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El aguanís es un amago, un regate inesperado, un puedo pero no quiero. No lo voy a hacer. No ahora. No así. Lo voy a hacer ahora. Así. Es un engaño premeditado a última hora. Es un desarme a la obviedad; una intención disfrazada. El gol final es obligatorio; si no, no hay aguanís. Combinar recortes de tres pasiones como el deporte, la literatura o la música para decir algo sin decirlo o, quizás, decirlo de forma menos obvia, es mi oportunidad de uno contra uno, mi yo contra usted, mi intento de aguanís. Sólo hay una diferencia; si lo consigo, soy yo quien se marca el tanto. Usted quien cae en mis redes. ¿Jugamos? |
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Nunca me han gustado los circos. Y menos los payasos. Y entiéndase circos y payasos en los buenos y malos sentidos de ambas palabras. En su acepción amable, los primeros pocas veces han conseguido que mi boca se abra de asombro, y alguna sí de aburrimiento, y a los segundos nunca les he encontrado la gracia. Y mira que la he buscado. Además, algunos, con sus caras pálidas y sus labios rojos, han llegado a darme miedo. Ya; que soy rara. Que me perdone la familia Aragón.
En cuanto a la descripción fatal de circo y payaso, -denunciada, seguro, por el sindicato de Milikis a la RAE- dudo que exista alguien que la soporte. O bueno… tras lo visto el martes por la tele, y recordando lo vivido aquel jueves y 16 de 2008, cada vez estoy más segura de que UEFA y FIFA son fervientes defensores de este tipo de chows (con ch), nada favorecedores para el verdadero espectáculo que debería ser el fútbol sala. Y más tratándose de un Mundial o una Eurocopa.
En realidad, y repasando las imágenes del martes -¡por fin salimos en todos los telediarios!- me doy cuenta de que el problema es aún más grave; hubo mezcla de acepciones, cocktail fatal. Los payasos de la tele, Fritz y Sunjic, se debieron pasar todo el partido, como yo, debatiendo de qué les sonaba el tal Zuev; todo un artista. Cuando por fin, y ayudados por las reglas de la UEFA, que llevan por ilógica autopista a los penaltis, se recreó el ambiente perfecto de circo, se percataron de que el portero ruso guardaba gran parecido con el gigante de Big Fish* (gracias, David), se vinieron arriba… ¡y se apuntaron al carro!
Así que, después del cañonazo de Javi Rodríguez, procedieron al “Cómo están ustedes”, a su manera. Ya sabe, la típica cuestión de circo y payaso para cuya respuesta, a voz en grito o bajito, se entienda bien o mal, siempre hay una repetición de la pregunta. El gol que clasificaba a España para semifinales era, no claro, simplemente gol. Y ya.
Cuando, atónitos, pensamos que los muy payasos nos harían repetir… nos sorprendieron aún más, y comenzó el circo de siempre; ese que sólo consigue que esto cada vez guste menos. Además, maldita pudo haber sido su gracia. ¡Serán payasos! Y sin acritud, ¿eh? Ya sabe, respect, fair play…
*Peliculón que no se deberían perder...
Por cierto, el sábado, al llegar de un trabajado partido con las azules, que nos impidió ver la final, y al intentar enterarme de todas las informaciones posibles del nuevo triunfo español, me llevé un disgusto al leer un medio deportivo nacional que debió de tomarme (a mí y a todos los que accedimos a esa información, espero) por tonta... Espero que fuese un mal entendido, aunque permítanme que lo dude... Éste fue el pantallazo que hice, juzguen ustedes mismos. Eso sí, uno de los titulares que completaba la información y que citaba a Venancio ("Algunos jugadores, aunque se retiren, permanecerán siempre en este equipo") venía que-ni-pintao.



Mi empeño por cuestionar al ser (in)humano y por ir a contracorriente del mundo, como suele recordarme nada orgulloso mi padre, tiende a llevarme estos días a preguntarme qué hacemos entre gritos y pitos españolitos y otros seres mundanos, pretendiendo que, de un día para otro, cambie el rumbo de las cosas por el hecho de que un reloj ha dado el primer segundo del día siguiente, no nos hemos atragantado al comer doce uvas y hemos bebido un sorbo de champagne de una copa en la que se hundía un anillo de oro, mientras la ropa esconde picardías rojas. Las malas rachas acaban, pero no cuando le sale a Anne Igartiburu o Belén Esteban del micrófono.
Afortunadamente, después de infinidad de brindis y mensajes (cutres), TVE tiene la delicadeza de enseñar imágenes de Nacho Cano con el pelo largo y unos morenos rizos que casi tocan el piano por él, que demuestran que, no sé si los años, pero, desde luego, el tiempo pasa. Y también que este tren, al que llaman vida, se mueve gracias al progreso; porque si no hay progreso, se muere. Y a veces una letra lo cambia todo.
El otro día, en un vagón de ese tren, conocí a Jimena; una niña de sonrisa de dientes de leche que, a pocos días de la fecha obligada, me obligó a brindar, sin copa y con sinceridad, por el paso del tiempo.
Jimena tiene cinco años, una equipación de la selección, unas zapatillas Umbro del tamaño de un hámster, y entrena al fútbol sala todas las semanas con el San Cristóbal. Su jugador favorito es Puyol.
A Jimena le pasas el balón y siempre lo pisa antes de devolverte el pase, y si le preguntas si también sabe pegar con la izquierda, te responde que sí, pero que de esa manera le sale menos elevado. Entonces Jimena se coloca la bola en la zurda y te das cuenta de que te ha contado una bola; es diestra en el arte del esférico hasta para ponerse de portera.
Y es genial; genial ella, y genial pensar que hay petardos que de verdad borran sonidos de ayer; esos que reventaban los tímpanos con un “eso es de chicos”. Genial pensar que si Segovia quiere, las azules tienen el futuro pintado de verde; estoy convencida de que Jimena no es la única ambidiestra de (a) pie que pide a los Reyes Magos la caravana de la Barbie.

Me gustaría felicitar desde aquí a Javi Guerra; por haber completado un año imposible de olvidar y por habernos hecho sentir orgullosos (una vez más) a muchos segovianos... aunque al final un@ nunca termine sabiendo muy bien de dónde es y si es de algún sitio en realidad. ¡Enhorabuena, Javi!
Me gusta la filosofía que huele a ropa tendida y cocido, y que suena a eco de ventanas abiertas que aspiran a aspirar olores menos agradables. Por eso, a veces, me cuelo en una de esas clases magistrales que dan las vecinas de mi abuelo. Sin darse cuenta tocan la política, la economía, y hasta el deporte. Como ayer.
La historia va de orgullos patrios; de padres primero, de patria después. ¿Lo ve? Todo lo tocan, con pinzas, pero lo tocan. Una le decía a la otra, sujetando un minúsculo calzoncillo, que bendita la hora en la que se le ocurrió sugerir a la madre del japonés que acaba de llegar a la clase de su hijo, que le apuntase a kárate. “Llegó Chin Pum y se acabó”, le contaba, “ahora mi Beni no hace más que llorar porque de ser el mejor, ha pasado a ser reserva”. La otra le contestaba “¡ay! pobre”, le contaba que, Haná, el palestino del equipo de fútbol de su hijo Fer, no jugaba “a ná” y era un “condenao... al banquillo” y acto seguido le argumentaba que, con el multiculturalismo que hay ahora, algunas cosas llegan a perder su gracia y otras empiezan a ganarla, y que estaba pensando mandar a su Maca, a la que lleva tiempo adoctrinando en el arte del Chinchón, a la China.
Su planteamiento, meditado con frialdad, tenía su sentido. Decía que, con lo raros que son los chinos y lo poco que se tiene que jugar allí al Chinchón, pese a que lo inventarían ellos, su hija se haría “única entre tantoh milloneh de shinoh”, y una vez “nasionalisá”, ganaría el campeonato asiático. “Como el muchacho ese... ¿Benzema? Ese que ha ganado con el chico de Guerra”, continuaba la conversación la otra.
Por alguna razón inexplicable, en ese momento me erguí como lo había hecho al ver a Javi con su oro horas antes en TVE, hinché el pecho hasta llenarlo de tocino, de garbanzos y de chorizo (de Cantimpalos) y sonreí como si estuviera sonando el himno español. Entonces escuché “¿Veh? A la Maca no le hará falta aprendeh ni shino”. Y fue como si me tiraran un bolazo de barro dublinés a la cara. Eché cuentas; ¿Dónde había conseguido realmente el éxito Javi?¿En Irlanda o en su propia federación?. Y otra vez sonó esa repetitiva canción... “uno, dos, tres, catorce... I’m at a place called Vertigo”.

Nunca se le verá con una corona de laurel rodeando su testaruda cabeza. No se le distinguirá con la frente alta; él siempre bordea el terreno, cabizbajo, mezclando meditación y duda. Desechando una seguridad que de vez en cuando no le vendría mal aceptar. Es así; a veces víctima de unos idus de marzo que nunca llegan a ser tales, y otras vencido por sí mismo.
Aún así, pese a su eterno derrotismo, Segovia y España tienen en él a uno de los César del cariño, de la entrega, del amor por un deporte que es su vida y que le ha llevado a ser coronado como el César de unas porterías que sólo ocupa en segundo plano. Para quienes no lo conocen, lo dejaba claro el jueves: “prefiero que mis porteros sean los mejores de España, a ser el mejor entrenador del país”. Le presentaba Elena Gutiérrez y, sonrojado, era incapaz de mirarle a la cara, le halagaban Pulpis y Venancio y bajaba la cabeza, se sentía afortunado de trabajar con él Velasco y continuaba mirando a la mesa, le felicitaba Miguel Rodrigo desde su tatami en Tokio y la sonrisa de César Arcones, apuntando hacia abajo, dejaba intuir ‘esa’ frase*.
Y es que es un César atípico, de los que nunca se nombrarán a sí mismo ni cónsules ni dictadores vitalicios. Para eso están las circunstancias, que gracias a un DVD forjado a base de horas detrás de las cámaras y delante de la pantalla, ya le han reservado un hueco en la historia del sala nacional.
Si algo necesita este deporte para ser tomado en serio es, aparte de renunciar a esperpentos como las Tragicomedias del Mundial, personas capaces de dedicar su tiempo a crear documentación, a aportar ingredientes que alimenten el hambre de fútbol sala, las ganas por conocer más, por saber, por ejemplo, por qué sobre un parqué el portero puede ser tan determinante.
César, como todo César, seguramente no siempre ha hecho las cosas bien. En su alma de niño escondida bajo un hombre grande cabe todo lo bueno y lo malo que esto implica. De la extraña ausencia del ‘gobierno cajista’ en el acto se pueden deducir muchas cosas, pero los trapos sucios es mejor lavarlos en casa, y hoy por hoy lo más justo es que el mundo del fútbol sala le dé el tributo que se merece. Al César, lo que es del César.
*frase: "¡Qué daño ha hecho Miguel Rodrigo a esta ciudad!" (aclaración: puesto que me consta que la frase ha generado dudas y comentarios, simplemente me gustaría decir que se trata de pura ironía. Como yo soy persona de terceras acepciones, ironía, según la RAE: "Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice").
más información sobre el DVD, aquí: dvdporterosfutsal@hotmail.com
"Espero siempre una respuesta para sentrime querido
como los niños chicos. Como los niños chicos.
(...)
Quién pudiese ingerir un fármaco precioso...
Convertir en realidad todos esos sueños."