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Conexin Campo Grande | por Teresa Sanz Nieto
foto Vine a Valladolid como de paso y llevo ya casi veinte aos. Es ya la tierra de mis hijos, as que tambin es la ma. En este blog me gustara averiguar por qu los kilmetros que separan Valladolid de Segovia se hacen el doble de largos que los que hay de Segovia a Madrid, aunque la distancia sea parecida.
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Conexin Campo Grande
foto por Teresa  Sanz Nieto
14/08/2017
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25/07/2017
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lunes, 14 de agosto de 2017

Chico y chica están fumando un cigarrillo, sentados en la escalera del portalón. Pantalones y camisas negras a la espera de la hora de las cenas en el restaurante donde trabajan, que está a la vuelta. Unos minutos para dar una tregua al cuerpo que, disciplinado y ágil, recorre durante horas las mesas. Son muy jóvenes. Hablan de no sé quién, que trabaja ahora lejos, en un sitio de playa.

El comedor de al lado lo atienden dos camareros de mediana edad, eficientes y rápidos. Expertos en economizar movimientos y palabras. Curados de espanto de cualquier capricho de los clientes. Camareros de toda la vida, casi invisibles, que no suspiran aunque las piernas protesten y la espalda pida descanso.

Los que atienden las terrazas no son desde luego los del verano pasado, ni tampoco los del anterior. Ellos tampoco me conocen, ni lo harán: apenas cruzamos la mirada, porque están inmersos en la pantalla del móvil, donde apuntan el pedido. Es normal porque aquí, en la Plaza, repite poco la clientela, la mayoría son turistas que van y vienen, que a ratos sudan y a ratos se quedan fríos y se envuelven con lo que pillan. “¿Y así hace por aquí en agosto? Pues cualquiera viene a Segovia en enero...”. En fin, esas conversaciones.

Los clientes no repiten, los camareros no duran. La clientela protesta por los precios y los pinchos, cuando lo que tenía que exigir son camareros de larga duración y dueños al pie del cañón. El buen dueño de hostelería es el mayor pringado de todo el equipo, el que más suda. Si no es otra cosa, puede que necesaria, pero muy diferente: un rentista, un accionista.

Cuando pienso en Segovia no pienso en Trajano ni en futbolistas famosos despiezando cochinillos con el plato: pienso en camareros. Oigo con frecuencia a los portavoces de los hosteleros, pero no sé qué piensan los camareros. No tengo claro si al gremio de los camareros le va bien que se llenen los comedores al 75 o al 99 por ciento. ¿Les pagan más, les hacen fijos, son entonces más libres y más dueños de su trabajo?

Me ponen un café que me salva la vida, pero no conozco sus nombres. Y cada vez menos. Antes no eran de mi barrio, ahora muchos ni siquiera han nacido aquí. Menudos sobresaltos deben llevarse cuando les damos órdenes con este áspero castellano nuestro, pero aguantan. En las cocinas hay manos de muchos países exprimiendo nuestro zumo, sazonando nuestro asado. Alquilan los pisos que dejan los estudiantes. En los jardines con columpios sin amortizar de la vieja Segovia, los hijos de la cocinera pasan las horas, despreocupados. A la hora de la siesta hay silencio; al caer la tarde, vuelta al tajo.

Las callejuelas huelen a cordero, a orégano, a curry. Los contenedores, a vino. Son las traseras de las cocinas, el otro lado del trampantojo del centro histórico. Lo que no ven los turistas que, al caer la tarde, ya arrastran los pies, el estómago y el cansancio hacia su coche.

lunes, 16 de enero de 2017

Otra vez he olvidado un aniversario. No de santo ni hombre de artes, ni ser distinguido para el que reclamen calles y reconocimientos. Fue un don nadie, solo un hombre más que murió en un día frío lejos de casa. Aquello ocurrió a finales de 1916, así que ya se ha cumplido su centenario, sin ruido ni homenajes. Cierto que su caso no es especial, porque hoy siguen muriendo cientos, miles de personas de la misma forma, sin anotaciones al margen. Cuerpos de gente que fue, de la que muchas veces no consta ni el nombre. Puede que alguien, con el tiempo, se pregunte qué habrá sido de ellos. Y ya.

Nuestro hombre falleció de una hemorragia meníngea a las 4 de la madrugada del 21 de noviembre de 1916, en la casa destinada a la hospitalidad para pobres de Cerezo de Abajo, donde fue sepultado. Alguien añadió en la partida de defunción que era natural de Canalejas, Valladolid, que tenía 78 años y que se llamaba Marcos: los datos que daba El Adelantado en la pequeña crónica que se publicó.

No era difícil morirse en 1916. Entre hambres y epidemias, la esperanza de vida rondaba los 45 años; superar la niñez era una hazaña, y llegar a viejo, siendo pobre, una pesadilla. Faltaban unos pocos años para que se aprobara el sistema de pensiones, y muchos más para que se generalizara. ¿De dónde venía Marcos, adónde iba ese otoño casi invierno cuando la muerte llegó? Puede que viniera de Madrid, de buscarse la vida allí, la ventaja del pobre es que puede trasladar su miseria a cualquier sitio. Cerezo fue durante mucho tiempo cruce de caminos, paso obligado para los que iban de la capital al norte de España. Dejando atrás Somosierra, atravesando encinares y robledales, Marcos estaba a pocas jornadas de su casa, setenta kilómetros más o menos. Por entonces Canalejas estaba creciendo, triplicaba los 300 vecinos de hoy. Algún familiar le quedaría allí, o al menos seguiría en pie la ermita del Olmar. Algo que tuviera que ver con uno. Con suerte algo que se pudiera comer.

Pero no. A setenta kilómetros de su casa se murió un pordiosero, que tenía 78 años, esperanzas, un origen y un nombre, Marcos, que alguien se tomó la molestia de registrar sobre un papel. Este es un centenario pobre, muy pobre, que no atraerá turistas ni traerá bellos discursos. Solo unas pocas palabras.

Nota: Gracias a Mar Peñas, del Archivo Episcopal, por recuperar la partida de defunción de Marcos. Gracias también a Araceli de la Torre, desde Canalejas de Peñafiel. Y gracias a Guillermo Herrero por rescatar cada día del archivo de El Adelantado las noticias de nuestro pasado.

jueves, 5 de enero de 2017

Busca un cuento para regalar a su nieto. Es un hombre alto y corpulento, setenta y tantos años, ojos claros y manos grandes, con un tabardo mostaza, poco abrigado para un día como éste. Entra en todas las tiendas que muestran libros en el escaparate. Esta es una más: “¿tiene Carasucia?” Es un cuento que leí de niño”. La dependienta niega con la cabeza, ese título no le suena. El hombre mira por encima la pila de libros, pero no los toca, solo da las gracias y se marcha. A pocos metros hay una juguetería grande, hoy rebosante de gente. Hay miles de juegos, libros gruesos con dibujos preciosos; historias de príncipes, princesas y duendecillos, cuentos de superación, en las que en apenas veinte páginas los problemas –sea la soledad, el egoísmo, el miedo, la timidez o el chupete– se disuelven y todo es por un segundo perfecto e igual.

Carasucia cuenta la historia de un niño bueno e inteligente, y en eso se parece a los protagonistas de tantos cuentos, pero en este caso extraño el protagonista tiene a gala no asearse demasiado. Cabría pensar con esas premisas que la historia discurrirá por aquí y por allá, para al final alcanzar que nuestro héroe logre su objetivo: tener la cara limpia y perfumada. Pues no. Pese a su cara sucia, que no se lava porque no está entre sus prioridades, estaba “el niño más listo y trabajador que pudiera imaginarse”. Carasucia, que no tiene otro nombre, porque así le llaman sus propios padres, era capaz de hazañas imposibles para los adultos, como convencer a los pajarillos para que no picotearan en el sembrado, animar al burro a que cargara la paja sobre el lomo o calmar a un perrillo que muerde con saña los pantalones de su padre. Y todo ello lo logra con ligereza, con palabras suaves que casi hipnotizan a los bichos. “Ja, ja, ja, con que Carasucia! ¡Como si fuera algo malo! Cuántos niños habrá que se laven tres y hasta cuatro veces al día y no sirven para nada”, se reconforta nuestro amigo.

Todavía más sorprendente es que los papás de Carasucia, un cuento que se hizo popular en los años cincuenta, y que fue emitido por el cuadro de actores de Radio Madrid, no le daban una colleja, ni les importaba demasiado que su hijo fuera por ahí luciendo berretes. Solo se ponen serios cuando llega la hora de los deberes: “a aprender la aritmética, apoblemarte, apoblemarte, para que te hagas un hombre de provecho”, le dice la madre.

Gracias a Internet, porque en papel tampoco yo encontré el cuento, conozco a este héroe que no era ejemplar, ni encerraba príncipe ni triunfador alguno dentro. Esta es la historia que escuchó y no olvidó el hombre de la tienda cuando era niño, y que ahora quisiera leer a su nieto. “No basta en este mundo tener la cara limpia, amiguitos, si el alma y la inteligencia no lo están también”. Buen consejo.

lunes, 25 de julio de 2016

En 1965 Carlos Sahagún se incorporó como profesor de Lengua y Literatura al Mariano Quintanilla, por entonces Sección Delegada, femenina, del recién inaugurado Andrés Laguna. Aquí, con 27 años, comenzó su carrera docente, recién casado con una segoviana, la profesora de Filosofía María Luisa Marazuela. Por entonces traía bajo el brazo varios libros de poesía publicados y premiados. Seis años después, en 1971 dejaba Segovia rumbo a Barcelona y, más tarde, se establecía en Madrid, donde fallecía en agosto de 2015, a los 77 años.

En unos tiempos en los que se publica más de lo que se lee, Sahagún intriga por su absoluta reserva y despreocupación por pasar a la posteridad, que le llevó a negarse a reeditar su obra. Cuenta su mujer que huía del ambiente literario, de ese "hoy te hago un favor y mañana me lo haces tú a mí". No le gustaba mucho hablar, aunque en Segovia trabó amistad profunda con Vicente Gaos o Luis Javier Moreno. En un Adelantado de la época se publica una crónica sobre una versión de Eloísa está debajo de un almendro, que Francisco de Paula y Sahagún se animaron a dirigir para participar en un concurso de centros de enseñanza. Una anécdota ligera del poeta, un hombre delgado, con traje y corbata, gafas oscuras y expresión seria, tal como aparece en las fotografías de entonces.

Niño de la posguerra, adulto comprometido con la izquierda política y profundamente independiente -firmó el manifiesto de los 2300 reclamando igualdad de derechos del castellano y el catalán, lo que le causó problemas y su posterior marcha de Barcelona-, dedicó un vibrante poema a Antonio Machado, crítico con la utilización de su figura y obra: "Queremos realidad, verdad, no solo/ una postal turística perfecta./ Y la verdad está en nosotros, que vivimos/ abrazados a tus palabras,/ nunca en frías conmemoraciones..."

Hay más rastros de Segovia en sus escritos. La contundencia del paisaje: "La fortaleza en pie se pronunciaba,/ sin nadie a quien aguardar, mas vigilante./ Abajo, el ruido ahogado del Eresma." También hay ecos en su visión de la vida en provincias: "Si es difícil trepar por la cucaña/ a cuerpo descubierto, aún más difícil/ resulta de este modo: acompañado/ de un perro y de paraguas para el perro,/ de remilgos y renunciamientos."

Hace unos pocos meses, gracias a la insistencia de algunos de sus amigos, se ha publicado la antología que recoge buena parte de sus poemas. Poemas necesarios, porque como él mismo decía, los poemas se justifican por sí mismos o no se justifican de ninguna manera. Poesía rigurosa, sobria, a veces sombría. También, cargada de verdad: "Yo busco las cosas ciertas, el pisar seguro de los instantes".

domingo, 15 de mayo de 2016

La lluvia intensa ha arrastrado a los turistas en esta tarde de viernes de mayo y ahora que asoma el sol las canonjías brillan solo para mí. "Estar en Inglaterra, cuando la primavera está también allí". Como Robert Browning, abro mis sentidos a este inesperado regalo. En el talud de los jardines de Fromkes refulgen los lilos y los lirios, en sus apenas quince días de belleza. No sé si su floración obedece a los afanes de los jardineros; si es así es su mayor logro que a un ojo inexperto, como el mío, el resultado se contemple como silvestre. En este 2016, pese a todo, el cielo considera que los segovianos nos mereciéramos esas flores espontáneas y caprichosas. Y nos enciende de verde la hoya del Clamores para que podamos creer que ha sepultado un castillo dormido, o quizás la cueva de un ogro poco vegetariano, pese al entorno.

Un grupo de turistas desnortados hace fotos, y me pregunto si ven lo mismo que yo; o si veo yo lo mismo que ellos. Eso sería aún más difícil, porque este paisaje lo he recorrido tantas veces que se mezclan mis percepciones de la infancia, de la adolescencia, de un día estúpido, cansado o sublime, como éste. Sí, la vida pasa a veces entera por nuestros ojos, en un rostro, en un sendero, en unos muros de calles estrechas en las que pensé que viviría y hoy son una parte más de ese paisaje ajeno y a la vez propio.
Es muy posible que si Segovia hubiera sido menos bella, más utilitaria, más común, pero mi ciudad de cualquier modo, me hubiera arañado la nostalgia de la misma forma. En todas las calles hay edificios que recortan el cielo, y el cielo es universalmente hermoso. Pero bueno, soy de aquí, de este sitio al que vienen tantos extraños con mochila para completar su soledad, su compañía, su estómago, su día, o lo que sea. Y casi nunca tengo la ocasión de pasear por mi ciudad sin gente, porque yo no estoy aquí ni los lunes, ni los martes, ni los miércoles o jueves, y en los fines de semana la normalidad es la excepción.
Así que este día echado a perder por la lluvia, que ha fastidiado los planes de la gente próspera, que ha mermado las cifras de visitantes y ha hecho levantar las terrazas... que me perdone el Patronato de Turismo, pero ha sido un día espléndido.

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