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El nombre viene de un verano newyorkino entre Naciones Unidas y el centro del mundo. En la actualidad, intento mordisquear los pedazos de realidad que me encuentro en cada viaje. Cuando un hobby se convierte en necesidad, la maleta nunca llega a estar deshecha del todo y las guías se acumulan en la estantería del periodista. Es el acto inevitable de abrir la curiosidad a la diferencia de lo lejano y la cercanía de las distancias que nos ofrece el Mundo. Bienvenidos |
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| 467 días |
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por Javier Vidal |
| 29/07/2010 | |
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por Fernando Sebastian Alvaro |
| 27/07/2010 | |
| HISTORIAS Y CHASCARRILLOS DE NUESTROS PUEBLOS. EL TÍO ROSCO DEL VILLAR. | |
Serbia se aleja para dejar paso a Montenegro, cuya capital no tiene nada. No merece la pena parar en Podgorica ni decir que vamos a la capital de Montenegro, cuya independencia no está aceptada por Serbia. Hablar de fútbol sigue siendo la opción de la amistad eterna. Es mejor coger un autobús hasta Kotor, donde se encuentra el fiordo más profundo de Europa. Este antiguo pueblo marinero, Patrimonio de la Humanidad, esconde una amurallada ciudad con cierto aire a Dubrovnik. El valle glaciar es también lugar de descanso y búsqueda de alojamiento al día siguiente. No hay albergues, hostales u hoteles disponibles en Budva. Tampoco en Bar. Todo el mundo se ha reunido en la costa montenegrina y sus multicolores playas y nadie nos invita a quedarnos. Hay que intentar alcanzar el siguiente destino.
Ninguna guía indica cómo llegar a Tirana. Parece estar incomunicada con el resto de los Balcanes. Aconsejan coger un taxi hasta la frontera, y allí otro que deje en la capital albana. Creemos que desde una ciudad llamada Ulcinj, entre Montenegro y Albania, salen autobuses hacia Shkoder, ya en Albania. Allí, en la ciudad perdida, tras dos autobuses –no hay trenes al sur de la capital- una sola persona chapurrea algo de inglés: la taquillera de la estación. A la pregunta de si conoce algún sitio para poder alojarnos, llama por teléfono. Cuando cuelga tenemos dos habitaciones en su casa. Esa misma noche vemos el mar desde la terraza de un chalet.
Ulcinj, ocho de la tarde. Comienzan los rezos y desde lo lejos llegan los cantos mezclados de dos mezquitas. El paisaje se va haciendo musulmán a medida que nos acercamos a Albania, apenas a 15 kilómetros de donde estamos. La mayoría de las casas de la zona son palacios en medio de la nada dentro de una villa antiguamente pirata. Café turco en mano, observamos el pueblo musulmán que se extiende bajo la colina en la que nos encontramos. Ropa interior tendida, nuestra lavadora improvisada se seca al anochecer del canto de los templos. Reina el desconocimiento absoluto de si mañana dormiremos en Tirana o seguiremos bordeando la costa sin atravesar la frontera. Alguien enciende una bengala en el salón de su casa. La colina desprende una claridad roja a medida que se pone el sol. Las luces del centro se iluminan al fondo y bajo nuestros pies arreglan una moto de agua. Quien nos hospeda nos enseña fotos antiguas y nos presenta a familiares y amigos. Sigue siendo la única que habla inglés de todos ellos. Por algo tiene el puesto más necesario en un recóndito pueblo al sur de Montenegro: ser la taquillera de Ulcinj.
Julián y yo somos amigos. Julián tiene dos años, y es chileno. Vive, porque vive, en la zona de Lota y Coronel, en esa región castigada de Biobío de la que nadie sabemos nada, a 30 km. de Concepción, en la zona del carbón (los hijos de los ex-mineros calientan sus casas de madera con carbón, que a menudo no pueden costearse).
Va a un centro Cepas de la Fundación Comparte al que yo paso 20 euros al mes desde antes de que él cumpliera un año. Son sus horas de escuela diaria, su aprendizaje, su comida y su guardería, la solución agradecida por su familia. Son 20 euros que no son nada, aunque ahora me parecen poquísimo.
Julián (Julián Alonso, de nombre completo) ha posado su pie sobre pintura y me lo ha estampado en una carta escrita por su tía. "Está gordo", dice mi padre. "Tengo derecho a sonreír en todo momento" escribieron en la última postal que me llegó, después de la mía de Navidad.
Cumplió dos años el 28 de enero y mi regalo de cumpleaños se estaba retrasando. Le voy a mandar un peluche; cumple el requisito de menos de 2 kilos. Ya tiene una camiseta de la Universidad de Salamanca con su nombre detrás. Se lo voy a enviar, claro, en cuanto sepa algo de Julián. Porque de nada me vale saber que Telefónica regala llamadas a Chile desde sus cabinas si no tengo ningún teléfono al que llamar. Y de poco más que poco me vale leer El Mercurio o La Nación si no sé si Julián sigue en la zona de la costa o forma parte de esos 500.000 que se han refugiado en los cerros huyendo del mar. Y como no sé nada, releo el mail de la Fundación y hago lo que me dicen: mantengo la esperanza. Al fin y al cabo, Julián tiene que crecer un poco más para saber de verdad que somos amigos y poder contestar él mismo a mis cartas. Al fin y al cabo también, mi padre me dijo ayer que Julián está gordote y me prometió que no le había pasado nada. Y yo, que no creo en nada, quiero creerle y le creo. No puede ser de otra manera: Julián y yo somos amigos.
El tren que lleva a Belgrado tiene un cambio en Doboj a la una de la mañana. La noche se parte en dos y dormir es imposible. Hay que salir corriendo de un tren, cruzar las vías mientras la policía serbia trata de impedirlo y embarcarse en otra locomotora mucho más pequeña para coger sitio. Antes, el revisor nos ha levantado de nuestra improvisada cama para dejar paso a dos personajes que roncarán durante las horas que dure el primer trayecto. Rondan los ochenta años y no conocen la higiene diaria. Él, estirado en su asiento, ocupa la mitad del de enfrente. Ella no dice nada cuando ve que me quedo sin espacio, y hace como que duerme. Yo le lanzo miradas asesinas y doy un soliloquio en castellano antes de la carrera en aquel pueblo bosnio. Otra noche en vela en los Balcanes.
Al llegar a la capital, sólo son las siete de la mañana y el alfabeto cirílico impide llegar a ninguna parte. Los serbios se olvidan de la reserva del hostal, y nos realojan en otro mucho más céntrico. El ascensor grita su edad en un cartel e indica que, debido a sus 79 años, hay que cerrar la puerta con cuidado y viajar de dos en dos. Belgrado será, durante un día, la ciudad donde los museos cierran pronto y todas las calles tienen pérdida.
El Danubio se une al río Sava bajo la ciudadela Kalemegdan. Los F-117 abatidos por las fuerzas antiaéreas yugoslavas durante el bombardeo de la OTAN en 1999 se exponen hoy al aire libre en el Museo Militar. Un poco más allá, el Monumento a la Victoria, esculpido por Ivan Mestrovic. La imagen fue retirada del centro de la ciudad y destinada al citado parque debido a su desnudez frontal, que provocaba quejas entre los belgradienses. Ahora hace nudismo frente al río que de noche abre sus splavovi (barcazas) y las convierte en bares de copas.
La calle Skadarlija, con su multitud de terrazas, conduce a una plaza de la República respaldada por el museo nacional y el arqueológico, un par de bloques más allá. El mausoleo de Tito está cerrado; la llamada "casa de las flores", con regalos hechos al líder comunista, queda pendiente para una próxima visita. Sí está abierto el conocido hotel Moscú, que no defrauda en su antigua majestuosidad.
La capital serbia tiene también su propio Silicon Valley. Nada que ver con valles californianos llenos de tecnología y dinero. Silicon, en este caso, no viene de silicio, como el americano, sino de silicona. Un lugar de paseo para ciertas chicas y sus fornidos acompañantes y de observación atónita para otros.
Belgrado sorprende de noche, aunque ya hubiéramos leído aquello de que estaba de moda. Recibe festivales de música, teatro, películas y hasta de cerveza todos los años. En la ciudad de la que Ivo Andric escribió El puente sobre el Drina existe una zona mágica que salva el duro carácter serbio. Es el equivalente a la calle de los Bares o la maratón de terrazas de la plaza mayor segoviana durante el verano. Este barrio bohemio, con calles empedradas y multitud de locales con música en directo, es conocido como ‘el Montmartre belgradiense’. Un buen lugar para cenar algo típico antes de partir hacia el próximo destino: Montenegro.
Dicen que es el trayecto más bonito. En esta ocasión toca hacerlo a pie y en el pasillo de un tren, al lado del servicio. La puerta que conecta un vagón con otro se abre continuamente, golpeándome el hombro. En el siguiente vagón mantienen abierta la de salida. Fuman en los pasillos y asoman la cabeza. Dejan un resquicio de ventana para respirar un paisaje que se vuelve inolvidable. Letreros advirtiendo de campos minados pueblan la zona. Atravesamos Bosnia en dirección Sarajevo.
Mostar anonada a cuantos vayan a ver su Stari Most o puente viejo, reconstruido en 2004 tras el bombardeo de 1993. El símbolo de la guerra de Bosnia une ambos lados de la ciudad, el musulmán y el católico, y enseña en las dos orillas las cicatrices aún no reconstruidas. Fue el tesoro descubierto del periplo balcánico, un paseo por edificios ametrallados cuyas fachadas sólo se habían recuperado en parte, mostrando aún más las heridas de una guerra de 100.000 víctimas y dos millones de desplazados en tres años. En los pequeños comercios contestan en castellano, y aluden a la telenovela Cristal o a haber pasado un verano en España para dominar así el idioma. Una experiencia compartida en la década de los noventa por muchos niños bosnios.
Bosnia es la memoria viva de toda una década y a Mostar llegaron muchos de los cascos azules españoles. La plaza de España lo testifica. Las tiendas vendiendo retratos de guerra, pistolas y cascos usados certifican otro recuerdo. Un lisiado pide limosna junto al viejo puente. En la mezquita los periodistas suben gratis al minarete y se marean de destrucción y de viento. No hay mejor forma de entender la Historia que metiéndose dentro de ella.
Hay un restaurante en Sarajevo llamado To be or not to be. La mitad de la conocida frase de Shakespeare está tachada. Según los dueños, not to be no era una opción en tiempos de guerra. El hostal de Sarajevo está junto al cementerio. Se trata de Kosevo, un camposanto de tumbas blancas con la memoria de las víctimas de 1992 a 1995 bajo sus lápidas. Desde allí, sobre la colina, es lo primero que se vislumbra por la mañana, invitando a descender pronto para sumergirse en sus calles. La ciudad respira un inglés chapucero y concentra en 500 metros la catedral ortodoxa, la mezquita musulmana Gazi-Husrevbey y la sinagoga judía. Un mercado enlaza las religiones con el Puente Latino, donde Gavrilo Princip, aquel estudiante del grupo la Mano Negra, asesinó al emperador Austro-húngaro Francisco Fernando y a su esposa. Lo demás es historia. La de la Primera Guerra Mundial.
Junto al Hollyday Inn hay un parque infantil. Los niños juegan al lado del lugar en el que se alojaban los periodistas durante la guerra. También lo hacen en la “avenida de los francotiradores”, como ya nadie llama al bulevar Mese Selimovica, una vez tomado por los serbios durante la guerra y desde el que disparaban a todo civil y militar que pasara por allí.
Sale un tren con destino Belgrado. Cambiamos de alfabeto, país e idioma. Dejamos atrás el minarete de aquella ciudad del viento que fue Mostar y el cevapci de sus restaurantes para seguir cruzando fronteras. Atrás queda también Sarajevo. Al día siguiente el hostal está en la calle Gavrilo Princip. Cambia el color del cristal, pero no la historia. Tampoco la que nos recuerda que Bosnia no necesita de excusas para querer volver.
Croacia resbala. Resbalan sus suelos desgastados de Split, una ciudad turística que de noche se tiñe de hechizo medieval y en cuyo palacio de Diocleciano se siente la historia. Cuando se cierran las tiendas (en todos los recovecos de su muralla y restos romanos) y se encienden las luces, la ciudad se tranquiliza y embellece. Además, si se tiene la suerte de escuchar Nabucco en sus calles gracias al festival veraniego de música, la ciudad entonces brilla con luz propia.
Resbalan en Croacia las rocas en las calas de Dubrovnik, que de vez en cuando abren un hueco en la muralla e invitan a lanzarse al agua para contemplar la Perla desde un punto de vista diferente. Merece la pena. El Adriático es frío en mar abierto, pero condición indispensable si uno viaja a Croacia.
Zagreb se ha curado por dentro para demostrar, con persianas blancas que esconden remodelaciones completas, unas fachadas que parecen no querer soportar más el paso del tiempo. Calurosa y soleada en verano, enseña al viajero la catedral, su zona alta y baja y un festival de música en la céntrica plaza, donde un cartel sigue aclamando al otrora ídolo Davor Suker.
El país balcánico está masificado de turistas y de mujeres en las estaciones ofreciendo sus sobes o casas particulares para dormir. La mejor opción siempre es un buen regateo que ofrezca baño propio, cocina y viaje de ida y vuelta en coche hasta la estación. No hacer reservas en Croacia es, de hecho, buena señal. Lo que en España jamás funcionaría en ciertos países es la opción perfecta.
Croacia es un sueño atestado de visitantes. También lo era para la que lo recorrió de norte a sur. No sólo por Suker, sino por acercarse a la historia de cuando no recordaba lo que habían sido los años de 1991 a 1995. Por intentar aprender en sus calles un pedazo de historia. Por escuchar que Croacia inventó la corbata y sentir el amago de estafa del conductor de autobús cobrando por equipaje. Por llegar a Korkula y buscar la casa de Marco Polo. Por encontrarla. Por conocer también la pequeña Trogir. Por hallar un lugar llamado Ploce, donde se concentraron las fuerzas de la ONU durante la guerra y llegó la ayuda humanitaria. Por su estación, tremendamente vacía hasta que apareció la vieja locomotora que llevaba al próximo destino. Porque en ese momento, si alguien no había vivido un rápido exilio, hubo que correr estratégicamente hacia la cabecera de aquel antiguo medio de transporte para lograr no sólo un asiento, sino apenas un hueco en el pasillo. Porque en croata hay una palabra clave para toda la región, la segunda más importante para entenderse después de “fútbol”: zdravo.