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Double decker bus | por Lucía Rodríguez
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sábado, 1 de diciembre de 2012

El Primer Ministro británico David Cameron manifestó su negativa a limitar por ley la actividad de los medios de comunicación, propuesta incluida en el Informe Leveson, que se hizo público el jueves. Este documento es la conclusión de una investigación abierta a raíz del escándalo del News of the World de Murdoch, y en él se insta al ejecutivo a crear una comisión reguladora independiente y legislada que controle la actuación de la prensa.

El Primer Ministro expresó sus dudas y dijo que "hay que pensarlo con mucho cuidado antes de cruzar esta línea", refiriéndose a una legislación de medios que pueda limitar la libertad de expresión.

La reacción de Cameron no ha dejado indiferentes a las víctimas de escuchas ilegales y otras prácticas periodísticas, que han manifestado sentirse traicionadas. La escritora JK Rowling, que declaró ante la comisión de investigación, ha asegurado en un artículo publicado en The Guardian que "sin estatuto legal, las recomendaciones no funcionarán: se nos abandonará de nuevo a una normativa voluntaria de la que la prensa puede escapar".

Las críticas al Primer Ministro han llegado incluso desde su propio partido. El también tory Nick Clegg defendió el jueves en el Parlamento que la única forma de asegurar que la nueva regulación será efectiva es modificar la ley. Lo mismo opina el líder de los laboristas en la oposición, Ed Miliband.

Por su parte, Lord Hunt, jefe de la Comisión de Quejas ante la Prensa (el actual órgano de control de los medios británicos) asegura que está en contacto con los directores de los principales periódicos para propiciar un acercamiento entre partes. Lord Hunt, ex ministro tory, ya ha manifestado su predisposición a que en pocos meses la Comisión de Quejas ante la Prensa sea sustituida por un comité más independiente.

En medio de las críticas al Primer Ministro por haber sucumbido a la presión del lobby mediático, el informe Leveson será debatido el próximo martes por los directores de los principales periódicos del país ante Cameron y la ministra de Cultura, Maria Miller. Estas críticas se encuadran además en un embarazoso contexto para Cameron, ya que, en el seno de la propia investigacion del juez Leveson, hace menos de un mes se hicieron públicos mensajes de texto entre el Primer Ministro y Rebekah Brooks, la antigua editora del News International, otro buque insignia del imperio Murdoch. Esos mensajes sugerían un intercambio de favores a cambio de apoyo político, aunque el propio juez Leveson desestimó esa acusación.

Reino Unido es un referente mediático a nivel mundial, tanto por tener uno de los códigos deontológicos para un canal público más avanzados del planeta (el de la BBC) como por ser el hogar de algunos de los tabloides más agresivos que existen. Esta movilización contra el sensacionalismo deja en el aire las dudas de si en la era de Internet debe considerarse cualquier regulación como censura, si la influencia de los grandes conglomerados mediáticos permitirá alguna vez esa legislación, o de si la simple autorregulación u organismos voluntarios como la Comisión de Quejas ante la Prensa pueden dar frutos más allá de las buenas intenciones.

 

domingo, 1 de abril de 2012

Hace poco tuve la oportunidad de acudir a un concierto de un conocido grupo español en Londres. El hecho de que el noventa por cierto de la audiencia estuviera formada por emigrantes españoles de veinte, veinticinco o treinta años me produjo una sensación de nostalgia, rabia y trascendencia difícil de definir.

Sí, la cosa está muy mal. No hace falta que nos lo recuerden, lo vivimos todos los días. No hacen falta nuevas palabras (parece que ‘nimileurista’ es la que está en boga ahora) para definirnos, ni mucho menos el victimismo/sentimentalismo disfrazado de orgullo y dignidad que se esconde detrás de esas palabras. No hacen falta testimonios estoicos o inspiradores, como tampoco hace falta que nos recuerden que nosotros mismos hemos caído en la trampa, que nosotros hemos sido los primeros que han vivido por encima de sus posibilidades. Pero creo humildemente que hay un aro por el que tenemos que negarnos en rotundo a pasar: que el clima general de desesperanza nos haga creer que solo hay futuro marchándonos de España.

Por desgracia, esto es objetivamente cierto para muchos jóvenes, para campos profesionales enteros. El problema es que emigrar se está perfilando de nuevo como una utopía, igual que lo ha sido tantas veces a lo largo de la historia. Nadie duda que el ‘sueño inglés’, el ‘sueño suizo’ o el ‘sueño noruego’ carecen de la épica y las connotaciones del ‘sueño americano’, pero aunque sean más modestos, también son sueños, con sus correspondientes halo casi divino y distancia abismal de la realidad.

No nos gusta pensarnos como emigrantes. Huimos del trabajo temporal para sumergirnos en la residencia temporal. Vivimos en una tierra de nadie ya no solo laboral, vivimos en un limbo espacial comunicado con el mundo real por Ryanair. Recibimos visitas a menudo, muchas nos envidian y no paran de reseñar lo infinitamente más desarrollada que es nuestra nueva no-casa, otras traen kilos de jamón serrano porque imaginan que sin él la existencia carece de esa gracia que solo los latinos le sabemos poner a la rutina. Y tanto unos como otros parecen no entender que la vida en Little Spain no es tan distinta, aunque se vuelvan a casa diciendo, “era increíble, por la calle se oía casi tanto español como inglés”.

Que no, que en el sur de Inglaterra no llueve tanto, por lo menos no este año. Que no se come tan mal, hay fabulosos supermercados en los que puedes comprar todo tipo de fruta y verdura con origen en la huerta murciana. La relación salarios-precios no difiere tanto de la de casa. Conseguir un trabajo de camarero o dependiente es más fácil, eso es cierto. Quien trabaje duro, sea muy listo o no le importe venderse de una manera indecente conseguirá un trabajo más cualificado en cierto tiempo, pero, obviamente, con un hándicap importante respecto a sus colegas de gremio ingleses. Esa persona trabajadora, inteligente o arribista que lo consiga, habrá tenido que escuchar por el camino que tiene que pensar ‘outside the box’, hacer que su currículum ‘stands by itself’, y que tiene que convertirse a sí mismo en una marca. Habrá tenido que escuchar el discurso de algún responsable de recursos humanos que, con una sonrisa de oreja a oreja, le haya comunicado que hay quince personas detrás esperando para hacerlo (lo que sea) por menos dinero. Habrá palpado decenas de síntomas de que este país también se encuentra en medio del vendaval, aunque no en el ojo del huracán.

La gente intenta “sacarse las castañas del fuego”,  eso es tan cierto como loable, y emigrar es una de las opciones más claras que se nos ofrecen en España actualmente. Pero en medio del sálvese quien pueda se nos está escapando que irse fuera implica ser “persona de fuera” allá donde vayamos. No es tan fácil como hablar de racismo o de xenofobia. Es algo mucho más difícil de explicar, y que puede entender incluso un segoviano residente en Madrid. Es algo así como la eterna nostalgia del emigrante, que es lo que son, o somos, los españoles en Londres.

http://www.youtube.com/watch?v=s7b3c7xdjo4
jueves, 26 de enero de 2012

Los lugares solo fascinan realmente una vez, pero todas las que vengan después sirven para crear una mitología que convierte ese sitio en amigo o enemigo, según se desarrollen los acontecimientos.


En Londres, a mí me pasa con Brick Lane. El otoño pasado llevé allí a todas mis visitas, no porque sea exactamente mi lugar preferido sino porque es algo, solo un poco, menos turístico que la mayoría de mis otros lugares preferidos (aunque, igual que en el resto de la ciudad, no cuesta mucho oír hablar en español a tu alrededor). Para ir de compras, comer algo medio exótico o tomarte una copa, para pasear, para hacer fotos y ver ladrillo y neón a partes iguales.


Brick Lane era, y es, el Chinatown de los bangladeshíes, ahora reconvertido en la meca del vintage y del moderneo tanto por sus tiendas como por su mercadillo del domingo. Oí hablar del sitio y reconoceré que iba bien predispuesta porque sonaba a “lugar para enteradillos”, pero resulta además que lo descubrí en el único día del otoño en el que Londres tuvo una luz rosa.


Se llega en el autobús 26, la mejor línea de la ciudad, nada de metros con líneas engañosas, cerradas o siniestras (algún día haré una entrada entera sobre las líneas Circle and District, que transcurren paralelas en la mitad de su recorrido, y que siempre están cortadas en parte, aparentemente. Algún día encontraré el sentido al plano de metro, y a esa zona en la que las líneas amarilla, rosa, malva, o amarilla y verde parece que se convierten en una sola). Se baja uno enfrente de Liverpool Street Station, y piensa que se ha equivocado: demasiado cerca de la City, demasiados rascacielos de cristal. Pero después de pasar por el mercado y la iglesia de Spitafields, en seguida te sumerges en el callejón del ladrillo.


Sin todas sus luces y bullicio, sin tanto bangladeshí asaltándote para que pruebes las maravillas de su curry (no hay un solo restaurante en esa calle que no haya ganado el premio al mejor curry del mundo. Los profanos desconocemos la existencia de un número tan elevado de concursos de curry), todo ese ladrillo resultaría un poco dickensiano. No hay más que meterse por una paralela para verlo.
Pero en cambio, Brick Lane se ha convertido en el sitio del “con que de ahí sacaste eso”. “Eso” suele ser una prenda tan cantosa como inútil y vieja, pero que sirve para desmarcarte de Inditex de una vez y para siempre. Bonitas o feas. Cuando recorres el mercado del domingo a conciencia resulta que no hay tantas cosas tan especiales. Pero de un primer vistazo, Dios mío, cualquier cosa, Cualquier Cosa que te lleves de allí parece destinada a pasar de generación en generación hasta que en algún momento se done a un museo de antropología.

En la categoría "hordas de españoles que invaden esta ciudad", me imagino siempre una subsección de indies de veinte años buscando desesperados a través del objetivo de sus réflex una esquina de esta calle que aun no haya sido fotografiada con ojo de pez. Ellas sufrirán un tremendo ultraje cuando miren a su alrededor y reparen en que su supuestamente estrafalario sombrero pasa casi más desapercibido que sus labios rojo pin-up. Pero aun así les gustará.

Las visitas obligadas de los alrededores, como la  Rough Trade, el Café 1001, o el outlet vintage Blitz merecerían un artículo aparte. Y es que Brick Lane, por muy lleno de turistas que empiece a estar, le ha tomado parcialmente el relevo a Camdem Town en la falsa espontaneidad de la huida hacia delante londinense.
 

sábado, 10 de diciembre de 2011

Me asomo a la macrovida española con menos frecuencia de la que debería, pero todos los apocalipsis que parecen por venir me abruman. La diferencia entre las macrovidas y las microvidas no es la misma que entre lo público y lo privado, porque todas las pruebas señalan a que tal cosa como lo público ha dejado de existir. Eso, o se encuentra tan difusa como esas medidas que no pierden ocasión en declarar públicamente su empeño en propiciar un diálogo de franca distensión que les permita hallar un marco previo etc., Serrat dixit. Por mucho que la situación urja a cortar con la retórica. La macrovida es la suma de las microvidas, no algo cualitativamente diferente, como quizás alguna vez fue lo público de lo privado. ¿La opinión pública es algo que defenderíamos ante el Parlamento, o más bien un agregado de las cosas que cada uno diría en el bar? Macroopinión, entonces. Mi agobio al leer noticias en España es un microagobio que contribuye al agregado llamado macroagobio. Ni siquiera ha quedado nunca muy claro si el 15M y similares buscan reencontrar un espacio público o solo mostrar una macroindignación.

La semana pasada hubo en todo el Reino Unido una huelga del sector público contra los recortes de pensiones entre los funcionarios. Hasta donde yo vi y leí, fue una huelga bien hecha, bastante masiva, y no contaminada por algunas consignas sindicalistas que a veces empañan hasta las movilizaciones más justificadas. Uno podía incluso pensar, echándole algo de imaginació, que esa gente se manifestaba públicamente a favor de lo público, aunque los ingleses tengan fama de todo lo contrario. No solo como macrorrespuesta por la repercusión de una medida en su microvida. O a lo mejor solo vi una pancarta que me gustó.

Estar acostumbrada a conocer a todo el mundo, aunque sea de vista, en una ciudad pequeña como Segovia, contribuye a acercar tu microvida a lo macro. Sobre todo si eres capaz de oler algunas atmósferas, y que te contagien. Con aquello de la aldea global parece que ahora pudieras sentirte como en Segovia en cualquier parte: Internet también nos hace sentir parte de un macroalgo. Debo formar parte de la generación con unas microvidas más unidas a lo macro de la toda la historia. Y no puedo evitar pensar en el gran desperdicio que supone poder informarnos, expresarnos, comunicarnos, y no acercarnos nunca a lo público. Por difícil. Porque exige.

Aunque siempre es posible que la macrodepresión de un panorama como este termine por llevarnos a descubrir las inexploradas ventajas de una Segovia global, aunque eso sea decir demasiado solo porque un día, en una huelga inglesa, vi una pancarta que me gustó.

lunes, 24 de octubre de 2011

Me pareció que comenzar los trámites para el voto desde el extranjero era una buena forma de celebrar el famoso 15-O, así que me acerqué al consulado español. Es decir, a Draycott Place, en el corazón de Chelsea, ese barrio tan pijo que la tienda de su equipo de fútbol no tiene ropa deportiva en el escaparate. Un barrio no para principiantes, me vi buscando una papelería entre Tiffanys y Hermes, y acabé haciendo la fotocopia de mi DNI en una farmacia.
Pasear por allí es una auténtica gozada en un día tan luminoso como aquel sábado, mientras te miran las puertas de todas esas casas de ladrillo desde lo alto de sus escaleras; la entrada para el servicio apenas se atreve a mirarte, en cambio. En la Plaza del Duque de York hay, además, un mercado de comida delicatessen de todas las partes del mundo cada sábado. Es difícil salir de allí sin probar algo, salsas exóticas o repostería tan mona que da pena comérsela, o cualquier plato del mundo desde el Caribe hasta Japón pasando por España, claro (en este caso, comida con buena pinta. A veces lees “Spanish Tapas” en algunos sitios, te asomas y piensas que tú no recordabas así la tortilla de patatas, pero en este mercado la cosa es diferente. Aunque sigue sin haber cochinillo segoviano). Aquí hay mil sitios con comida de todo el mundo, pero según mi experiencia este ha demostrado ser uno de los más apetitosos. Comida que o se come hoy o se pudre mañana, comida gritando cómeme.
Quien tenga la suerte de pillar un rayo de sol, ha de tener en cuenta que los jardines idílicos de cada plaza son de uso exclusivo para residentes. Por si acaso alguien encuentra una puerta abierta y siente la tentación. Lo dice una que se quedó encerrada en uno de esos parques enormes, y fue rescatada por un privilegiado con llave que, curiosamente, era español. Y es que otro dato que llama la atención sobre Chelsea, en lo que a mi escasa experiencia se refiere, es la colonia española. Cuando oyes aquí hablar en castellano, no son turistas comentando que el Big Ben parecía más alto en las fotos, sino familias con ropa de marca que dan sushi para almorzar a sus hijos de cuatro años (y no son ni una ni dos, precisamente).
¿Crisis? ¿Qué crisis? Las tiendas no se han movido de sitio, las palomas no han emigrado a un lugar más opulento porque no existe. Starbucks, McDonald’s, EAT., Subways, Pret a Manger, Café Nero, Burger King, Pizza Express, Tesco Express, Marks & Spencer’s y un largo etc. de las cadenas que aquí están por todas partes siguen vendiendo comida que se come hoy o se pudre mañana, comida gritando cómeme, y parece que todas ellas tienen brazos y manos que tiran de ti. Ni siquiera el imperativo de EAT. me parece lo suficientemente explícito para la sensación a la que me refiero. Me recuerda a una escultura que estuvo expuesta en la Saatchi Gallery (otro punto obligado del paseo por Chelsea) este mes de octubre, The Healers, de David Altmejd, en la que de cada cuerpo salen decenas de manos que agarran a quienes les rodean. 
Pero en frente de Saint Paul hay tantas personas acampadas que se están planteando cerrar la catedral a los turistas, siempre me pregunto si alguno de los acampados vivirá en Chelsea. Claro que hay crisis, hay crisis debajo de todos los puentes, junto a las puertas de los miles de centros comerciales de esta ciudad hecha para comprarse. Y yo aquí con mis papeles para votar en otro país. Por mucho (o poco) que mi indignación pueda preocuparle a Rubalcaba o a Rajoy creo que en Starbucks, sede española o inglesa, no están muy preocupados. Es curioso.

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