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Segovia, viernes 18-04-2014 h.

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RATórica musical y otros amigos | por Javier Vidal
foto Javier Vidal, Rat, desmenuza la realidad musical desde el punto de vista del músico que desciende a los abismos de los conciertos, las giras,los sucios camerinos, las noches sin dormir y asciende a nivel del mar para mostrar la cara artística del negocio, sus conexiones con los miedos del músico, sus inseguridades, sus pensamientos, la búsqueda de la canción perfecta y de todo aquello que es imprescindible pero todavía no sabemos para qué.
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lunes, 23 de septiembre de 2013

Cacique,m. y f., señor de vasallos en alguna provincia o pueblos indios./M. y f. Persona que en un pueblo o comarca ejerce un poder excesivo.

Estupor, del latín stupor./Med. Disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia.

Buitres, m.  Ave rapaz de cerca de dos metros de envergadura, con el cuello desnudo, rodeado de un collar de plumas largas, estrechas y flexibles, cuerpo leonado, remeras oscuras y una faja blanca a través de cada ala. Se alimenta de carne muerta y vive en bandadas.

Conde de Romanones, m. y singular. Presidente del Senado de EspañaPresidente del Congreso de los Diputados de España, varias veces ministro y tres veces Presidente del Consejo de Ministros durante el reinado de Alfonso XIII.  Fue elegido diputado de forma ininterrumpida desde 1886 hasta 1936.

Un día en Segovia, m. y plural. Dícese de todo lo que ocurre en el planeta tierra y en particular en esta pequeña provincia donde la ignorancia en el desempeño de los cargos públicos, financiados con las aportaciones del contribuyente, se suple con enormes dosis de soberbia. En muchas ocasiones ésta última deriva en la codicia y por extraños giros del destino, en la acumulación de cargos públicos, que de manera consensuada, aquí la palabra democracia no es más que una falacia en boca de todos, le llevan a dirigir una provincia. De Carlos Fabra a Joaquín Ripoll pasando por Isabel Carrasco y Agustín González. De Castellón a Alicante, de ahí a León, luego Ávila y ya por cercanía territorial, Segovia.

Y aquí está ese pequeño gran hombre. Atilano Soto, A.S., con el don de la ubicuidad, capaz de saltar de los canales de Venecia, a los consejos de administración y de ahí, desplazándose por el páramo castellano en su Club Car, llega a los juzgados de lo social a reclamar lo que le corresponde por ley. Un triunfador, alguien respetado y que ha obtenido junto a muchos otros, gracias a su esfuerzo y su enorme dedicación a la vida pública, que escupamos sobre la palabra político, que nuestro corazón bombee más sangre debido a la ira y que nos preguntemos cómo es posible que alguien pueda tener tanto y tantos hayan visto reducido lo suyo a la nada. Cierto que los de provincias somos ignorantes, ovejas necesitadas de un pastor, de una señal en el cielo para no perder el rumbo y que los preferentistas son demasiados como para que sean tomados en cuenta pero en serio Atilano, ¿cual es la definición que te corresponde?. Dejo un hueco más abajo para que la escribas. Después de todo tal vez las cosas no son lo que parecen.

Atilano Soto, m. y s: 

jueves, 18 de julio de 2013

El 18 de Abril de 1942 el general LeMay envió un puñado de B-29’s a destruir la ciudad de Tokio.  La misión fue un verdadero e inesperado éxito y a los pocos días, un cuarto de la ciudad había sido calcinada a base fuegos artificiales con olor a napalm y a una evidente falta de humanidad justificada por la guerra. Poco tiempo después, las ciudades de Hiroshima y Nagasaki fueron utilizadas como ratas de laboratorio para demostrar la hegemonía, jamás perdida, de los Estados Unidos de América.

Los japoneses, empujados por su Yamato-Damashi o Espíritu de lucha, defendieron su país de la invasión occidental, aún a sabiendas que la guerra se perdería. Daba igual. Luchar por los tuyos, por lo que crees que es justo y contra los excesos de los más poderosos se imponía. Los dioses del viento tomaron al asalto los cielos. Y perdieron la guerra.

El 16 de Julio de 2013 en España, tras constatar gracias al señor Bárcenas y otras escorias que vivimos en un país del tercer mundo, donde los políticos y los poderosos han saqueado las arcas del Estado a consta de exterminar la clase media, la respuesta ha sido la nada.

Nuestro presidente es un sepulcro blanqueado que se ampara en la propiedad de su silencio, el partido que preside descalifica y niega la posibilidad de que haya miembros del mismo que se hayan podido enriquecer ilícitamente y gracias a las sucesivas cortinas de humo en forma de festivales, cañas, playas y otras cosas tan españolas, la respuesta de todos los que presenciamos este espectáculo es la nada.

Nada que decir, nada que objetar, nada que nos empuje  a defender este país de unos miserables que tienen los oídos llenos de intereses personales.  Bueno, ahí fuera parece que hay pitos.

Señores, carguen sus fusiles, recojan los pedruscos del camino, afilen sus cuchillos y salgan ahí fuera a recuperar lo que nos pertenece. Porque aunque no lo sepamos y nunca hayamos vivido una guerra de esas que uno cree que se encuentran en la sección de Mitología o Historia Antigua, esto es la guerra. Una guerra sin bombas pero con maletines, una guerra sin uniformes pero con hombres de cuello blanco, una guerra sin fuego enemigo pero en la que cada información queda en agua de borrajas, una guerra sin balas pero con decisiones políticas que aprietan el nudo alrededor del cuello de los trabajadores, una guerra sin estrategias pero con un fin: acabar con lo que la guerra consiguió crear, una sociedad con más oportunidades para más gente.

Que me detengan y me juzguen por criminal de guerra al decir esto, pero deseo ver a Bárcenas, Rajoy, Rato, Blesa y compañía colgados en un matadero. Que no mueran sino que se les mantenga con vida para que desde esa altura puedan ver el lodazal en que han convertido a este país. Esta guerra no merece teñirse de sangre sino con justicia. 

jueves, 20 de junio de 2013

Una semilla de  alcornoque fue elevada por el aire por una ráfaga de viento y descendió súbitamente sobre la cima de un acantilado. Desde allí, mientras el sol se ponía en el horizonte y ayudado por la enorme pendiente, descendió en dirección al mar hasta que, debido a algún extraño giro del destino, acabó varada  entre dos rocas a muchos metros del mar. Resulta que, a pesar de que todo estaba en su contra desde un principio, el agua de lluvia y la perfecta combinación de humedad y exposición a la luz lograron hacerla germinar. Una pequeña raíz se aprovechó de un pequeño surco en la piedra y entró en contacto con la tierra. Pasaron unos meses y un pequeño brote verte apareció. Ese día, mientras unos niños jugaban cerca de ahí a lanzar piedras para apagar las estrellas, nadie se dio cuenta de que, allí arriba, cerca de la cima del acantilado había un pequeño árbol.

Pasaron más meses y los niños abandonaron su lugar de vacaciones para regresar a la ruidosa ciudad. Sin embargo el brote continuó  en el mismo lugar, mirando fijamente al horizonte y recibiendo las periódicas visitas de la brisa marina, las malditas gaviotas y los virajes de los barcos, que a lo lejos, perseguían costas aún por descubrir. Al cabo de unos años, el brote se hizo rama y ésta tronco y por fín, una calurosa tarde de Agosto, Pedro, el más pequeño de la pandilla y mientras lanzaba un canto lo más lejos posible en dirección al mar,  se dio cuenta.

-Mirad chicos, ahí arriba hay un árbol.

El árbol nunca escuchó ese comentario. Siguió haciendo la misma vida, abriendo sus ramas en dirección al cielo y protegiéndose con sus hojas de los temporales. Nada había cambiado para él y sin embargo, a su alrededor nada era igual. Al cabo de unos días, un cabrón llamado Paco, ignorando el Plan de protección de costas, decidió llevar montones de tierra a esa parte del acantilado para, aprovechando la pendiente, construir un hotel con vistas al océano. Las excavadoras amarillas trabajaron sin parar, ganándole terreno al mar y arrancaron de cuajo el pequeño alcornoque.

Así, de golpe acabaron con él y nadie dijo nada excepto unos tipos que, con pancartas de Greenpeace, fueron desalojados a la fuerza por el Ayuntamiento.

El alcornoque acabó enterrado en lo más profundo de la cantera y se resignó a dejar de ver el mar cada mañana.  De nada le sirvió desearlo con todas sus fuerzas.

Pedro nunca volvió a aquel lugar pero esta tarde se siente como aquel árbol, rodeado de edificios en lugar de mar y con la extraña certeza de que a veces no hace falta hacer nada para que todo cambie. Hay demasiados árboles intentándolo para no creer en ello.

lunes, 03 de junio de 2013

Llevaba un par de semanas sin escribir, demasiado tiempo para alguien que basa su día a día en apuntar cosas en una libreta. Algunas veces no tienen ninguna importancia, son solo eso, frases sueltas, algo evocador que en el momento parece ser una idea futurible pero que con el paso de los días se convierte en óxido y algo de huesos. Quizás estos día estuve ocupado aunque lo más probable es que no tuviera nada que decir. Me callé, nadie se acordó de mí, fui una persona más entre los millones de ellas que pasaron el tiempo sin dejar rastro. Mi cabeza se transformó en una película del oeste por la que solamente pasaron un par de jinetes sedientos.

Acabé leyendo el correo de un amigo en el que se mofaba del video de Borja Bermúdez sobre la cultura en Segovia y recordé por qué aquellos que se dedican a crear serán siempre considerados herejes, vividores, transgresores, ineptos, vagos, ciudadanos de segunda, desnortados, gente peligrosa a la que mantener lejos de nuestras hijas, perdedores y niños perdidos. Y no fue precisamente la calidad del video y de la música, al fin y al cabo, ¿quién soy yo para opinar sobre el trabajo de otros?, sino la idea que subyace tras las imágenes.

Este país se descompone poco a poco, las gamas de grises coquetean con el negro, se habla ya de una década perdida y a la esperanza se le pone fecha de nacimiento en el 2017. ¿Qué es esto por Dios?

El futuro es ahora y es ahora mismo cuando deberíamos perder el culo por decorar nuestros días, convertir las cosas bonitas en realidades necesarias para que todo merezca un poco más la pena.

 Recordé cómo eran las cosas cuando era niño, cuando no existían conceptos como malo o bueno, cuando el futuro era la merienda a las seis y el karate a las ocho y uno no tenía que hacer nada para encontrar su lugar en el mundo.

Recordé que el verbo recordar procede etimológicamente de dos palabras:Re, de nuevo y cordare formada sobre la palabra cordis que significa corazón. Cuando recordamos pasamos todo aquello por el filtro del corazón, por aquella playa en la que sentimos nuestros pies sobre la arena y el calor del sol sobre nuestra cabeza. Solamente haciendo cosas por las que podremos ser recordados seremos capaces de darle a este panorama unas gotas de luz. Por favor, intentémoslo sin comprometer el pasado, el presente y el futuro de la música. Destruyámoslo todo para volver a nacer, como si fuéramos otra vez esos chiquillos que cruzaban la carretera sin mirar detrás de un balón, de lo contrario el precio a pagar será demasiado alto.

“Recuerdo claramente que acababa de llegar a Inglaterra para estudiar. Era la hora del té y habían servido pan. Me daba demasiada vergüenza admitir que nunca había untado un pan. Traté de hacerlo. No fue tan difícil”.

domingo, 12 de mayo de 2013

 

Hace unos días que Bob Brozman decidió que su vida no valía la pena si no podía tocar. Ni Zoe, ni Haley, ni siquiera la posibilidad real o ficticia de convertirse en profesor a tiempo completo o compartir todo lo aprendido con aquellos diletantes de la guitarra pudieron evitar que se quitara la vida. Sus manos dictaban el ritmo de sus días y, si éstas no responden, entonces la música ya no fluye y si ésta no suena es mejor que el corazón deje de salir.

Creo que todos los que aman hacer cosas con las manos por encima de todo se han hecho la pregunta alguna vez: Y si pierdo los dedos, ¿tendría fuerzas para seguir?

El mundo está lleno de playas donde hundir los pies, de preciosas mujeres con labios del color de las cerezas que recorren las calles de la ciudad, de noches en las que el tiempo se escapa entre cerveza y amigos, de cuadros de Bacon y Hopper, de personas que pueden cambiar tu vida en un instante y mostrarte la belleza en una gota de agua, de canciones de Dylan y sinfonías de Mahler que consiguen hacernos recuperar la esperanza en ese asqueroso ser llamado humano,  la memoria y el olvido, París en Septiembre y Madrid en primavera, la posibilidad de ganar la partida con un farol, los versos de Nicanor Parra  y la posibilidad de que algún día veamos caer a todos aquellos que se apellidan Aznar, Cospedal, Paulson y Rios Montt.

A pesar de ello, a veces nuestras vidas dependen de algo que se impone por encima de todo lo demás. No hace falta que tenga la menor trascendencia para el mundo, tan sólo es suficiente con que nos valga para poder sobrellevar la tiranía de los días. Si de pronto, un accidente te lo arranca, el eje de nuestro mundo se altera hasta tal punto que si las mareas en Galicia son iguales que las del Mediterráneo, los atardeceres pierden el color que guardamos de ellos en nuestros recuerdos.

Esto no es un alegato a favor del suicidio ni mucho menos, simplemente una manera de poner de manifiesto lo importante que es vivir nuestra vida a nuestra manera, con esa sensación tan dulce que dejan los días vividos con intensidad, a nuestro ritmo y con la música de fondo que más nos conmueve sonando como un tambor a la contra.

Bob Brozman apostó por dejarse llevar por la enorme curiosidad de encontrar otras músicas en Méjico, Hawai y África y darles cobijo entre las cuerdas de sus instrumentos. El hecho de darse cuenta que la música de Britney Spears hace el mismo ruido que los tanques entrando en Bagdad es sólo una prueba de su amor por la música. En cuanto el pájaro dejó de cantar, el prefirió desplegar sus alas y despedirse de todo. Las formas no fueron las correctas pero quizás en esa forma tan terrible de decir adiós se encontraba una forma de rebelarse contra el silencio, aquel que te invade cuando ya no puedes hacer lo que amas por encima de todo. Quizás debería haber contado un par de compases más antes de dejarnos, el final hubiera sido muy distinto.

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