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Mordiendo la Gran Manzana | por Teresa Cantero
foto El nombre viene de un verano newyorkino entre Naciones Unidas y el centro del mundo. En la actualidad, intento mordisquear los pedazos de realidad que me encuentro en cada viaje. Cuando un hobby se convierte en necesidad, la maleta nunca llega a estar deshecha del todo y las guías se acumulan en la estantería del periodista. Es el acto inevitable de abrir la curiosidad a la diferencia de lo lejano y la cercanía de las distancias que nos ofrece el Mundo. Bienvenidos
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lunes, 21 de diciembre de 2009

Dicen que es el trayecto más bonito. En esta ocasión toca hacerlo a pie y en el pasillo de un tren, al lado del servicio. La puerta que conecta un vagón con otro se abre continuamente, golpeándome el hombro. En el siguiente vagón mantienen abierta la de salida. Fuman en los pasillos y asoman la cabeza. Dejan un resquicio de ventana para respirar un paisaje que se vuelve inolvidable. Letreros advirtiendo de campos minados pueblan la zona. Atravesamos Bosnia en dirección Sarajevo.

Mostar anonada a cuantos vayan a ver su Stari Most o puente viejo, reconstruido en 2004 tras el bombardeo de 1993. El símbolo de la guerra de Bosnia une ambos lados de la ciudad, el musulmán y el católico, y enseña en las dos orillas las cicatrices aún no reconstruidas. Fue el tesoro descubierto del periplo balcánico, un paseo por edificios ametrallados cuyas fachadas sólo se habían recuperado en parte, mostrando aún más las heridas de una guerra de 100.000 víctimas y dos millones de desplazados en tres años. En los pequeños comercios contestan en castellano, y aluden a la telenovela Cristal o a haber pasado un verano en España para dominar así el idioma. Una experiencia compartida en la década de los noventa por muchos niños bosnios.

Bosnia es la memoria viva de toda una década y a Mostar llegaron muchos de los cascos azules españoles. La plaza de España lo testifica. Las tiendas vendiendo retratos de guerra, pistolas y cascos usados certifican otro recuerdo. Un lisiado pide limosna junto al viejo puente. En la mezquita los periodistas suben gratis al minarete y se marean de destrucción y de viento. No hay mejor forma de entender la Historia que metiéndose dentro de ella.

Hay un restaurante en Sarajevo llamado To be or not to be. La mitad de la conocida frase de Shakespeare está tachada. Según los dueños, not to be no era una opción en tiempos de guerra. El hostal de Sarajevo está junto al cementerio. Se trata de Kosevo, un camposanto de tumbas blancas con la memoria de las víctimas de 1992 a 1995 bajo sus lápidas. Desde allí, sobre la colina, es lo primero que se vislumbra por la mañana, invitando a descender pronto para sumergirse en sus calles. La ciudad respira un inglés chapucero y concentra en 500 metros la catedral ortodoxa, la mezquita musulmana Gazi-Husrevbey y la sinagoga judía. Un mercado enlaza las religiones con el Puente Latino, donde Gavrilo Princip, aquel estudiante del grupo la Mano Negra, asesinó al emperador Austro-húngaro Francisco Fernando y a su esposa. Lo demás es historia. La de la Primera Guerra Mundial.

Junto al Hollyday Inn hay un parque infantil. Los niños juegan al lado del lugar en el que se alojaban los periodistas durante la guerra. También lo hacen en la “avenida de los francotiradores”, como ya nadie llama al bulevar Mese Selimovica, una vez tomado por los serbios durante la guerra y desde el que disparaban a todo civil y militar que pasara por allí.

Sale un tren con destino Belgrado. Cambiamos de alfabeto, país e idioma. Dejamos atrás el minarete de aquella ciudad del viento que fue Mostar y el cevapci de sus restaurantes para seguir cruzando fronteras. Atrás queda también Sarajevo. Al día siguiente el hostal está en la calle Gavrilo Princip. Cambia el color del cristal, pero no la historia. Tampoco la que nos recuerda que Bosnia no necesita de excusas para querer volver.

 

jueves, 26 de noviembre de 2009
El tren sale a las 22:25 de la estación de Zagreb. Hasta las 7 de la mañana no llega a Split. El compartimento no está diseñado para el amago de cama que otros jóvenes también quieren, pero al final todo consiste en desplegar el campamento, cerrar las cortinas, limpiarse con desinfectante y envolverse en un pareo antes del tetrix corporal que implica dormir sentados pero ligeramente cómodos. El ferrocarril llega a Split con normalidad. El del día siguiente, tristemente, no llegará. Seis personas se quedaron en uno de esos puntos negros que no sólo tienen las carreteras. Ningún telediario español habló de ello. El fallecimiento de Michael Jackson –ocurrido tiempo atrás- y un concierto de Madonna eran más importantes. Una camarera nos tradujo un titular en el que entrevimos la tragedia.

Croacia resbala. Resbalan sus suelos desgastados de Split, una ciudad turística que de noche se tiñe de hechizo medieval y en cuyo palacio de Diocleciano se siente la historia. Cuando se cierran las tiendas (en todos los recovecos de su muralla y restos romanos) y se encienden las luces, la ciudad se tranquiliza y embellece. Además, si se tiene la suerte de escuchar Nabucco en sus calles gracias al festival veraniego de música, la ciudad entonces brilla con luz propia.

Resbalan en Croacia las rocas en las calas de Dubrovnik, que de vez en cuando abren un hueco en la muralla e invitan a lanzarse al agua para contemplar la Perla desde un punto de vista diferente. Merece la pena. El Adriático es frío en mar abierto, pero condición indispensable si uno viaja a Croacia.

Zagreb se ha curado por dentro para demostrar, con persianas blancas que esconden remodelaciones completas, unas fachadas que parecen no querer soportar más el paso del tiempo. Calurosa y soleada en verano, enseña al viajero la catedral, su zona alta y baja y un festival de música en la céntrica plaza, donde un cartel sigue aclamando al otrora ídolo Davor Suker.

El país balcánico está masificado de turistas y de mujeres en las estaciones ofreciendo sus sobes o casas particulares para dormir. La mejor opción siempre es un buen regateo que ofrezca baño propio, cocina y viaje de ida y vuelta en coche hasta la estación. No hacer reservas en Croacia es, de hecho, buena señal. Lo que en España jamás funcionaría en ciertos países es la opción perfecta.

Croacia es un sueño atestado de visitantes. También lo era para la que lo recorrió  de norte a sur. No sólo por Suker, sino por acercarse a la historia de cuando no recordaba lo que habían sido los años de 1991 a 1995. Por intentar aprender en sus calles un pedazo de historia. Por escuchar que Croacia inventó la corbata y sentir el amago de estafa del conductor de autobús cobrando por equipaje. Por llegar a Korkula y buscar la casa de Marco Polo. Por encontrarla. Por conocer también la pequeña Trogir. Por hallar un lugar llamado Ploce, donde se concentraron las fuerzas de la ONU durante la guerra y llegó la ayuda humanitaria. Por su estación, tremendamente vacía hasta que apareció la vieja locomotora que llevaba al próximo destino. Porque en ese momento, si alguien no había vivido un rápido exilio, hubo que correr estratégicamente hacia la cabecera de aquel antiguo medio de transporte para lograr no sólo un asiento, sino apenas un hueco en el pasillo. Porque en croata hay una palabra clave para toda la región, la segunda más importante para entenderse después de “fútbol”: zdravo.  

 

miércoles, 18 de noviembre de 2009

El castillo se yergue en lo alto de la ciudad de los dragones. Bien en funicular o subiendo unas empinadas escaleras de piedra que surgen de la nada, merece la pena la perspectiva. Ljubljana posee un encanto que recuerda al centro y al este de Europa. El paseo por el río Ljubljanka lleva al visitante al Tromostovje, el triple puente del siglo XIX. Allí confluyen varias calles de la ciudad antigua y se alza una estatua del poeta France Preseren, en la plaza a la que da nombre.

 

El horizonte alpino enmarca la estampa de la cultura que inventó la pluma y que recibe con lluvia al visitante. La ciudad se recorre fácilmente en un día, desde su puente de los Dragones –símbolo del municipio- hasta la catedral católica de san Nicolás o la iglesia franciscana de la Anunciación, en Presernov. El restaurante Sokol, obligado alto en el camino, prepara un plato tradicional –compuesto entre otras cosas por potica, un pastel de pasas y nueces que hace las veces de pan- que no conviene perderse para recordar el viaje.

 

En 1991 comenzaba el conflicto de los Balcanes y rápidamente finalizaba para el primero de los países en obtener su independencia. Aquel poeta, Preseren, le puso la letra sin saberlo al actual himno del país. Ya por entonces escribió: “brille el brillante sol / que ponga fin a las guerras / sean libres / los hombres, / con el prójimo apacibles”. Todas las guerras son largas, aun cuando sólo duren diez días Desayunar en Madrid, comer en la plaza de San Marcos de Venecia, merendar en Villach (Austria) y cenar en Ljublijana. 22 días con una mochila a cuestas para recorrer los Balcanes en tren hasta Rumanía tienen un buen comienzo cuando es en Eslovenia. Una escapada de tales dimensiones exige ciertas penurias, pero aguarda recompensas. La mágica capital es ciertamente una de ellas.

 (foto: google maps)

lunes, 05 de octubre de 2009

Siempre he pensado que Portugal era una gran desconocida. Guardaba un recuerdo lejano de mitad de la infancia, pero no había descubierto aún la región de Lisboa. A finales de septiembre, cuando ya el estío parece haberse escondido, el país luso está en pleno esplendor. Pueblos como el amurallado Óbidos no han perdido su blanca luz y el cabo de Roca, punto más occidental del continente, que no de Europa, refleja en su horizonte la inmensidad del océano. Por la noche, el casino de Estoril, junto al hotel Palacio, enseña a perder a turistas principiantes. Durante el día, el municipio de Cascais presenta el Palacio de Pena como uno de sus mayores atractivos. Lo es, merece la pena descubrir en el melancólico nombre de sus paredes la historia de Fernando II y de la ya extinta monarquía portuguesa.

Portugal deja el recuerdo de la biblioteca del palacio de Mafra y de los diminutos seres que la cuidan cada noche. La dieta de los cegatos murciélagos incluye insectos que pueden perjudicar los casi 40.000 libros, y en aquel palacio del siglo XVIII, que esconde una azotea más que asombrosa, son el mejor cuidador de la sabiduría del mundo. Portugal deja también huella de derrota en la memoria con el Centro de Interpretación de Aljubarrota, donde una recreación visual de la batalla perdida sitúa al visitante en 1385, entre tropas portuguesas y el ejército castellano.

Portugal no son toallas, ni gallos, ni sólo vino de Oporto rondando las empedradas calles lisboetas. Tampoco son sólo queijadas y travesseiros, o un tranvía que corre demasiado para alcanzar su destino entre carreras de coches que invocan a San Antonio. Portugal es la unión de la luz del Atlántico con los pasteles de Belem, la vista de Nazaré saludando al océano antes de llegar a lugares como Tomar, -donde se encuentra el Convento de Cristo, en origen templario- que con una verbena despide el verano y recuerda a cualquier pueblo en sus fiestas anuales.

Portugal es el fado de una noche en Lisboa, un espectáculo melancólico de la canción popular. Un pastel de Belem en la Antigua Confitería, una subida a la Torre que lleva dicho nombre para ver, a lo lejos, el puente del 25 de abril, el Tajo que sigue su curso tras rozar levemente el Patrimonio de la Humanidad. Lisboa recoge las maravillas portuguesas y las reúne en lugares como el Museo Nacional de Arte Antigua. La capital sale de fiesta por las docas, o va a la discoteca Urban Beach, y regresa con el sol al hotel don Pedro para atravesar, al día siguiente y en tan sólo una hora, lo que le resta de península para volver a Madrid. Es por eso por lo que la región de Lisboa atesora paisajes en su costa de cielo, para que al volver del cuento se pueda seguir, durante un rato, observando el horizonte.

miércoles, 01 de julio de 2009

Sam no ha vuelto a tocar aquí. La decadente Casablanca se ve, antes de llegar al aeropuerto Mohamed VI, como un tapiz de ocre y verde oasis; como un espejismo de palacetes a su entrada que se olvidan con el olor a orina de la calle del hotel. Marruecos es, en la ciudad con la segunda mayor mezquita del mundo, tras la Meca, hospitalaria y pobre, pero con antena parabólica en muchos tejados. Es importante soñar con algo si no se puede ni dormir.


La guía tiene razón, una mujer que viaje sola es saludada por la mitad de los marroquíes. De esa mitad; gran parte querrá venderle algo; en francés, en inglés, en un castellano que, dicen, es hermano. "El Rey Juan Carlos I es familia de Mohamed VI". Todos venimos del barranco de Olduvai. Afirmo. El ser humano, al fin y al cabo, tiene el mismo origen, aunque el racismo en el que no creo ni como comentario curioso cambia las tornas al cambiar de continente. Aquí, más al norte incluso que las Islas Canarias, el taxi no quiere llevarme ni a mí ni a mi cabeza descubierta que le habla en francés. Ninguna Ilsa Lazlo iría en busca de Rick hoy, no al menos en los petit taxi rojos, más baratos y bastante más destartalados que el resto.


Hay algo que no sé si es recomendable, pero sí es sin duda una experiencia fascinante: perderse en Casablanca y por su antigua medina (de día). Una mezcla entre carteras de cuero, saaris, burkas, teteras, babuchas y falsificaciones demasiado bien hechas. La nueva, aunque más ordenada, también está más lejos y pierde la parte de caos que tiene la situada junto a la plaza de Naciones Unidas. Las posibilidades de atropello son ínfimas, si se piensa en que los semáforos solo están orientados a los coches; y no a los peatones, que simplemente cruzan.


En esta ciudad, donde las tiendas venden vestidos con etiquetas de Promod y Pimkie (la guía también advertía del sospechoso origen de muchas prendas), encontré al llegar un retazo de incoherente hogar. A la entrada, entre palacetes y casuchas desvencijadas por el tiempo y la falta de medios, había una heladería titulada Segovia. No hay que llamarse a engaño; un cochinillo jamás tendría cabida en una tierra donde nunca nos han llegado a ofrecer una cerveza. Menos mal que a una también le gusta el té.


Casablanca fue en realidad rodada en Los Ángeles. La real tiene la nombrada mezquita de Hassan II, un parque de La Liga Árabe sembrado de palmeras, una zona comercial llamada Maarif y un mercado central decadente y blanco. La recomendación habla de Fez y Marrakech, y pone a esta ciudad como la más moderna del país. En realidad, no estoy segura de que Rick Blaine hubiera querido venir aquí; o al menos, de haberlo hecho, hubiera ido a la Corniche, zona exclusiva donde ningún Sam toca el piano, aunque seguro que muchos Mohamed tienen algo que contar y que vender. Insahalá!

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