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Son ya quince años lejos de Segovia, del Caserío, de Torrecaballeros, de mis raíces, aunque ahí están, ahí siguen y aun me alimentan. Mis raíces son el viento en la cara, una partida perdida de mus y la teja “panzarriba”. Son ya quince años montado en mis alas. Mis alas me llevaron cinco años a Bruselas, uno año mas al norte de Inglaterra, casi en escocia, 12 meses a un pueblito perdido de la Normandía francesa, otro año a Washington State, USA, y los últimos 7 últimos años a trabajar como funcionario internacional en el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, 4 años en México D.F., 3 en Panamá City y ahora en Nairobi, corazón de África (o uno de sus corazones). Y entre mis raíces y mis alas, estoy yo, haciendo largos, rezumando de todo y esparciéndolo en este blog |
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Por supuesto que es violencia (e ilegal) juntarse ante la casa de cualquiera e intimidar, coaccionar, insultar y cualquier otra forma de atacar aunque sea de forma no letal. Me cuesta creer que alguien lo ponga en duda. Desde ese punto de vista los escraches (palabra fea de fondo y forma donde las haya) son absolutamente inaceptables.
Son, lo escraches, sin embargo, compresibles. Alguien que no le queda casa ni trabajo, necesita expresar la impotencia, el miedo y la indefensión de manera física y violenta. Y ahí pagan justos por pecadores.
Inaceptables pero compresibles, lo fueron igualmente las manifestaciones de aquellos cristianos sin complejos que increpaban, durante los años 80, a los médicos de la clínica Dator que practicaban abortos.
Cierto es que la derecha no es dada a este tipo de acciones, pero esto es por sus conocidos complejos, no porque sean mejores o peores. Complejos que no tiene la izquierda española, con excepción a lo relativo a la bandera española, ante la cual no saben muy bien cómo colocarse.
Fue en los años 80 cuando la mujer se incorporó en masa al mercado laboral y provocó la desaparición de la llamada “clase baja”. Los camareros (ellos y ellas, conviene aclarar ahora), los pastores, las prostitutas, barrenderos y demás posiciones sociales consideradas (y llevadas con dignidad) humildes pasaron de pronto a tener una segunda vivienda en la playa, viajar y comprar en las mismas tiendas que compraba la ya inmensa “clase media”.
Los inmigrantes ocuparon con ansia y descaro ese eslabón de “clase baja” y aunque la economía, luego en los 90, iba a toda mecha, sufrían los inevitables perjuicios de la distancia, la expatriación y el racismo.
La escalada social fue rápida y suave y pronto se disolvió la clase baja como un azucarillo. Nadie se acordaba ya de su propia historia y solo se pensaba en consumir.
Pero llegó la crisis, y esa clase media empezó a percolar. El peldaño de la clase baja empezó de nuevo a llenarse y los inmigrantes partieron. Pero a pesar de todo, la clase media aguantará; sigue teniendo pulmón. Pasará del derroche al consumo contenido por sus propios ingresos. Y el acoso inaceptable pero comprensible a los políticos del gobierno cesará. Los recortes nos harán valorar lo que tenemos.
Amanece soleado en Segovia. Apunta calor para el medio día pero son la ocho der la mañana y el paseo se hace sumamente agradable. Estamos en Julio y estoy pasando mi mes de vacaciones en Segovia; en casa, como hacían y hacen los nuevos inmigrantes. Mis jornadas en vacaciones son livianas. Hoy solo quiero conectar mi ipad para disponer de conexión a internet durante los dos meses que estaré por aquí y luego darme de baja. Tarea fácil, supongo yo.
Llego a la oficina de Vodafone. Todo resulta fácil y agradable. Una mujer con unas caderas de escándalo me clava los ojos y se dirige a mí. Ya estoy perdido. Quiero conexión a internet para mi ipad, pero solo por dos meses, balbuceo babeando. Y su caderas me dicen que claro que sí, que inmediatamente, que por supuesto.
Sin darme cuenta he suscrito un nuevo contrato de internet y todo resuelto. Saco mi ipad de la cartera y por ser un modelo un tanto antiguo no encontramos la ranura para meter la tarjeta sim. Mala suerte me digo, y le digo a esos hombros que aún me engatusan: Tendré que cancelar esta operación ya que mi ipad no puede conectarse a internet.
En ese momento algo pasó. Aquellas caderas que no eran ni demasiado anchas ni demasiado estrechas, aquellas caderas que eran simplemente perfectas, fueron deformándose hasta adquirir un aspecto casi demoníaco. Su sonrisa, sus ojos, su pecho, el tono de voz hasta entonces melódico y susurrante, todo dejo de ser apetecible súbitamente.
-Lo sentimos señor, pero yo no puedo darle de baja eso debe hacerlo a través del servicio telefónico. Y aquí empieza realmente mi artículo. Decidí no dejar el establecimiento hasta haberme dado de baja. La situación ahora ya es surrealista.
Llamo al 123 (o 234, o quien sabe cuál es ese teléfono que dicen que es gratuito pero yo lo dudo mucho, imposible comprobarlo) y empiezo a hablar a una máquina. Cuando la máquina oye la palabra “baja”, el teléfono por arte de magia se desconecta y de nuevo hay que rehacer la llamada y pasar por un millón de diferentes pasos. Pero Dios está de mi lado, consigo contactar por fin con una persona real. Esta es chilena, me encantan los chilenos. Mis 7 años de residencia en américa me vuelven a la memoria. Le cuento mi historia, breve y absurda historia. Y le digo que quiero darme de baja de algo que he contratado hace unos minutos. Me dice que tiene que comprobar unos datos. Teléfono en silencio. Estoy relajado, salgo a la calle y espero. Llegan unas nubecillas imprevistas. Tarda más de lo razonable pero estoy dispuesto a aguantar, entro en un bar y con el teléfono pegado a una oreja sudorosa pido una caña, unos boquerones y el “Adelantado de Segovia”.
Tras hora y media, me doy por vencido, cuelgo y empiezo de nuevo el proceso con la máquina que se cuelga al oír la palabra “baja” por lo que decido decir “alta” y parece que va mejor. De nuevo otro latinoamericano, este es costarricense. El único acento que no diferencio es el argentino del uruguayo, pero eso es ya para nota. Les cuento mi historia, le suplico que no me deje colgado y que no compruebe por favor más datos. Le doy pena, y me da la opción de darme de baja via fax. Yo ya estaba en el coche dispuesto a darme una vuelta pero vuelvo a aparcar, consigo en un bar un folio y un boli, en un locutorio busco un fax y espero. Lo siento señor este teléfono de fax no da señal. Me dice una moza. Estoy en el Azoguejo.
Las nubecillas se tornan oscuras y aumentan en número. De nuevo me embarco en la odisea de hablar con la máquina. Esta vez es colombiano, simpático y dicharachero. Le cuento que Vodafone me ha dado un teléfono que no está en uso, y la persona me confirma que sí que a veces no funciona. Apunta ya tormenta en el cielo y yo empiezo a jurar. Le informo que ya me han hecho la jugarreta en dos ocasiones y que creo que ya califico para que me den de baja de verdad. Me dice que también existe la opción de darse de baja vía grabación telefónica y me pregunta si tengo inconveniente para que me graven mi voz. Le digo, que claro que no, y que aprovecharé para informarles de que son unos ladrones y de que eso no se hace. Jarrea en Segovia, una tormenta de verano totalmente inesperada.
La gestión me llevo siete horas, seguidas, y hoy, desde Nairobi, aun no estoy seguro de que aquello funcionó. Me siguen cobrando en mi cuenta. Por piedad con mis lectores he suprimido los detalles menores, los de mal gusto y los ofensivos. Pero les informo que sigo teniendo dos líneas de teléfono con Vodafone y que tengo una historia muy parecida a contar al respecto. Solo necesito, para contarlas, que despeje un poco el cielo y cobrar el aliento.
Turkana es una tierra de nómadas, repleta de cabras, de camellos y de vacas. Linda al este con el majestuoso lago Turkana, al norte con Etiopia y al oeste con Sudán de Sur. Es la región más al norte de Kenia. Tan remota como interesante, tan pobre como atrayente, tan sola como seca.
En Turkana viven un millón de almas, a medio camino entre el nomadismo y el sedentarismo y viven (y mueren) también un puñado de misioneros españoles, donde no llegan ni otras ONG ni el propio gobierno keniano.
Los Turkanos huelen a leche y a sangre, mezcla que es base de su alimentación evitando así el sacrificio de sus animales. El pueblo turkano está asentándose, poco a poco, en pequeños poblados gracias a los puntos de agua a base de pozos y embalses que construyen los misioneros.
He tenido la suerte de compartir unos días con estos curas (Comunidad Misionera de San Pablo) y la suerte de compartir sus comidas, sus charlas a la luz de la luna, su compañía, en definitiva un trozo de sus vidas.
La comunidad de hispanos de Kenia, no con lo que nos sobra, sino con lo que se nos cae de los bolsillos, hemos acumulado la suficiente cantidad de dinero para construir un pozo más. Este se encuentra en medio del pueblo de Kaikor, enfrente de la iglesia, lo que les permite a las mujeres tener el agua más cerca de sus chozas.
Uno de los objetivos de mi viaje era fotografiar ese pozo para reenviar a todos la prueba de que nuestro “esfuerzo” y “generosidad” había servido para algo. Recorro el pueblo despacio y sudoroso, sin darme cuenta de que un niño me agarra la mano y lo paseo como si no tuviera hogar y como si tuviera todo el tiempo del mundo. Por fin encuentro el pozo y el niño me tira suavemente de la mano. Por primera vez lo miro. Lleva una camiseta rota y sucia y nada de cintura para abajo, ni calzones, ni pantalón, ni zapatos. Debe tener unos doce años. Luego supe que se llamaba Alfred.
Me tira de la mano y me hace la inocente pregunta: ¿Por qué vosotros sois blancos y nosotros somos negros? No había sido consciente que desde que llegué a Turkana un gran sentimiento de culpa e impotencia invadía mi cuerpo. Pero esta era mi oportunidad. Por fin todos los años de estudios internacionales, mis experiencias y mi madurez podían ofrecer algo a este niño anónimo. Me agaché y le hice notar cómo algunos de los miembros de su poblado tienen otro tono de piel. Cómo los nómadas que bajan desde las tierras del norte tienes facciones diferentes a las suyas. Le expliqué que más allá del océano, en Europa, todos son blancos y que hay otros sitios más lejanos aún donde son hasta amarillentos. Me incorporé y giré en un mismo movimiento y me sentí más ligero, más relajado y sentí hambre. Cuando visualizaba ya unos huevos fritos con patatas fritas, sentí de nuevo un leve tirón en mi mano. Otra vez el niño quería hablar. Me acuclillé y de nuevo me preguntó: ¿Por qué vosotros sois ricos y nosotros somos pobres? Inmediatamente quise salir corriendo pero mi cuerpo no respondió. Tuve fuerzas, eso sí, para mantenerle la mirada, y los ojos se me inundaron de toda el agua del lago Turkana.
12 de Octubre de 2011, día del encuentro entre dos civilizaciones – lo del descubrimiento ya queda superado – deducimos del discurso del Embajador en su residencia. La colonia española, casi toda, está presente. Aunque en Kenia nos es fiesta, cada uno se las ha ingeniado como ha podido para escaparse del trabajo y presentarse a la tradicional paella. Discurso amable, nos dicta desde lo alto de la escalera, muy diferente al del año pasado, al del 2010, en pleno secuestro del Alakrana. Recordábamos los presentes que varios españoles quedaban en manos de los somalíes, y aquí nadie tenía ganas de celebraciones, lo cual unido a la crisis dejó la celebración de aquel año en un tapeo de poca monta.
Mensaje amable, como digo, y todos estamos brindando en áfrica, quinientos y pico años después de que de Colón desembarcara en América. Qué diferente se ve la hispanidad desde tan lejos, donde los españoles no somos nadie.
Los curas de Turkana, las monjas de Karen, los empresarios solitarios y aventureros, los funcionarios de Naciones Unidas, los cooperantes, todos están presentes aquí en la Embajada, o casi todos.
Algunos no pudieron tomarse el día y seguían trabajando en el campo de refugiados más grande del mundo. A la mañana siguiente, tan solo unas horas más tarde y en plena resaca, nos revuelve el estómago la noticia. Han secuestrado, han vuelto a secuestrar, a dos cooperantes españolas. La colonia española se llama compulsivamente. Las conocías? Que hacían? Yo conocía a su jefa, se quedó sin habla al saberlo. Yo no tenía ni idea. Que sabes?. Las han encontrado?.
El campamento de Dadaab está preparado para 100,000 personas, tiene en la actualidad 400,000 y siguen llegando 1,000 al día. Huyen de Somalia donde la guerra y la sequía no deja títere con cabeza; las madres salen caminando con sus niños y solo llegan algunos. Por el camino quedan los demás. En ese campamento hay jóvenes dispuestos a secuestrar a cualquier blanco que se pase por delante y arriesgar su vida por un puñado de dólares. Y no es fácil detectarlos. Eso es lo que ha pasado. En África la vida es bella, hasta que en un solo instante puede tornarse infernal. Eso es lo que ha pasado.
Mientras escribo ha aparecido el coche donde las secuestraron a 30 km de la frontera, en pleno desierto, pero desconocemos si han llegado a Somalia, donde el rastro sería ya mucho más difícil de seguir y se iniciaría una larga negociación por el rescate.
Los periódicos españoles, los cuales leemos con avidez colocan la noticia en cuarto o quinto lugar. Solo pedimos que no se politice este tema como paso con el Alakrana. El “Daily Nation”, periódico de más tirada de Kenia titula en la portada de hoy “Al Shabaab kidnap aid workers at Kenyan camp”.
La reina Isabel va pronto a morir. Un año antes, en 1503, manda hacer un inventario de sus bienes. Dicho inventario es encargado a su secretario y notario Gaspar de Gricio. El Libro de las cosas que están en el tesoro de los alcázares de la ciudad de Segovia forma así el inventario de la Real Armería del Alcázar de Segovia, primer Museo Militar del mundo. Dicho inventario recoge todos los bienes muebles que pertenecían a la corona y que se encontraban en el Alcázar. Entre otros figuraban la Colada del Cid, la Lobera de San Fernando, cuadros, vajillas, tapices, varios ejemplares del Libro del Buen Amor e infinidad de tesoros de incalculable valor. Sin embargo consta en los escritos que la reina Isabel insiste a su notario en incluir la Tizona, pues “aunque no esté en Palacio, de nosotros es” y la hace constar como bien de la Corona, ya que consideraba ella que pertenecía a la familia Peralta, Marqueses de Falces, en forma solamente de usufructo y no de posesión.
Gaspar de Gricio la describe, por tanto, de memoria pues la espada se encontraba en el Castillo de Marcilla, residencia de los Falces. Le recuerda la reina que la espada que perteneció al Cid tiene “empuñadura, cruz y pomo plateados”, en esto es certera la reina, sin embargo, bien porque le falla la memoria bien porque la reina pretende ensalzar la espada le comenta, y así refleja su notario, que “hay en ella castillo e leones de bulto e un leoncico dorado de cada una parte de la cruz en medio”. La reina se refería quizá en la descripción a las inscripciones mandadas modificar por ella misma y su marido Fernando antes de su entrega al Marqués de Falces.
Hay que remontarse por tanto unos cuantos años para encontrar la Tizona en Segovia. Enrique IV, hermanastro de la reina Isabel y gran amante de Segovia había reunido con sede en el Alcázar un fabuloso tesoro donde destacaba una armería con piezas únicas, entre ellas la Tizona del Cid. Enrique había heredado la Tizona de su padre Juan II y este la descubrió entre los tesoros enajenados a Álvaro de Luna.
Enrique IV murió en Madrid el 11 de diciembre de 1474 y dos días más tarde la reina Isabel era coronada reina de Castilla en la Iglesia de San Miguel de Segovia. Testigos de aquella coronación eran por un lado la Tizona, costumbre heredada de los reyes de Aragón y por otro el fiel vasallo de Fernando de Aragón, Pierres de Peralta “el Joven”, III Conde de Santisteban de Lerin.
Isabel tomo pronto posesión de los bienes heredados de Enrique IV y desde su proclamación como reina destinó parte del tesoro a pagar favores a sus más estrechos colaboradores. A Pierres de Peralta que había sido parte determinante para su casamiento con Fernando y que había estado presente en su boda, en su noche de bodas (como era costumbre junto a jueces, regidores, caballeros) y el día de su coronación le dejó escoger una pieza de su armería. Éste eligió para sí, la espada Tizona del Cid. Al rey Fernando no le sorprendió la elección pues conocía bien a su fiel vasallo y no supo negarse, pero la reina Isabel dejó bien claro que se la daba bajo la condición expresa de llevarla a Palacio con determinado ceremonial cada vez que sobre ella hubiesen de jurar los reyes (ahora sí) de España. Pierres se la llevó al Castillo de Marcilla, su residencia.
Si nos remontamos 5 siglos más es posible que la misma Tizona del Cid haya pisado también tierras segovianas. Antes de morir el Cid regala la Tizona a su yerno Ramiro Sánchez de Navarra casado con su hija Cristina. Al morir el Cid en Valencia en el año 1099, su viuda Jimena, su hija Cristina, su yerno Ramiro, el cadáver embalsamado del propio Cid a lomos de Babieca y la Tizona parten camino de Toledo para rendir pleitesía a su rey Alfonso VI. De Toledo parten hacia donde reposarían definitivamente los restos del Cid, en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, en la provincia de Burgos. Para ir de Toledo a Burgos es muy difícil no pasar por Segovia, por lo tanto podemos afirmar con certeza, aunque no lo tengamos documentado, que la Tizona, en el siglo XI, también estuvo en Segovia.