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Con “A” de aprender | por Alberto Martín García
foto Con tanta vocación de profesor como de alumno de mis alumnos en la Universidad, comparto con los lectores de El Adelantado de Segovia este blog. Pretendo dar mi visión de diferentes aspectos relacionados con la educación y su situación actual. Soy buen amante del debate y la discusión y, si lo consideras oportuno, tu aportación como lector será bien recibida y hará de Con "A" de Aprender un espacio abierto con el que espero seguir aprendiendo.
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lunes, 23 de enero de 2017

Teatro Circo Price, en Madrid. Por megafonía avisan de que el espectáculo va a comenzar. Se pide al público que desconecte el móvil y que no haga fotos. Sale el artista al escenario, el pianista James Rhodes. Yo estoy en la grada y tengo una visión completa de todo el aforo. Aplausos al artista y empieza a tocar. Cada vez que termina una canción decenas de pantallas vuelven a iluminarse, unas con el Whatsapp, otras para tomar fotos aunque se haya avisado de que no se pueden hacer, más pendientes de plasmar lo que viven para compartirlo que de vivirlo realmente… Termina el evento y cientos de espectadores lo primero que hacen es encender su teléfono, ya después comentarán qué les ha parecido el recital.

Cuando escribo entradas en el blog como esta, en la que critico una conducta social extendida, lo primero que hago es recordar que formo parte del problema, primero porque es verdad y segundo porque no quiero que la atención del lector vaya encaminada a pensar que estoy intentando dar lecciones de algo. No es mi objetivo y si así se interpreta es que no estoy escribiendo como debería.

Segovia, bar La Escalera. Medianoche. En una mesa están tres chicas y uno chico. Los cuatro cuando paso a su lado están mirando sus teléfono, en silencio. En estos casos es mejor que sean todos porque cuando hay un elemento que no lo hace la ‘estampa’ es bastante más lamentable.  Pasados treinta segundos una de ellas por fin levanta la cabeza  y le dice a su amiga algo sobre lo que estaba viendo en el aparato.

Creo que los principales problemas que tenemos con la tecnología son por un lado que va mucho más rápido que nosotros y por otro que el aprendizaje que estamos llevando a cabo para intentar seguir el ritmo a los avances tecnológicos es propio; somos autodidactas en buena parte sobre una serie de herramientas que nos condicionan la vida. ¿Se imaginan que aprendiéramos a conducir solos subiéndonos a un coche y probando en carretera dónde está el freno o el embrague, o que un médico sin haber recibido formación se pusiera a operar y a abrir al paciente sin conocimiento?

Eso es lo que nos ha pasado con el uso de internet y especialmente con las redes sociales entre las que incluyo Whatsapp. Desde las consejerías de educación no se han puesto en marcha planes contundentes que formen a profesores primero y éstos posteriormente a los alumnos. Los padres y las madres han aprendido después que sus hijos a manejarlas, y son ellos, los que tienen que hacer de educadores, los que reciben la información de los hijos o también aprendiendo solos. Y todos en general, porque no quiero acotarlo a grupos concretos, hemos ido aprendiendo sobre la marcha sin nadie que nos guie.

Y en ese aprendizaje propio nos hemos olvidado de que la urgencia de contestar a un tweet, de ver quién ha pinchado en un ‘me gusta’ de un post en Facebook o subido una foto nueva a Instagram, o de responder a un ‘¿Qué tal estás?’ en Whatsapp…  no es más que una urgencia ficticia que nos hemos creado y que está coartando nuestra libertad de no tener que estar siempre comunicados, recibiendo información de terceros o dando explicaciones de lo que hacemos o pensamos. Y lo que es peor, está influyendo negativamente en la calidad de nuestras conversaciones, en la comunicación realmente importante, la del 'cara a cara'. 

Espectadores de cine respondiendo mensajes durante la película y molestando al resto de asistentes, hombres y mujeres conduciendo carritos de bebés y mirando a la vez el teléfono, niños en los parques jugando mientras sus cuidadores están hablando por el Whatsapp, adolescentes saliendo del instituto (les invito a hacer la prueba en cualquier centro) mirando sus teléfonos embobados sin hablar con sus compañeros... hasta uno juraría que escucha menos alboroto cuando suena el timbre, sólo importa ir corriendo a ver qué novedades ha habido en las redes sociales mientras no estaban conectados, y quién dice instituto dice universidad.

Las normas, la obligación de saber casi a cada hora qué ha pasado y las limitaciones que nos hemos creado son tan absurdas que se pueden convertir en conflicto continuo. Si no respondes en pocas horas a un mensaje o lo lees y no puedes o no quieres contestar en ese momento, es que te pasa algo o que ya no te importa esa persona. Si un día decides dejarte el teléfono en casa o lo apagas por la noche, enseguida alguien te recordará que eres un poco insensato y que a ver si va a pasar algo a un familiar o a quien sea y no van a poder contactar contigo.  Si en unas pocas horas llamas varias veces y no obtienes respuesta al otro lado de la línea, empiezas a preocuparte por si ha pasado una desgracia, y cuando te dan respuesta y te dicen que no llevaban el teléfono encima lo acusas de descuidado.

No hablo de dejar de usar las redes sociales. Sería muy poco inteligente afirmar esto cuando dependo de ellas en mi profesión de publicitario, y además las considero muy útiles. Hablo de darle un uso proporcionado que no repercuta negativamente en nuestras relaciones personales, en un consumo de cultura (películas, teatro sin molestar a los actores con sonidos e iluminaciones del teléfono, lectura, museos sin selfies…) sin distracciones ni cortes, en las conversaciones cara a cara… Hablo de ‘declararle la guerra’ a los móviles y reducir nuestra dependencia tecnológica actual tan radical. Creo que ganaremos en salud mental y sobre todo en el tesoro más grande que tenemos y que a la vez es el que más tenemos olvidado y al que menos importancia damos: el TIEMPO. ¿Lo intentamos?

viernes, 30 de diciembre de 2016

En las últimas horas ha vuelto la polémica a Madrid por la decisión del gobierno municipal de Ahora Madrid de limitar el tráfico por los altos niveles de contaminación en la capital. Algo tan aparentemente sencillo como aceptar que medidas así lo que buscan es favorecer la salud de los ciudadanos se convierte en una discusión en el que la propia medida queda en segundo plano respecto a algo puramente circunstancial: el partido o la ideología de quien ha optado por esa limitación. Si es de los míos bienvenida es, si no es una vergüenza.

En Madrid se calcula que entran cada día más o menos un millón de coches de los que tres cuartas partes lo hacen con un solo ocupante dentro. Los niveles de contaminación que admite una ciudad como esta se ven sobrepasados en momentos en los que el aire no corre y las lluvias son escasas. Sin embargo cuando se alerta de estos datos esa parte de la sociedad española, nada minoritaria, negacionista sobre los graves problemas medioambientales, alza la voz si esos datos derivan en medidas restrictivas como limitar el tráfico a matrículas pares o impares en función del día.

Todos afirmamos querer a nuestro país, disfrutar de la naturaleza, de las playas, los mares, la fauna… pero cuando se pone sobre la mesa la gravedad y el deterioro de esos bienes y se asegura que sólo la limitación del disfrute de los mismos puede hacer que se mantengan, surgen las críticas y la indignación por considerar que los gobernantes que llevan a cabo esas restricciones están cometiendo un atropello contra sus derechos fundamentales, que supuestamente consisten en tener barra libre para hacer lo que les apetezca.

Y no, la capacidad de los mares no es infinita, los bosques sobre los que se construyen grandes edificaciones no se regenerarán, el cambio climático cada vez será más agresivo aunque el primo de Rajoy asegure que es algo únicamente cíclico, y el aire que respiraremos cada vez producirá más enfermedades mortales como cáncer, infartos o insuficiencias respiratorias. Es curioso como muchos  de estos que se indignan por no poder conducir cuando les dé la gana luego consumirán productos ecológicos, harán mucho ejercicio y optarán por otras medidas para prevenir enfermedades, obviando que de seguir así el propio entorno será (es) nuestro mayor enemigo.

Creo que la opinión pública parte de la base de que está criticando el problema sin saber nada de él desde el punto de vista técnico, o científico mejor dicho, pero a la vez lo hace bajo la única perspectiva de que la medida de cortar el tráfico incomoda su día a día. Nada más. Es curioso como esa parte de la sociedad, asociada a una línea ideológica clara, ve en la privación de ciertos derechos como es meter el coche en el centro, un ataque a su persona y no una protección sobre algo de lo que no tiene ningún conocimiento real más que declaraciones de tertulianos o titulares ingeniosos en prensa. Imposible ser optimista a largo plazo si de algo tan lógico como esto se monta semejante polémica. Sólo espero que Madrid sea sólo la primera de muchas ciudades que al menos intenten crear un equilibrio entre el uso del coche y la salud de los ciudadanos, que debería ser lo primero. Con tiempo y experiencia mejorarán las medidas, la comunicación, la adecuación del transporte público, pero algún día hay que empezar y nunca será mejor que hoy, aunque a muchos les duela.

Feliz fin y comienzo de año, amigos/as lectores. Disfruten de lo bueno que les espera en el 2017.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Empieza el otoño. Las playas de norte se quedan huérfanas. Dónde están aquellos que clamaban todo el año por unos días respirando el Cantábrico. Volvieron a sus ciudades, a poner de nuevo en marcha la cuenta atrás para el próximo año. Apenas hay unos cuantos paseantes, tres chicas corriendo y una vieja cometa que aún tiene miedo de volar en las manos de un adulto que disfruta intentando alzarla con la misma torpeza que con nueve años, cuando pensaba que con ella atravesaría las nubes.

También hay un puñado de veteranos bañistas que después del verano vuelven a disfrutar de su mar, el que durante un trimestre les ha sido vilmente arrebatado por los turistas. Y eso que no vivimos en el Mediterráneo, que allí no podríamos ni colocar las chanclas desde mayo a septiembre, le dice uno a otro cada vez que se aleja agosto, como si fuera la primera vez que se lo cuenta. Y el otro, también como si fuera la primera que lo escucha, asiente y se estremece pensando en esa posibilidad. Tienen sus protocolos establecidos. Cada uno sabe su papel.

A las doce en punto llega Marcelino.  Andrés empuja su silla de ruedas por el acceso para personas con movilidad reducida. Marcelino está contento. Arrastra la alegría desde dos días antes. Celebró su noventa y cuatro cumpleaños, y vinieron todos. No faltó ninguno de los suyos. Desde hace muchos años se empeña en pensar  que esa será la última celebración. Pero en el fondo no se lo cree. Me queda cuerda para rato, le dice a quien quiere escucharlo. Andrés es su asistente y se sabe sus chascarrillos de memoria, pero en cada nuevo recordatorio se hace el sorprendido.

Andrés, que no se enteren mis hijos. Hoy nos vamos a bañar. Quiero coger olas. Marcelino no lo pide. Lo ordena. No porque sea un hombre autoritario, pero sabe que si lo expone como una opción su asistente, en su infinita coherencia, le dirá que no, que con lo que le cuesta levantarse de la silla es un peligro bañarse. Pero Marcelino no le hace caso. Su único peligro es quedarse en casa haciendo lo que más le aconsejan: descansar. Para qué quiero yo descansar, piensa, si en nada estaré 'en el otro barrio' y no podré hacer lo que más me gusta, coger olas. Se ha puesto su bañador preferido, el rojo con una raya negra en los laterales. Llegan a la orilla. Los otros le saludan a lo lejos. Si tuviera ochenta años como esos viejos anda que iba a estar yo nadando a braza como un abuelo, estaría subido en las olas con mi tabla, refunfuña Marcelino. Y Andrés se ríe con las ocurrencias del ‘jefe’, como lo llama cariñosamente.

El asistente lo sujeta de los brazos en la orilla. La marea avanza. Se mojan los pies. Para Andrés está helada. Para Marcelino calentita. Qué placer ha sido el contacto con la arena después de mucho tiempo. Por qué no vengo más, se pregunta, como si tener noventa y cuatro años, dos infartos y una cadera desgastada no fueran suficientes motivos. Avanza a pasos cortos, mar adentro. Le tiemblan las piernas. Parece a punto de derrumbarse. Cada vez que levanta un pie del suelo es un reto. No sabe si podrá con el siguiente paso, pero no hay tiempo para pensar en un futuro tan lejano. Cuando el agua los envuelve hasta las rodillas, Marcelino empieza a reír. No puedo más, Andrés. Siéntame aquí. Y Andrés duda. Pero la mirada del ‘jefe’ no da lugar a otra opción. Si le ven sus hijos lo despiden, piensa el asistente.  Sin soltarle de las manos lo va inclinando poco a poco hasta que Marcelino queda sentado y el agua lo cubre hasta el pecho. Cierra los ojos. Sólo se escucha las olas a lo lejos chocar contra el acantilado. Siente el salitre en los hombros. Abre los ojos y se encuentra en su lugar preferido, pero setenta años atrás, cuando apenas eran cinco amigos en el pueblo los que se atrevían a meterse en el agua. Están todos: Javi, Marcos, Pepe y Laurita, la única chica de su grupo. Sujetándose unos a otros para aprender a nadar en la orilla, primero los pies y después los brazos. No necesitaban nada más que las ganas de bailar con las olas para mantenerse a flote. 

Marcelino abre los ojos. Y recuerda a sus amigos. Ninguno está ya. La vida se los llevó por delante. Por ellos también se baña, porque se enfadarían si no lo hiciera, él que aún puede, él que se niega a que la edad sea la excusa para dejar de disfrutar. Con ayuda de Andrés se tumba en el agua, estira los brazos y las piernas y se deja llevar. Mete la cabeza dentro y expulsa el aire por la nariz, creando un pequeño ejército de burbujas. Ojalá el mar fuera generoso y me llevara con él mar adentro, se susurra. Es un deseo que sabe que no se va a cumplir. Y no quiere que se cumpla. Porque noventa y cuatro años le siguen pareciendo una edad maravillosa para seguir haciendo grandes cosas, y mañana, si hace sol, volverá a bajar con Andrés a la playa. Sin que se entere nadie. No lo entenderían. Sólo unos pocos saben apreciar que no hay mejor día que el que se vive en presente continuo. Así durante noventa y cuatro cortos años.

Así es Marcelino… 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Valga este pequeño texto como un sencillo homenaje a los enfermos de Alzheimer y sus familiares.... Espero que les guste.

 

No me importa contártelo de nuevo
¿Te acuerdas? La primera cita fue un desastre
Todo nos salió al revés, pensé que no volverías
Y sin embargo amaneciste a mi lado

 

Después llegó la vida compartida
Los malos días silenciados por los buenos
Los niños, los amigos que resistían al tiempo, los años recorridos
Y siempre miraba a mi derecha y ahí estabas, tú, cercana

 

Estabas tú, cogiendo los remos y tirando por los dos 
Buscando nuestro puerto escondido
Y ahora que la memoria te abandona
A mí me gusta repetirte cada mañana…

 

          …Qué suerte que apareciste cuando ya no te esperaba.

 

martes, 6 de septiembre de 2016

         Me encuentro en una ciudad del norte de España. Es sábado y estoy con mis amigos celebrando la despedida de soltero de uno de ellos.  A ojos del resto de personas que hayan salido esa noche somos un grupo más, nada nos identifica como tales…

Entramos a una discoteca sobre las tres. Vamos catorce y como suele pasar en estos casos nos desperdigamos y reencontramos cada pocos minutos. Las discotecas no están hechas para mí.  Lo reconozco, soy el tipo con menos ritmo del mundo y no es que no me guste bailar, es que es una tortura. En estas salas no se puede hablar, así que mi función básicamente se reduce a menear brevemente el cuerpo con el mismo y lamentable ritmo si lo que pinchan es house, reggeaton (tierra trágame), rock, salsa o cualquier otro estilo, tomar una copa y sobre todo observar a la gente. Desde que escribo observo todo con mucho más detalle; me da la sensación de que en cualquier momento puede aparecer una buena idea que me dé pie a una historia nueva.

Veo a unos dos o tres metros que hay un chico y una chica bailando agarrándose de las manos. No sé si son amigos, pareja o se acaban de conocer por primera vez, pero no tardaré en intuirlo. Ella no tiene cara de demasiados amigos, apenas le mira a los ojos, y él en cambio no le aparta la vista por un momento. Continuamente intenta que sus cuerpos se junten, que ella le dé la espalda en el baile y sujetarla de la cintura, pero sólo lo consigue una vez; en las demás ella se gira in extremis para seguir a cierta distancia. Pasan los segundos y hasta tres veces hace el amago de besarla en la boca. La chica ladea la cabeza, no quiere besarlo, y le dice las tres veces algo al oído, como buscando ganar tiempo. Él sigue a lo suyo y lo intenta una cuarta vez con una sonrisa enorme que contrasta con la cara de compromiso que pone ella.

Ella hace un intento por irse, pero se acercan dos amigos del chico y le hablan. La están convenciendo para que vuelva a bailar con el otro. Miro a éste y veo que les está haciendo gestos de complicidad. ‘Esta no se me escapa’, tiene que estar pensando. Vuelve e intenta bailar otra vez, pero ella ya se queda estática. Le vuelve a decir algo al oído y el chico muestra un gesto de contrariedad, pero como respuesta intenta volver a besarla. Quinta negativa de ella. Lo que se dice una ‘cobra’ de toda la vida; este tipo va camino de poder poner una tienda de serpientes.  

La chica busca a alguien con la mirada. Encuentra a una amiga que se acerca. Parece que le está pidiendo ayuda. La amiga mira al pesado y a sus dos amigos para entender la situación pero antes de sacarla del apuro se va al baño. La chica se separa del grupo y justo se pone a mi lado, apoyada en la barra. Él se va a acercar, pero me muevo unos centímetros y con la cantidad de gente que hay cerca no puede ponerse a su lado.

Me pongo a hablar con ella; le digo que tendría que mandar a paseo a ese pesado que está detrás mío. Me mira y se extraña: ‘¿has estado observándome?’, me pregunta. Le digo que sí, que llevo diez minutos viéndola, que le ha quitado la cara cinco veces y que tiene más paciencia de la que debería. Me confirma que no lo conoce de nada. Ella me pregunta ‘¿a que tú no serías tan pesado?’. Le contesto que da igual lo que yo sea, pero que si sale a divertirse con sus amigas no puede estar aguantando que un garrulo como ese la tenga haciéndole pasar un rato tan poco agradable.  Me dice que tengo razón, pero que no sabía cómo quitárselo de encima y que por eso ha llamado a su amiga para que la ‘rescate’. Qué verbo más adecuado… Me despido y le insisto que a la próxima se vuelva antipática y lo despache a la primera, sin buenas maneras. A veces la diplomacia es un error si lo que se necesita es contundencia. Ella se va por fin con su amiga, que ya ha vuelto del baño.

Cuando escribo o hablo de esto hay personas que tienden a malinterpretarme: no hablo de que no se pueda saludar ni hablar con alguien en un local de copas, ni de que yo esté queriendo dar lecciones a nadie. Hay que evitar que se produzcan situaciones en las que las mujeres tengan en una noche de diversión que quitarse de encima a decenas de grupos de moscones que piensan que su obligación si están en una discoteca tiene que ser ligar porque si no será un fracaso para sus egos. Cinco veces rechazó esta chica un beso. Cinco. Y es esa insistencia, ese no querer darse por vencidos con lo que habría que acabar, porque un ‘no’ es suficiente, y a partir del segundo ya es molestar y acosar a una mujer. Estamos en el año 2016 y aún hay quienes se creen esa frase rancia de que ‘las chicas cuando te dicen que ‘no’ están queriendo decirte que ‘sí’… cuando en realidad lo que se esconde detrás de un ‘no’ es un ‘vete a la mierda y no seas pesado’.            

            Lo he escrito varias veces: tenemos que ser nosotros los que llevemos la iniciativa y critiquemos rotundamente estas conductas (en absoluto son hechos aislados), y no infravalorarlas bajo paraguas como ‘es lo normal’ o ‘no es para tanto’, excepto cuando ocurra en el entorno. Tenemos que ser los hombres más activos en la búsqueda de este cambio, aunque por el camino se nos acuse de hacerlo con fines personales como quedar bien o de estar exagerando. Esto no se trata de quedar bien, se trata de que las mujeres puedan estar en una discoteca, en la playa, piscina, festival de música… sin tener que dedicar parte de su tiempo de diversión a decir cada cinco minutos que ‘no’ a alguien o a apartarle la cara para recibir besos no deseados. 

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