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Londreando | por Adrián Sanz de Santos
foto Londrear, amigos. Eso es lo que hace todo el que viene a esta ciudad tan inmensa y húmeda. Yo vine hace un tiempo, no mucho, lo justo para ejercer de Cicerone y poder abriros las puertas de las curiosidades y anécdotas que por aquí ocurren. Pasen y lean. ¡Salud!
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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Ese lunes me habían despertado con un telefonazo a las 06:00. Dasrat se había quemado e iba camino del hospital. Me llamaban para que fuese de inmediato a dar el servicio.
- Pero... ¿él está bien?
- Se ha quemado bastante un brazo con una cazuela llena de... - oí que preguntaba a alguien-. ¿Llena de caramelo? -acabó preguntándome a mí, en un tono que mezclaba extrañeza e incredulidad.
- Puede ser.
-¿Entonces puedes venir tú? -me volvió a preguntar.
- Sí, sí, voy para allá corriendo, no te preocupes.

Llevaba unos días meditándolo, pero al despertarme aquella mañana no me dio tiempo a reparar en ello. Me vestí y salí de casa corriendo.
Los lunes, cuando amanece en Brixton, todavía se aprecian las secuelas del fin de semana; olor a orín bajo los puentes oxidados, latas de cerveza aplastadas y un silencio especial que hace que las pocas personas que están por la calle parezcan sonámbulos que maldicen entre dientes, un lunes más, los trabajos hacia los que arrastran sus pesados cuerpos.

A punto de entrar en la estación del metro que había de llevarme al St Ermins, el hotel para el que trabajaba, me tropecé con una revista que se agitaba por el suelo. Algo hizo que me detuviese en seco.
- No puede ser -me dije-. es imposible.
Recogí la revista. La edición era muy buena, debía ser el magazine de alguno de los grandes tabloides. Pasé las páginas al vuelo buscando aquello que ni yo mismo creía haber visto, y efectivamente... Ahí estaba. No podía creerlo. Era una foto de la parte alta de Segovia, la miré emocionado. El Alcázar abría el conjunto, sobre él un sinfín de calles y torres encorsetadas por la muralla y al fondo el azul del Guadarrama bajo un cielo inmenso salpicado de pequeñas nubes blancas.
Sin plantearmelo me encontré con mi dedo índice buscando mi casa, mi pequeña Ítaca. No me costó mucho dar con ella, sus cuatro buhardillas la delataban entre el Socorro y el antiguo matadero. Supuse a mis padres ahí abajo, en ese pequeño trozo de papel, desperezándose con el olor del café, tostando panes y untándolos de mermelada, vistiéndose y saliendo los dos juntos camino de la Judería. Al instante recordé aquello que llevaba días meditando. Cerré la revista y corrí hacia el metro.

Llegué al hotel poco antes de las 7, pregunté por la quemadura de Dasrat y me dijeron que no había sido muy grave, que volvería enseguida.
Me cambié, tomé un café bien cargado y empecé a lanzar el servicio; huevos revueltos, huevos benedictine, huevos fritos, judías con tomate, beicon,tortillas, salchichas, champiñones, tomates a la plancha, tortitas con sirope de arce, frutas preparadas, quesos, fiambres...
Hacia las 8 aparecieron Dasrat y el jefe de cocina. Dasrat me enseñó un aparatoso vendaje en el antebrazo y me explicó cómo se había quemado de la forma más tonta preparando un caramelo, me habló de las dos enfermeras que le habían atendido en el hospital, venía con el teléfono de una de ellas. Estaba pletórico. En un español pakistaní me dio las gracias por haberle cubierto y me recomendó que me quemase algún día para ver a las enfermeras que esconde el St Thomas Hospital.
- No creo que haga falta quemarse para verlas, no seas burro, puedo acercarme con cualquier pretexto, por ejemplo para pedir tu expediente ¿no crees?
- Es verdad, no lo había pensado. Chico listo. No sé qué haces trabajando aquí... -me dijo mirándome a los ojos.
- Eso me pregunto yo a veces Dasrat. -le contesté sonriendo.
Apareció por la cocina un camarero anunciándonos que teníamos abajo a un proveedor esperando. Dejé a Dasrat a cargo del servicio y fuí a recibir el pedido. En la puerta había una chica con una caja de cartón no muy grande, al verme me entregó el paquete y un recibo y se esfumó entre el mar de gentes que a esa hora inundaban los alrededores de New Scotland Yard. Miré la caja que tenía entre los brazos y leí "Embutidos el Enebral" al instante sentí un pálpito, giré la caja y pude leer "El Arenal, Orejana, Segovia"
- No puede ser. Es increíble,increíble.                                                                              
Una sensación extraña, una especie de escalofrío comenzó a estremecer mi cuerpo cuando comprendrí lo que había pasado; cómo la tierra, en apenas dos horas, había estirado sus brazos para alcanzarme definitivamente y cómo yo, sin proponérmelo había decidido hacer aquello que llevaba días meditando.

domingo, 1 de mayo de 2011

Después de unas pintas, mientras andaba por las abarrotadas calles de Westminster, me invadió una nostalgia honda que se fue apoderando de mi ánimo.
El alcohol ablanda, nos pone tiernos. Como hace el vino con la liebre y el rabo de toro. A mí me sucedía lo mismo, me estaba poniendo blandito...
Encontré una boca de metro y me dejé caer en sus profundidades. Tras media hora y un transbordo llegué a Brixton, anduve a casa y decidí alimentar aún más mi pena con una tortilla de patatas.
Son muchos los recuerdos que te trae una tortilla de patatas cuando estás en soledad con ella; noches de verano en el pueblo la víspera de las fiestas, bocadillos de instituto, domingos de invierno, vermús, barras de bar... Y mientras estás con todas estas imágenes en tu cabeza te das cuentas de que la cebolla que empiezas a cortar no va a ayudarte nada. Todo lo contrario, es la puntilla y comienzas a llorar.
En este punto estaba cuando oí la cerradura girarse, me sequé los ojos con la manga de la camisa para no preocupar al compañero de piso que venía. Pero la situación empeoró. Me debió entrar algo de sal o me esparcí más el bravío de la cebolla porque el lagrimal empezó a manar seriamente.
-Hi Adrián! ¿Qué tal vas tío? ¿Qué cocinas? -Me preguntó Tim.
-Hey hola, estoy haciendo una tortilla de patatas. -Le respondí de espaldas para evitar que me viera la cara de plañidero.
-Ohh, tortilla de patatas! Qué bueno, me encanta, comí una el año pasado en Mallorca, mirábamos el mar... -Suspiró profundamente y se quedó en silencio.
 Acabé de pochar la patata y la cebolla, escurrí la mezcla y la pasé a los huevos batidos, eché la sal, le dí unas vueltas con el tenedor y empecé a cuajar la tortilla. Durante este tiempo no escuché más ruido que el que yo iba haciendo con mi trajín, supuse que Tim habría subido a su habitación así que me di la vuelta sin miedo, pero aún seguía allí. Estaba pensativo, como con la mente en otro sitio, ni tan siquiera me miró, tenía la mirada perdida, clavada en un punto más allá de un lugar, tal vez en un recuerdo o en un momento que ya pasó y no volvería. No me atreví a decirle nada.
Volteé la tortilla en el aire en un ejercicio de suma perfección, algo que hasta el más virtusoso tortillero habría aplaudido en acto reflejo, pero Tim no se inmutó.
Tanteé con el pulgar la tortilla un poco para ver hasta dónde había cuajado y la retiré del fuego. Saqué un par de platos, corté dos cuartos y le ofrecí uno a Tim, que aceptó sin decirme nada.
-No habría estado de de más que me hubiese dicho al menos "thanks". -Pensé para mí mismo.
Hinqué el diente, cerré los ojos y automáticamente salió de mis adentros un "ummmmm" de esos que tienen vida propia, un "ummmmm" de esos que refrenda lo que has venido imaginando cuando estabas dorando la tortilla: Va a estar cojonuda.
Miré a Tim que en ese momento estaba abriendo la boca a la vez que se iba acercando un trozo con el tenedor. Dejó caer la tortilla en sus fauces, cerró los ojos y comenzó a masticarla despacio, paladeándola lentamente. Vi cómo su nuez se movía y cómo, acto seguido, en su boca se dibujaba una leve sonrisa. Abrió los ojos y me miró de frente, una lágrima se le resbalaba por la mejilla.
-No te preocupes , -le dije. A mí me ha pasado antes los mismo, es la cebolla que aún sigue en el aire.
-No, no es la cebolla. -Me contestó-. Es esta tortilla que me ha hecho darme cuenta de algo.
-¿De qué?
-De que la vida te lleva Adrián, la vida te lleva...

 

martes, 5 de abril de 2011

Disponía de un par de horas libres y decidí buscar una peluquería, tenía que cortarme el pelo. Encontré una haciendo esquina entre Western Road y Lansdowne Place. "Men haircut 8 pounds. Traditional English barber. Since 1963." Entré en el pequeño local lleno de espejos y enseguida me encontré sentado frente a mi reflejo.
El peluquero comenzó la faena siguiendo mis instrucciones. Tras preguntarme que de dónde era, que de qué parte de España, que de qué equipo de fútbol y que qué hacía en Inglaterra la conversación se apagó.
Llevaría unos diez minutos bajo las manos de aquel hombre cuando un cliente entró, saludó correctamente al peluquero por su nombre y tomó asiento mientras esperaba su turno. Le miré a través del espejo un rato. Era un tipo mayor, de unos 75 o 80 años, con un pelo blanquísimo y gafas redondas. Cogió una revista y pegándosela a la nariz comenzó a leerla.
Estábamos a punto de acabar. El peluquero me remataba el cuello con la cuchilla, afeitando los abuelillos que se me arremolinan en el cogote cuando, de pronto, sonó mi teléfono móvil. Tenía como tono para las llamadas la "Entradilla segoviana", por eso de la morriña. Pensaba que así, con cada llamada, la dulzaina avivaría los recuerdos de aquellos días azules de mi infancia que tanto añoro.
En cosa de 10 segundos la gaita se había hecho con todo el espacio de la barbería y el peluquero sonriéndome me acercó la chaqueta para que rescatase de las profundidades del bolsillo el teléfono y pudiese responder la llamada. Pero cuando por fin alcancé el móvil la música cesó y no pude contestar. Le devolví la sonrisa y la chaqueta al peluquero, desactivé el sonido y volví a mirarme en el espejo. De pronto me encontré con la mirada del otro cliente que me escrutaba como si algo, en lo más profundo de su ser se hubiese conectado conmigo. Tenía los ojos brillantes, admirados, incrédulos... Se levantó con dificultad y emocionado me habló en un perfecto castellano.
- Por un momento pensé que estaba en mi pueblo y tenía 14 años. -Me dijo-. Llevo ya más de 60 años en esta ciudad, casi 70 años sin escuchar esa música, pero ya ves, lo que se vive siendo mozo, cuando empiezas a descubrir el mundo, se graba a fuego en la memoria y no se borra nunca.
- Desde luego. -Asentí estupefacto.
- Así que serás segoviano ¿no?, lo mismo conoces mi pueblo...
- Seguro que sí. -Le contesté impaciente por saber cuál era su pueblo.
- Valdevacas, no muy lejos de Turégano. Me fui de allí hace 68 años y no he vuelto nunca... La vida a veces nos aleja del punto de partida...
- ¡Pero coño, si yo soy de Muñoveros!
- ¡No me digas! ¿Y tú de quién eres?

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