusión del contenido sexual. No vale solo con la humillación individual sino que muchos quieren formar parte de un colectivo que accede a sus cuentas en redes a comprobar cómo es ella vestida, a qué se dedica, de dónde es… y por supuesto a atacarla, porque parte de estos espectadores se convierten en elementos activos e insultan, hacen proposiciones deshonestas o simplemente les recuerdan lo que les ha gustado el vídeo visualizado. Muchas de estas chicas terminan por abandonar las redes sociales y con problemas psicológicos ante tal acoso al que son sometidas.

Siempre que hay un problema global a erradicar, el individuo tiende a no reconocerse como parte de ese problema. Hacerlo y que el resto, aun siendo también culpables, no opten por el mismo camino, significa señalarse con el dedo. Tendemos a creer que el cambio de conducta tiene que venir de los demás, o en caso de aceptarlo pensamos que uno solo no tiene capacidad para hacer que cambien las cosas a nivel general. Cada vez que un vídeo compartido sin consentimiento de todos sus protagonistas es enviado a otra persona o grupo de WhatsApp, quien lo hace (además de cometer un delito) pasa a ser tan culpable como quien lo ha grabado y ha originado el comienzo de la cadena viral y del acoso generado. No valen justificaciones estúpidas que se caen por su propio peso como ‘que no lo hubieran grabado y no le pasaría eso’; porque no exime de la culpa a quien participa conscientemente del proceso de dañar la imagen de la mujer.  

Desde la educación hay que alertar de los peligros de grabarse en situaciones íntimas que pueden volverse en contra en el supuesto de una indiscreción por una de las partes implicadas o por un error informático, como les ha pasado a muchos famosos. Pero mientras que sigan existiendo casos en una sociedad en la que en las redes sociales tiende a perdonar pocas equivocaciones públicas, hay que recordar que quien comparte pasa a ser verdugo, no espectador como tantos creen cómodamente. Si alguien es incapaz de entenderlo que piense si le gustaría que su hija, su madre o su hermana, fueran protagonistas de situaciones parecidas y que si sería tan gracioso compartirlo con los amigos para hacerse los ‘machotes’, y que cientos de miles de tipos indeseables por todo el mundo disfrutaran con esos vídeos. Supongo que no les gustaría.

Y es que al final quizás solo se trate de sentir empatía, humanizarnos y no hacer lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros mismos. Tiene que ser más fácil de lo que parece si ponemos cada uno de nuestra parte. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

Al llegar hace seis años como profesor a la Universidad de Valladolid, quizás lo que más me sorprendió fue ver cómo había evolucionado lo que en mi época de estudiante era La Semana de la Publicidad y que más adelante se convirtió en el Festival Publicatessen. Los alumnos, organizados por departamentos y con sus funciones previamente establecidas, se unían para celebrar un festival que durante una semana traía conferencias de profesionales de la comunicación, talleres prácticos, eventos en la calle, noches de diversión y una gala final de entrega de premios a las campañas publicitarias realizadas por los universitarios, en el Teatro Juan Bravo. Los protagonistas eran los alumnos y no dejaba de ser experiencia lo que estaban adquiriendo para ponerla en práctica cuando encontrasen un trabajo.   

La semana pasada tuvo lugar en Segovia la novena edición del Festival Publicatessen, cuyas ponencias y talleres congregaron bajo el título de ‘Digitivity’ a más de doscientos alumnos. En menos de cuarenta y ocho horas, estudiantes de los cuatro cursos colgaron el cartel de ‘no hay entradas’, demostrando que tienen ganas de morder, de aprender y de conocer qué hay más allá de la universidad, en el mundo laboral del que en unos años formarán parte.

Con la publicidad digital como eje temático, Publicatessen recibió a profesionales de la creatividad, los eventos, las agencias de publicidad… trayendo su experiencia y ofreciendo consejos que, a buen seguro, absorbieron los espectadores. En la mayoría de esos consejos había denominadores comunes: la importancia de ser observador si se quiere trabajar en publicidad, el aprovechar los años de universidad para crear proyectos personales que amplíen el currículum, la necesidad de trabajar en equipo y sumar entre todos para conseguir los objetivos, el no dejarse llevar por los nervios y el estrés en momentos en los que no salen las cosas como se esperan… Y siempre con la utilidad para su futuro laboral como base de todo.

Sin olvidar el apoyo de las instituciones públicas y patrocinadores, Publicatessen fue avanzando, y en el ambiente la opinión predominante de que estaba siendo una gran edición. Y aún faltaba la gala...

Siempre he pensado que no hay mejor momento para mostrar el talento que cuando delante se presenta un problema grande. En el caso de los organizadores de Publicatessen el obstáculo era enorme: no disponer del Teatro Juan Bravo, cerrado por obras. La comodidad del teatro y su infraestructura debían encontrarse en otro lugar, y la opción del ágora del Campus María Zambrano, cuando se anunció como sede de la gala hace unos meses, no contó con demasiados adeptos en la comunidad universitaria. Pocos visualizaban allí el que es para muchos el plato fuerte del festival. Pero esas dudas se disiparon cuando los 450 asistentes accedieron el viernes al ágora y comprobaron que la organización había montado un escenario y un espacio para disfrutar que nada tenía que envidiar al teatro. Y finalmente, con las autoridades locales y regionales, con la presencia de las escuelas de creatividad nacionales más punteras, fieles a la cita año tras año, con representantes de la Academia de la Artillería (gracias por sumaros a este gran proyecto), profesores y alumnos, se vivió la gala de entrega de premios a las mejores piezas publicitarias elaboradas exclusivamente por los alumnos.

Vimos la ilusión de los ganadores al recoger sus premios y sentirse reconocidos, y la energía transmitida por los tres presentadores, que contagiaron con su simpatía a los espectadores. Hubo pequeñas incidencias, sí, y fueron solventadas con profesionalidad engrandeciendo más la noche.

Y escuchamos mensajes de algunos de los ganadores al subir al escenario que merecen ser destacados, como Miguel Rodriguez, alumno gaditano que ha pasado este año por la UVa:

Le quiero agradecer este premio a la gente de Cádiz que me dijo ‘¿para qué te vienes a Segovia si allí no hay nada?’. Y lo que sé es que en Segovia hay buena gente y muchas ganas de crecer y de seguir adelante.’

O el de Ana María Cobas, alumna gallega de primer curso, que demostró que no hay que esperar a los últimos años en la universidad para encarar grandes proyectos, y que en una sola frase definió lo que representa Publicatessen para los estudiantes:

No me llevo solo un premio material sino muchas ganas y motivación.

Quizás Ana María sin darse cuenta estaba relatando el objetivo del festival: llenar de ganas y motivación a sus participantes, además de ofrecerles una primera toma de contacto con la realidad. Escuchando los comentarios tan positivos de los profesores, invitados y alumnos, leyendo post en las redes sociales y artículos en la prensa local, uno puede asegurar que el noveno Festival de Publicatessen fue un gran éxito porque un grupo de estudiantes de cuarto de Grado de Publicidad y RR.PP. han estado desde septiembre sacando todo su tiempo, talento e ilusión para que el resultado haya sido tan bueno. Problemas tuvieron, dudas seguro que surgieron, y recibieron algunas críticas, pero estoy convencido de que ahora echan la vista atrás, sonríen y piensan ‘mereció la pena embarcarse en la organización del festival’.

Si quieren, queridos lectores, medir su triunfo no tienen más que pasarse por Youtube, disfrutar de la gala y escuchar los aplausos merecidos que se llevaron los estudiantes al finalizar. En ellos está el resumen de casi siete meses de trabajo. Lo único que necesitan es que se les apoye, el resto es cosa suya.

Enhorabuena a todos y disfruten de lo vivido. Que quede siempre en vuestro recuerdo.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Hace días estuve en mi antiguo colegio dando una charla sobre publicidad. El aula donde la impartí fue la misma en la que estudié el último curso en el que permanecí en el centro: 1998. Le conté a una empleada de secretaría que estuve doce años allí y que habían pasado casi diecinueve desde que me marché. Me quedé un rato pensando en la cifra, diecinueve, me parecieron varias vidas transcurridas y a su vez pensé que le damos demasiada importancia al paso del tiempo.

Cuando llegamos a cierta edad los años pasan a ser un tema recurrente en las conversaciones y traen consigo una exigencia impuesta por una parte de la sociedad, nada pequeña, que clasifica lo que hay que hacer o no hacer en función de los años cumplidos. Salirse de ese guion (dice la RAE que sin tilde) es todo un reto para quienes consideramos que ya bastantes límites tiene la propia vida como para que nos carguemos a las espaldas otros añadidos bajo excusas culturales y sociales. Creer que es tarde para hacer una carrera a los cuarenta, un viaje lejano a los setenta, aprender a tocar un instrumento con cincuenta, un idioma a los sesenta… es renunciar a enriquecerse personalmente y a marcarse nuevos retos que alcanzar.

Sin embargo hay una presión social que va más allá de ejemplos como los mencionados, y viene a raíz de la recurrente pregunta que a todos los solteros, seamos hombre o mujeres, nos han hecho medio en broma medio en serio alguna vez a partir de los treinta: ‘Y tú, ¿no te casas y tienes hijos?’. Si el cuestionado responde ‘no’, la interpretación tiene dos variables.

Si es una decisión firme y voluntaria hay una asociación al síndrome Peter Pan y no es difícil escuchar frases lapidarias como ‘os creéis que todo es diversión’, ‘no pensáis en el futuro’, ‘ahora nadie quiere compromiso’, ‘si todos fueran como tú se extinguiría la raza humana’ o ‘sin hijos no tendrás una vida plena’, entre otras joyas. Ante esta ejecución uno tiende a rendirse, afirmar con la cabeza mientras ya está pensando qué cenar por la noche y esperar a que se cambie de tema. Es difícil explicarles que tener hijos o casarse son opciones exactamente tan válidas como no decantarse por ellas. Ni mejores ni peores. Elecciones válidas todas que en función de cómo se afronten llevarán a cada persona a ser feliz o no. No debería haber espacio para la autoridad moral porque haya más parejas casadas o con hijos que sin ellos, o viceversa. En elegir libremente está siempre el triunfo.

Pero hay otra opción, que tras la pregunta antes mencionada de ‘¿no te casas y tienes hijos?’, se responda , me gustaría pero no he encontrado a nadie o no he tenido suerte’. Ahí es probable que se reciba un regalo envenenado: la condescendencia a través de citas memorables como ‘bueno, no te preocupes, ya encontrarás a alguien’ o ‘no tardes ni te pongas exigente que se te pasa el arroz’. A más de uno se le tiene que poner cara de paella al escucharlas. En el caso de las mujeres además la presión impuesta es mayor por el famoso 'reloj biológico'.

Es en esta segunda opción donde se generan peligrosas insatisfacciones, donde la exigencia de buscar lo que la sociedad cree ideal da paso al conformismo y a creer que la primera oportunidad que venga por ejemplo para emparejarse será por imperativo la buena aunque en el fondo no haya convencimiento, donde la soledad bien entendida se convierte en un agobio en vez de una oportunidad de hacer cosas que quizás más adelante, cuando se carezca de esa independencia, no se puedan llevar a cabo. Donde se tiende a comparar, y si el entorno ya está casado y con hijos uno pensará erróneamente que se está quedando atrás, como si vivir fuera una competición en la que tenemos que estar siempre mirando a los lados para ver qué situación es la corriente predominante.

 Creo que no hay mejor momento para vivir que el actual, con las circunstancias que tengamos. Esto no significa no mirar al futuro ni buscar lo que consideremos ‘progreso’; es simplemente afrontarlo disfrutando lo que tenemos ahora. Y si es diferente a lo que está socialmente establecido no quiere decir que sea peor ni mejor, solo eso, diferente. Quizás para estar a gusto con uno mismo lo primero que tenemos que hacer es mirar más hacia adentro y olvidarnos de lo que estén haciendo los demás y de lo que quieren que hagamos. 

lunes, 23 de enero de 2017

Teatro Circo Price, en Madrid. Por megafonía avisan de que el espectáculo va a comenzar. Se pide al público que desconecte el móvil y que no haga fotos. Sale el artista al escenario, el pianista James Rhodes. Yo estoy en la grada y tengo una visión completa de todo el aforo. Aplausos al artista y empieza a tocar. Cada vez que termina una canción decenas de pantallas vuelven a iluminarse, unas con el Whatsapp, otras para tomar fotos aunque se haya avisado de que no se pueden hacer, más pendientes de plasmar lo que viven para compartirlo que de vivirlo realmente… Termina el evento y cientos de espectadores lo primero que hacen es encender su teléfono, ya después comentarán qué les ha parecido el recital.

Cuando escribo entradas en el blog como esta, en la que critico una conducta social extendida, lo primero que hago es recordar que formo parte del problema, primero porque es verdad y segundo porque no quiero que la atención del lector vaya encaminada a pensar que estoy intentando dar lecciones de algo. No es mi objetivo y si así se interpreta es que no estoy escribiendo como debería.

Segovia, bar La Escalera. Medianoche. En una mesa están tres chicas y uno chico. Los cuatro cuando paso a su lado están mirando sus teléfono, en silencio. En estos casos es mejor que sean todos porque cuando hay un elemento que no lo hace la ‘estampa’ es bastante más lamentable.  Pasados treinta segundos una de ellas por fin levanta la cabeza  y le dice a su amiga algo sobre lo que estaba viendo en el aparato.

Creo que los principales problemas que tenemos con la tecnología son por un lado que va mucho más rápido que nosotros y por otro que el aprendizaje que estamos llevando a cabo para intentar seguir el ritmo a los avances tecnológicos es propio; somos autodidactas en buena parte sobre una serie de herramientas que nos condicionan la vida. ¿Se imaginan que aprendiéramos a conducir solos subiéndonos a un coche y probando en carretera dónde está el freno o el embrague, o que un médico sin haber recibido formación se pusiera a operar y a abrir al paciente sin conocimiento?

Eso es lo que nos ha pasado con el uso de internet y especialmente con las redes sociales entre las que incluyo Whatsapp. Desde las consejerías de educación no se han puesto en marcha planes contundentes que formen a profesores primero y éstos posteriormente a los alumnos. Los padres y las madres han aprendido después que sus hijos a manejarlas, y son ellos, los que tienen que hacer de educadores, los que reciben la información de los hijos o también aprendiendo solos. Y todos en general, porque no quiero acotarlo a grupos concretos, hemos ido aprendiendo sobre la marcha sin nadie que nos guie.

Y en ese aprendizaje propio nos hemos olvidado de que la urgencia de contestar a un tweet, de ver quién ha pinchado en un ‘me gusta’ de un post en Facebook o subido una foto nueva a Instagram, o de responder a un ‘¿Qué tal estás?’ en Whatsapp…  no es más que una urgencia ficticia que nos hemos creado y que está coartando nuestra libertad de no tener que estar siempre comunicados, recibiendo información de terceros o dando explicaciones de lo que hacemos o pensamos. Y lo que es peor, está influyendo negativamente en la calidad de nuestras conversaciones, en la comunicación realmente importante, la del 'cara a cara'. 

Espectadores de cine respondiendo mensajes durante la película y molestando al resto de asistentes, hombres y mujeres conduciendo carritos de bebés y mirando a la vez el teléfono, niños en los parques jugando mientras sus cuidadores están hablando por el Whatsapp, adolescentes saliendo del instituto (les invito a hacer la prueba en cualquier centro) mirando sus teléfonos embobados sin hablar con sus compañeros... hasta uno juraría que escucha menos alboroto cuando suena el timbre, sólo importa ir corriendo a ver qué novedades ha habido en las redes sociales mientras no estaban conectados, y quién dice instituto dice universidad.

Las normas, la obligación de saber casi a cada hora qué ha pasado y las limitaciones que nos hemos creado son tan absurdas que se pueden convertir en conflicto continuo. Si no respondes en pocas horas a un mensaje o lo lees y no puedes o no quieres contestar en ese momento, es que te pasa algo o que ya no te importa esa persona. Si un día decides dejarte el teléfono en casa o lo apagas por la noche, enseguida alguien te recordará que eres un poco insensato y que a ver si va a pasar algo a un familiar o a quien sea y no van a poder contactar contigo.  Si en unas pocas horas llamas varias veces y no obtienes respuesta al otro lado de la línea, empiezas a preocuparte por si ha pasado una desgracia, y cuando te dan respuesta y te dicen que no llevaban el teléfono encima lo acusas de descuidado.

No hablo de dejar de usar las redes sociales. Sería muy poco inteligente afirmar esto cuando dependo de ellas en mi profesión de publicitario, y además las considero muy útiles. Hablo de darle un uso proporcionado que no repercuta negativamente en nuestras relaciones personales, en un consumo de cultura (películas, teatro sin molestar a los actores con sonidos e iluminaciones del teléfono, lectura, museos sin selfies…) sin distracciones ni cortes, en las conversaciones cara a cara… Hablo de ‘declararle la guerra’ a los móviles y reducir nuestra dependencia tecnológica actual tan radical. Creo que ganaremos en salud mental y sobre todo en el tesoro más grande que tenemos y que a la vez es el que más tenemos olvidado y al que menos importancia damos: el TIEMPO. ¿Lo intentamos?

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