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Limbo lento desde Ginebra | por José  De Mesa
foto Son ya quince años lejos de Segovia, del Caserío, de Torrecaballeros, de mis raíces, aunque ahí están, ahí siguen y aún me alimentan. Mis raíces son el viento en la cara, una partida perdida de mus y la teja “panzarriba”.
Son ya quince años montado en mis alas. Mis alas me llevaron cinco años a Bruselas, uno año mas al norte de Inglaterra, casi en escocia, 12 meses a un pueblito perdido de la Normandía francesa, otro año a Washington State, USA, y los últimos 14 últimos años a trabajar como funcionario internacional en el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, cuatro años en México D.F., tres en Panamá City, seis en Nairobi, corazón de África (o uno de sus corazones) y escribo ahora desde Ginebra, corazón de Europa (o uno de sus corazones).
Y entre mis raíces y mis alas, estoy yo, haciendo largos, rezumando de todo y esparciéndolo en este blog
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foto por Juan Carlos  Manrique Arribas
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lunes, 8 de febrero de 2016

Nazaret, año 20. Dios cincela con cuidado una madera que hará las veces del travesaño longitudinal de una cama que parece la de un niño. El semblante de su cuerpo evidencia un trabajo duro pues tiene dos cicatrices en sus bien curtidas manos. Es verano y el calor se hace notar. La Virgen le pide a cada rato algún servicio, y Dios que le estaba sometido, le obedece. Esta vez que vaya a buscar agua.  Y Dios sale del pueblo de Nazaret hacia la fuente. Nazaret es un pueblo pobre y demasiado alejado de Jerusalén para que nadie se fije en él. Ningún judío quiere vivir a 4 o 5 jornadas de la Ciudad Santa. Además se dice que de Nazaret no puede salir nada bueno.

Dios es un chico tranquilo, pero algo raro según dicen los del pueblo, solo algunos de sus primos se dejan ver con él. Cierto es que gana en las distancias cortas, y es más ameno y risueño de lo que aparenta. Aunque todos coinciden en que este chico no tiene ni mucho futuro ni mucho presente ni mucho pasado. Los sábados Dios se dirige al templo, se sienta en una de las últimas filas y se pone a orar a Dios Padre como los demás. Aquella liturgia simple y pobre, aquella liturgia de pueblo, poco se parece a la que se práctica en el gran Templo, en Jerusalén. Que riqueza!, que sabiduría!, quien fuera escriba o fariseo!.

En esos momentos de oración en la modesta sinagoga de Jerusalén, todos se acuerdan de los romanos. Los dueños del mundo, y dueños también de la tierra de Israel y de su pueblo los judíos. Un pueblo que por aquellos años era ya conocido como el pueblo que más había sufrido en la historia de la humanidad.

Dios no es nadie. Mas tarde en su vida pública se hará el último. El servidor de los servidores. El amigo de los pobres. Provocará divisiones entre las familias. Creará tempestades alrededor de él. Será asesinado y desde luego no pasará desapercibido. Pero en la época de Nazaret ni siquiera era el último. Aquí Dios no era nadie.

Más tarde Dios a través del Espíritu Santo,  será la levadura invisible que hará elevarse el pan, la sal disuelta que dará sabor al agua o la minúscula semilla de mostaza que se hará un árbol y los pájaros anidarán en él.  Pero en Nazaret Dios no era nadie. Ni siquiera el último. El anonimato, es pues una de las grandes virtudes desconocidas a imitar. Vencer la tentación de la notoriedad, podría ser el camino más corto para parecerse a quien todo cristiano quiere parecerse. La radical renuncia al brillo y por ende la búsqueda activa de ser nada son el camino de la luz. No ya ser el último sino no ser nada es, como dice Santa Teresa, ser todo para Dios. “Nada para mí, todo para Dios”.

jueves, 4 de febrero de 2016

Erase una vez un hombre que vivía en una ciudad española de tamaño medio. La ciudad era conocida por estar partida por un gran puente romano del cual se dice en el pasado trasportaba, nada más y nada menos, que agua.

En esa ciudad vivía un hombre al que le encantaban los problemas y esa era su ocupación principal. Ese hombre sentía una atracción irrefrenable hacia ellos y podríamos decir que era un experto en problemas. La cartera que perdió hace días, como renovar su carnet de conducir, el teléfono que se le puede perder eran algunos de los más recurrentes. De alguna manera era un pequeño vicio que no podía confesar, su secreto, el secreto que daba sentido a su vida.

Cada día buscaba la soledad para poder seguir pensando en sus problemas. Se recreaba en ellos, les daba vueltas, pero con mucho cuidado y meticulosidad para no solucionarlos. Si en alguna ocasión se desgobernaba y el problema quedaba resuelto o se resolvía solo, él se las ingeniaba con extraordinaria habilidad para o bien hacerlo renacer de sus cenizas o bien buscarse otro, pues tenía muchos problemas esperando en la cola. Podría decirse que sus problemas, que a veces somatizaba en forma de enfermedad, le precedían cual fúnebre procesión a donde fuera que fuese.

Un día, al pasar delante de una Iglesia e instintivamente santiguarse, un fogonazo iluminó todo su cuerpo desde el interior, y en ese momento todos los problemas que tenía en su mente, incluso los que fraguaban pacientemente en un especie de útero mental esperando su alumbramiento, desaparecieron repentinamente. No había rastro de ellos. El hombre, se dio cuenta en ese momento de dónde estaba, empezó a escuchar el sonido que hacían sus zapatos al rozar el suelo, el sonido del aire y de los pájaros y de los coches. Estrenó una nueva sensación de frío en la cara y humedad en sus mejillas, pues se dio cuenta de que estaba llorando. Y de repente se vio sorprendido por la presencia de gente necesitada en cada esquina de su ciudad. Gente de apariencia normal, incluso sonriente pero que escondían en su interior una terrible tragedia que él era capaz de descifrar desde el interior de su alma, y que simplemente antes del fogonazo, esta gente o no estaba allí o eran invisibles.

Aquella experiencia le emocionó profundamente. Unos segundos después, fijó su mirada en su interior y, comprobando que no había problema ninguno que rumiar, descubrió un infinito agujero negro, como un camino que invitaba a ser recorrido, las puertas estaban abiertas de par en par y se movían con unos movimientos peristálticos suaves y acompasados que parecían atraerlo sin necesidad de esfuerzo alguno y de hecho ese hombre se veía ahora avanzando, como sin querer, hacia ese agujero. Todo era fácil y parecía sencillo.

Durante esos instantes que parecieron siglos, una vieja canción le resonó en el espíritu, una voz le decía; “cuanto he esperado este momento, cuanto he esperado que estuvieras aquí, yo sé bien lo que has sufrido, yo sé bien lo que has llorado; porque de tu lado nunca me he ido; nadie te ama como yo”.

Pero de pronto una chispa se encendió de nuevo en su cabeza. Sintió un miedo siniestro al acercarse a ese túnel que ahora se le antojaba peligroso, sobre todo por desconocer lo que había durante y al final del camino. Repentinamente parecía perder el equilibrio y buscaba instintiva y desesperadamente un lugar donde agarrase. Una voz, diferente a la anterior, más incisiva e imperativa, le decía que necesitaba un problema para poder sobrevivir y no ser engullido por eso que le invitaba a pasar pero en donde todo era desconocido, donde estaría solo y a solas. Se adentraba a un lugar como de otro mundo, donde debía renunciar a sí mismo, a sus raíces, a su cultura, a sus riquezas, necesitaba como nacer de nuevo, como ser alguien que no era y sobretodo lo más importante e innegociable debía renunciar a sus problemas y a eso no estaba dispuesto pues de alguna manera los problemas daban sentido a su vida.

Así que decidió llamar a su mejor amigo, ese amigo del alma, de la infancia. Ese amigo al que te puedes presentar en su casa después de años de ausencia porque tienes la absoluta certeza y seguridad que te recibirá con una sonrisa sean cuales sean las circunstancias particulares en la que se viera envuelto ese día. A ese amigo lo llamó y le dijo que no se sentía querido por él y que no le quería, que no podía perdonarle no sé qué cosa que le había hecho en su infancia y colgó el teléfono móvil con una expresión en su cara imposible de describir pues acompasaba una paz en la sonrisa con una mirada perversa.

Ese hombre se encontraba de nuevo a sí mismo. Ese nuevo problema, el haber perdido a su mejor amigo, le daba nuevos bríos. Ya tenía algo con lo que seguir soñando. Ya tenía de nuevo compañía durante sus largos paseos a ninguna parte.

Ese hombre había perdido una gran oportunidad, pero no importa. La paciencia todo lo alcanza.

 

lunes, 1 de febrero de 2016

Me dan de comer, tengo mi cuarto, estoy empleada, estoy explotada, estoy atrapada.

Digo que me llamo María aunque me llaman “la chica”. Mi verdadero nombre lo guardo para mí como el bien más preciado, es casi lo único que me queda, el vínculo con mi cuna.

Devoro casi lo que quiero y cuando quiero. La noche ya nunca me encuentra en la cama con otro hombre aún más triste que yo. Ahora tengo un contrato fijo y legal como empleada doméstica en una buena casa de un buen barrio. No tengo horarios y no tengo donde ir.

Esta mañana, como cada mañana, la señora me ha encontrado recogiendo la cena del día anterior, y me ha regalado una cariñosa sonrisa. Luego, me ha dicho, con el mismo tono amable, que me cogiera el día de vacaciones porque se iban a la finca de los no sé quién y que me lo cambiara por el domingo que dan unas copas.

No me ha quedado más remedio que bajarme al parque y aquí estoy comiendo pipas y esperando. Ninguna de mis amigas está libre, claro. Un lunes!. Un lunes al sol!.

La señora pocas veces me regaña y siempre me trata bien, pero esta mañana he sentido algo diferente. Al decirme que ya me había repetido mil veces que cuando rompa algo tengo que decírselo; en ese “mil” he sentido una pizca de odio que me ha atravesado el corazón como un escalofrío.  Es cierto, me lo ha dicho muchas veces; cuando rompo algo tengo que decírselo, pero hay algo dentro de mí, un orgullo profundo, que aún está pegado a mi alma, y prefiero una reprimenda y el miedo al despido que dejar ir ese último agarradero que me separa del abismo.

Los señores son católicos. Él va a misa a diario y ella los domingos y fiestas. Los chicos van a un colegio privado de monjas. Su entorno es cristiano practicante. Votan al PP y no paran de hacer chistes sobre catalanes y musulmanes.

Me dan de comer, tengo mi cuarto, estoy empleada, estoy explotada, estoy atrapada.

El señor nunca me habla. Nunca me mira, excepto cuando me paga. Nunca se ha retrasado. Hemos llegado a un acuerdo. El señor me paga menos de lo que dice el contrato y no me cobra el internet. A mí me sirve primero porque cobro mucho más que cuando trabajaba en la calle y segundo porque no tengo otra opción. Al pagarme, no sé por qué, también me siento humillada, y él en cambio, se siente perdonado. Todos su pecados, esos que le quitan el sueño, se los perdona así mismo al pagarme. “Este es el acto de caridad con el que redimo mis faltas”, se dice a sí mismo. Faltas, los llama faltas, ni siquiera tiene el valor de llamarlos pecados. La vida perfecta.

Quién tuviera esa paz interior y su estabilidad económica. Quién tuviera esa capacidad para creerse salvados. Sin embargo, todo ello, aunque me lo ofreciera el mismo demonio, lo cambiaría ahora mismo por lo que yo siento: miedo, frío, soledad, humillación y esperanza.

He dicho esperanza?. Si, también siento hoy, sentada en este banco comiendo pipas, una pequeñísima esperanza, como una luz lejana que la lluvia y el viento del invierno no acaban de apagar. Siempre que miro, está allí. No consigo verla con claridad, pero nunca se va.

Me dan de comer, tengo mi cuarto, estoy empleada, estoy explotada, estoy atrapada por esa luz que me mima el alma, que sostiene mi cuerpo y que ama y perdona por mí, a los señores, a quienes yo no puedo amar ni perdonar.

 

martes, 26 de enero de 2016

Ya que, al leer estas líneas, estás de alguna manera permitiéndome entrar en tu casa, te deseo en primer lugar la Paz.

En temas de sobrepoblación, la previsión más alarmistas del organismo más alarmista, que es Naciones Unidas, apunta a un incremento de los 7.300 millones de habitantes actuales hasta los 9.000 millones en el año 2050 y a partir de ahí empezaría una tendencia estable de la población.

El argumento de que no hay capacidad en el mundo para alimentar esta población es pueril y no vale la pena detenerse mucho en ello pues hay información suficientemente asequible para cualquier persona que sin juicios previos quiera enterarse de esto. Aprovecho sin embargo la ocasión para comentar algunas estadísticas sobre derroche de alimentos en el mundo desarrollado (Europa y Estados unidos). En estas regiones se tira a la basura el 30% de los alimentos que compra el consumidor final, pero si incluimos toda la cadena alimenticia desde el productor/agricultor, lo que se tira aumenta ya hasta el 50%. Solo con ese 50% podría suplirse la alimentación de los pobres infra alimentados en el mundo, incluso suponiendo una población total de 9.000 millones de habitantes.

Pero existe un dato adicional. El verdadero problema del mundo desarrollado, es la sobrealimentación, al cual por cierto la Organización Mundial de la Salud la califica ya como epidemia. En el mundo desarrollado la mitad de la población está sobrealimentada y la obesidad es la primera causa de muerte previsible.

La próxima vez que vayas a la compra detente en cualquier carro que ha llegado a la caja de cobro y obsérvalo por un segundo. Encontrarás bebidas energéticas, galletas azucaradas, comidas preparadas, especias exóticas, alimentos extranjeros, chocolates y un montón de cosas, que no son necesarios. Son alimentos que la tercera parte acabaran en la basura y el restante te hará más mal que bien.

Calificar de comedores compulsivos a la mayoría de la población occidental es un calificativo nada exagerado y que no creo nadie se atreva a rebatir. Aceptamos con facilidad todo lo que he mencionado hasta ahora y lo vemos fácilmente reflejado en los demás. Ya son menos los que aceptan encontrarse entre aquellos que caen en la alimentación compulsiva.

Hay iniciativas llevadas a cabo por Naciones Unidas, Gobiernos, Sociedad civil y sector privado que tratan de paliar estos problemas. Iniciativas de Consumo Sustentable, los movimientos “Slow Life” y “Slow Food”, dietas milagrosas etc. Todas ellas tratan el problema pero ninguna, repito ninguna, trata las causas.

Y cuales son las causas de este descontrolado afán por comer?, Por qué existe en nosotros un apetito insaciable?, qué nos lleva a comer compulsivamente?, que vacío sentimos que nos resulta insoportable? de donde viene ese hambre que el pan no sacia?. Que es aquello que podría saciar ese hambre?, con que Palabra lo llamaríamos?.  

 

 

miércoles, 20 de enero de 2016

No soy lector, así que solo de Pascuas a Ramos me engancho con alguna de esas cosas que llaman libros. El afortunado ha sido esta vez “El Olvido de Si” de Pablo D’Ors. D’ors es un sacerdote que ronda la cincuentena y está destinado en un gran hospital público de Madrid. Si no fuera porque D’Ors ha sido específicamente designado por el Papa para asesorarle en temas culturales  podría ser tachado de hereje por la libertad con la que habla de determinados temas y por su coqueteo con algunas prácticas orientales como en zen.

“El Olvido de Si” es un valiente intento de crear una supuesta autobiografía de Charles de Foucauld, por quien D’Ors siente una obvia admiración. Escrita en primera persona, D’Ors pone en boca de Foucault la descripción de su vida.

Foucauld un personaje de la aristocracia francesa, descubre de pronto un camino, el de la oración y el ayuno, que podríamos, para que no suene tan radical, denominar de silencio y sobriedad. Y emprende un camino sin retorno, sin frutos, en soledad, que sin embargo le hacen sentirse más cerca de Dios. Y nos habla de ese camino con algunas frases lapidarias “Quien no esté dispuesto asumir el fracaso social, probablemente no podrá seguir el camino de Jesucristo”.

Aceptar el Evangelio es fácil para cualquier cristiano, pero si alguno se atreve a ponerlo en práctica podría ser declarado, incluso por los propios católicos como un fanático. Los cristianos que hacen con asiduidad oración y ayuno, hablan con normalidad del demonio, se creen las apariciones de la Virgen, son sensibles al pobre que le extiende la mano, parecen confiar en la providencia y parecen ser más libres, son tachados de fanáticos, porque la sociedad actual que no sabe distinguir entre fanatismo y dedicarse consecuentemente a la búsqueda de la verdad.

Si somos únicos, nuestras vidas deben ser únicas, no pueden parecerse a ninguna, pero esa diferencia es la consecuencia de vivir olvidado de sí, no la de una búsqueda egocéntrica de esa diferencia.

Recobran ahora inusual sentido aquellos versos de Fray Luis de León que memoricé en mi infancia: “Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido…”. Cuando huyes del ruido, de las experiencias, del mundo, te encuentras de bruces contigo y sobretodo con esa parte de ti que rechazas y el primer impulso es volver a ese ruido, a esas experiencias a ese mundo. Pero si persistes, esa soledad, ese silencio, ese frio, ese desierto te llevará a una mayor luminosidad, a una mayor Paz. Por eso nos cuesta estar solos, en silencio, porque te encuentras contigo. Por eso hemos inventado el móvil, las infinitas cadenas de televisión, el internet, el fast food; para evitar encontrarse con nosotros mismos. Solo el que se atreve a recorrer la senda interior, puede descubrir de pronto el sentido de su vida.

Si, querido lector, no te preocupes por mí, pronto toda esta ilusión pasará, volveré al ruido, a buscar nuevas experiencias, dejaré la oración y la sobriedad, y volveremos a compartir las juergas que nos pone la vida en bandeja y volveremos a dirigirnos a ninguna parte llenos de nosotros mismos y de ruidos, y de experiencias y de mundo.

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