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Javier Vidal, Rat, desmenuza la realidad musical desde el punto de vista del músico que desciende a los abismos de los conciertos, las giras,los sucios camerinos, las noches sin dormir y asciende a nivel del mar para mostrar la cara artística del negocio, sus conexiones con los miedos del músico, sus inseguridades, sus pensamientos, la búsqueda de la canción perfecta y de todo aquello que es imprescindible pero todavía no sabemos para qué. |
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Regresé a Madrid con una especie de tristeza clavada en el estómago y una enorme sonrisa rajando mi cara de este a oeste. El agente de aduanas revisó mi DNI y me vi a obligado a declarar una sola cosa: Había merecido la pena.
En el retrovisor, dos de los mejores días de estos últimos meses en compañía de esa mujer que me acompañó durante media década.....
Durante ese tiempo, con sus necesarios cambios de postura para hacer nuestra convivencia lo más cómoda posible, fuimos saltando obstáculos y compartiendo cervezas en Monmartre, cabreos en Temple Bar, canciones en Mikonos y rock and roll al ritmo de los labios de Steven Tyler.
Yo era ella, ella era yo, y al final los dos fuimos nada, ya que, algunas veces, quererse no es suficiente para estar juntos
Después de los últimos días que pasamos juntos, en los que las lágrimas acompañaron al pan y el vino se hizo vinagre para limpiarnos las heridas, las conversaciones se hicieron raras. Hablábamos sin querer hacerlo y entre los dos comenzó a crecer, como una bola de nieve, una rabia que manchaba todos y cada uno de los buenos recuerdos que teníamos. El duelo se imponía y para eso, nada mejor que la distancia.
....
Gracias a Jimi Hendrix, ella no vivía en Madrid y a fuerza de ver pasar los días sin tener noticias el uno del otro, esa rabia dejó de engordar.
Unos meses más tarde, la rabia salió por la puerta y no regresó, con lo que había llegado el momento de descolgar el teléfono y marcar el número.
No me había equivocado y de nuevo y sin poder explicar qué era lo que había cambiado, éramos capaces de hablar sin levantar la voz.
Al abrazarla en el aeropuerto supe que entre dos personas que se han querido tanto existe un vínculo que nada ni nadie puede romper. Aunque nos emperremos todos los días en hacernos daño.
Ahora yo soy yo, ella es ella y los dos somos algo que nada tiene que ver con ser una pareja o con esa horrible palabra en este contexto que es la de amigos. Estamos unidos, como Emilio Botín a la maldita codicia.
Definitivamente no estoy hecho para el bricolaje, las manualidades y todas esas mierdas que convierten un agujero en un lugar donde acomodarse y tener docenas de hijos.
Más aún, detesto utilizar mis dedos para algo más que no sea acariciar el cabello de mi guitarra. A pesar de los pesares, me debo a la causa. El efecto tiene resultados catastróficos.
Lo intenté. Intenté por todos los medios montar el halógeno en su respectivo marco y anclarlo al techo, pero el muy cabrón, conspirando con la ley de la gravedad, se reía de mi y decidía una y otra vez aterrizar en el suelo. Y claro, de tanto reirse, acabó rompiéndose. Adiós paciencia. Bienvenido cabreo.
¡ Maldita sea ¡! ¿ Por qué casi nunca las cosas salen como las planeamos?. ¿ Dónde están los electricistas cuando los necesitamos? ¿ Dónde puedo encontrar a gente que ponga a la música por delante de novias, tener una familia, futuro, estabilidad y cía?.
Ya no era yo, era mi furia la que soltaba parrafadas. Una detrás de otra. Mientras tanto, me dedicaba a recoger trocitos de halógeno a 1 euro cada uno. En total, 50 euros.
A pesar de todo, al rebuscar entre las grietas del enfado, me di cuenta de que poco a poco me estoy frustrando por no vivir mi propia vida y pretender vivir otra que quizás no me corresponda. La necesidad de encontrar gente que ame la música con locura y compartir con ellos lo que tengo dentro me impide disfrutar de lo que tengo.
Y tengo unas cuantas canciones para mostrar y muy poca gente interesada en oírlas. Tengo miedo de acabar tocando en grupos de versiones y de mirar hacia atrás pensando que nunca tuve mi oportunidad. Tengo miedo de que en unos años pueda tirar la toalla. Tengo miedo de no intentarlo con todas mis fuerzas. Tengo miedo y estoy cabreado.
Al escribir estas líneas recuerdo las palabras de alguien sin nombre ni rostro que aconsejaba no escribir llevados por el furor de la batalla. Demasiado tarde. Lo escrito....escrito está.
"Cada golpe que nuestra ira descarga vendrá a caer seguramente sobre nosotros mismos ”. William Penn
“En realidad no está mal lo que haces. Tienes una buena imagen, tocas bien, tu voz resulta agradable pero necesitas canciones con gancho, que se peguen en tu cabeza como un piojo, que sean sencillas, que…….en definitiva, sean un poco para tontos”.
Estas palabras han inundado mi cabeza durante días. He de reconocer que no me pillan por sorpresa, en absoluto, pero en el trastero de mi cerebro sobrevivía la posibilidad de poder hacer un disco a mi manera y que sea pagado por un tercero en discordia. Y vaya discordia.
Escuchar esta palabras sentado en un estudio, incluso cuando las esperas, es realmente desesperanzador y le dejan a uno como a un alma en pena recorriendo las calles vacías de Madrid. Tienes dos opciones. La primera es hacer tu música y ni siquiera ganar lo mínimo para pagar un alquiler. La segunda, vender tu alma al diablo y llenar tus bolsillos de verdes y de traición a uno mismo.
Siempre me he preguntado qué tipo de compromiso artístico tienen Madonna, Enrique Iglesias o Miguel Bosé. Su música es el instrumento perfecto para mantener su status y su cuenta corriente al rojo vivo pero, ¿qué ocurre con su desafío artístico?. ¿ Tan difícil es dejar de ser una pieza en la máquina durante un tiempo y hacer canciones verdaderas? ¿ Tan difícil cómo llegar a entrar en este Olimpo en el que habitan los músicos que viven de su música?
En un momento de la vida donde la gente empieza a construir cosas pensando en el futuro, yo sólo tengo canciones cómo activo y resulta que éstas no tienen cabida en la industria. ¿ Qué puedo hacer?. La respuesta es clara. Debo seguir intentándolo aunque se me vaya la vida en ello, al igual, que Judy Garland cada vez que abría su boca para cantar. No merece la pena vivir de otra forma. Como decía Ángel González, para vivir es necesario morirse muchas veces mucho. Me pregunto cuanto tiempo viviré intentándolo……
“ Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua”. Antoine de Saint-Exupery
Pasé muchos años compartiendo agujeros con varias personas, donde los maltrechos colchones valían para todo menos para dormir y todo eran espacios comunitarios. Nada de eso importaba. Llegar a casa suponía una sorpresa con forma de gente fumando, bebiendo o acabando el último cartón de leche y que secuestraban a una tranquilidad amordazada.
Nunca pensé en vivir en una casa bonita, con una cocina grande y donde la luz te molestara al atardecer. Ahora está ocurriendo. Cada día voy a ver el cadáver de mi antigua casa y me sorprendo al descubrir que una nueva está surgiendo en su lugar. Los tabiques han cambiado de sitio, en el baño ya no es necesario desmontar el water para que la cisterna se llene y, por las ventanas, la lluvia ya no encuentra la manera de colarse dentro.
Lo mismo ha pasado conmigo durante estos años. He abierto huecos en mi vida que han sido llenados con cemento y tras eliminar mi capa de gotelé, la pintura nueva me ha dado un nuevo aire que, a pesar de todo, no puede tapar algunas cicatrices y esas prominentes arrugas bajo los ojos.
Una casa tiene tanto de uno mismo que por mucho que lo intentemos, no podemos sentirnos igual en otro lado. Volver a casa. Ese es el pensamiento estacionado en nuestra cabeza cada día después de acabar el maldito curro y a la vuelta de las merecidas vacaciones Sólo ahí podemos estirar las piernas, respirar y escuchar el "In the Wee Small Hours" en compañía de quién queramos. O mejor a solas.
Como nosotros, las casas van envejeciendo, las hortensias se secan al sol del verano y las golondrinas abandonan el nido en cuanto aprenden a volar. A pesar de todo, si los pilares están bien anclados en el suelo, las casas aguantarán el paso del tiempo y los demás se acordarán de nosotros cuando ya no estemos por aquí.
" Primavera en el hogar. No hay nada y sin embargo hay de todo" Shiki Masaoka