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Rumor de fondo | por Raúl García Castán
foto Arrancarle unos segundos al crono, es el anhelo primordial de cualquier atleta. Los métodos empleados para conseguirlo son múltiples: repeticiones, rodajes, ritmos controlados, técnica de carrera… Y, sin embargo, eso no es todo. Hay vida después de las series. Los implacables engranajes de la precisa ingeniería suiza, no se doblegan sino con sangre en las venas, sudor en la piel, y dolor en el corazón. Literal y figuradamente hablando.
En este Blog no quiero contarles como funciona el cuerpo de un atleta, sino su alma.
En voz baja, y a falta de chimenea al amor del calorcillo de la CPU que el defectuoso ventilador no logra desterrar, les hablaré de todo ello. Rumor de Fondo.
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jueves, 23 de junio de 2011

Por más que el ínclito don Cesáreo Gabaráin planteara, quien sabe si con razón o sin ella, pero en cualquier caso con indiscutible talento artístico, que la muerte no es el final –aunque se le tira un aire, don Cesáreo, todo hay que decirlo-, no es menos cierto que toda expiración, toda finalización, tiene un algo de muerte, y uno, precavido como es, quiere curarse en salud en este último artículo y, por si las flais, hacer testamento.
Imitando lo inimitable sin rubor, saldaré “cuentas soñadas”, como hiciera el gran trovador con aquellas canciones y poemas que se le quedaron enredados en la delgada tela de araña de los cuatro pelos que cubren su cerebro y que jamás llegaron a salir de la prisión de seis barrotes de su guitarra trovera.
Pues eso, que le debo una canción, digo un artículo, a todos aquellos aficionados a esta bendita locura del correr que vinieron buscando respuestas, como si fuera uno el oráculo de Matrix y, al igual que este, en vez de soluciones, solo les pude dar una pobre, una triste galleta espiritual, pan para hoy, hambre para mañana.
Le debo un artículo escéptico, irónico, desengañado, a aquellos que confundieron política con deporte, a quienes no pocas veces me tocó sufrir en carne propia, y que fueron como esos fantasmas decimonónicos, patéticos y anticuados, a lo Oscar Wilde, agitando sus herrumbrosas cadenas y ululando histriónicamente, envueltos en su sacrosanta bandera a modo de flotante sudario, y que más que ofender, como pretendían, nos dieron risa y pena, al mismo tiempo.
Le debo un artículo a las mil anécdotas acaecidas y aquí nunca contadas, por culpa de ese terco empecinamiento mío en tratar de hacer literatura –buena o mala, eso decídalo el lector- con los 2200 caracteres que componen esta columna.
Le debo un artículo a la música, esa domesticación del sonido, esa ordenación del caos sonoro, esa ortografía del aire, que acompañó mi soledad y dulcificó el acido láctico en mis venas en las interminables horas de duro entrenamiento
Le debo un artículo a mi amigo Jesús Goya, que con su irresistible atractivo, atrajo un coche hacia sí cuando montaba en bici, y se recupera en estos momentos del atropello.
Os debo un artículo a todos vosotros–amigos, marcas, instituciones- que me ayudasteis pidiéndome tan solo a cambio, que yo fuese yo.

lunes, 13 de junio de 2011

Uno, que se le va a hacer, no ha tenido la fortuna –Hombre, como el 99% de la gente, mira tú, objetarán ustedes- de atesorar un caudal de cualidades innatas para, sin mayores trabajos ni penurias, triunfar en un deporte de esos que salen por la tele y que a sus afortunados practicantes reportan fama y parné en cantidades industriales. (En esto de los deportes también hay, como en la vida, sus clases y categorías, Y así encontramos deportes aristocráticos, clase media y por último los pobretones o pelagatos, entre los cuales se cuenta mi disciplina deportiva, entre otras muchas).
A falta de ese tesoro innato de condiciones o talento, uno ha tenido que conformarse con ser un currito de la cosa deportiva, y así, todos los días en los últimos años, ha ido uno ahorrando con paciencia y tesón, con el sudor de su frente y otras partes nombrables e innombrables de su cuerpo, metiendo su monedita de esfuerzo en la hucha del entrenamiento hasta conseguir amasar una pequeña fortuna física, un pequeño tesoro atlético que le ha permitido afrontar con cierto margen de éxito su periplo deportivo, hasta con cierto derroche a veces, como un nuevo rico en un deporte pobre.
Invertí todos esos ahorros atléticos conseguidos con tanto trabajo, en la bolsa de las carreras por montaña y, bueno, tuve suerte, pues gané a cambio millones; millones de amigos, millones en autoestima y millones en felicidad.
Y en esto llegó la crisis. Una inoportuna lesión, y los ahorros se consumen inexorablemente. Pero uno, a requerimiento ajeno mayormente, todo hay que decirlo, sigue empecinado en mantener su tipo de interés al alza, aferrado a su estatus cual lapa a su roca o político a su carguete, y los aficionados siguen concediéndole crédito, como si aún tuviese uno con que pagar esa confianza. Pero resulta que no. El tipo de interés que fui, no resulta rentable a día de hoy deportivamente hablando, y cobrar mis dividendos en lisonjas y homenajes sin haber cumplido antes con mi parte del trato, o sea, echar los higadillos por la causa, tiene un algo de carnavalesco, un no sé qué de burlona farsa arlequinesca que no termina de gustarme. Es duro ser un fondista “sin fondos” y, por más que traten de convencerme de que los beneficios que ahora disfruto, son resultado de la antigua riqueza, lo cierto es que detesto vivir de las rentas.

jueves, 26 de mayo de 2011


Reconozco que el arte de poner una pierna delante de la otra lo más rápido posible, no es el acto físico más ameno del mundo. Correr es casi como fumar; aunque resulte paradójico, pitillos y patillas tienen en común más de lo que pueda parecer a simple vista: ambas cosas son un placer amargo, ambas son adictivas y, al menos en lo que respecta al deporte de élite llevado al extremo, -valga la redundancia, pues élite y extremo, son sinónimos en atletismo- puede, como en el caso del tabaco, perjudicar la salud. Pero no, no vayan a pensar que corriendo son todo malos ratos. También los hay malísimos. Es broma. Aunque no tengamos una vida tan prolija en lances del corazón y la entrepierna como los astros del deporte rey, lo cierto es que a nosotros también nos pasan nuestras cosas. Cosas que alegran la monotonía del tran-tran de nuestra vida deportiva. Las cosas del correr.
Como aquella vez, cuando en pleno fragor de la disputa por el podio en un campeonato de España, veo venir a lo lejos a un bicho que avanza raudo de frente hacia mí: “¡Ah! –pienso, con bucólico talante- la indómita belleza del reino animal…” y todo eso. Un instante más tarde, voy trocando el roussoniano sentimiento, por un cierto resquemor: “Anda, si no es un bicho, que es un caballo. Cuanta risa. ¿Pues no parece que viene hacia aquí, el jodio? ay qué gracia. Unos instantes más tarde, me tiro a la cuneta renegando de los bichos, de los caballos y del reino animal en pleno, incluidos Enrique y Ana, por aquello de amigo Félix etc, al constatar que el hermoso corcel campestre no es tal, sino un recio mulo que, lanza en ristre y enseñando los dientes en su concupiscente relincho, o lo que coños hagan los mulos cuando están cachondos, viene directo hacia mí, galopando como si aquello fuera, en vez de la sierra del Guadarrama el hipódromo de La Zarzuela, con intenciones más que aviesas. Estando ya resuelto a perecer virgen y mártir, con tal de preservar intacta mi virtud, observo finalmente con sorpresa como el équido libidinoso me deja con dos palmos de narices, pasando de largo sin decirme estudias o trabajas, y yendo directo hacia una recua de hermosas yeguas con sus respectivos jinetes que, indiferentes ambos a lo que se les viene encima (con perdón) abrevan en un arroyo, un poco mas atrás. No sé si la cosa terminaría en boda.

lunes, 16 de mayo de 2011

Al fin y al cabo es comprensible que todos y cada uno de nosotros creamos ser la cosa más importante del universo. Dios o Darwin, la creación o la evolución -cada cual crea lo que guste, que de cierto sabemos todos lo mismo, es decir nada- nos ha confinado en la inexpugnable prisión de nuestro propio cuerpo, del que resulta imposible evadirse. Nuestra Bastilla personal, nuestro Alcatraz íntimo, nuestro “If” intrínseco, lo llevamos puesto encima; somos una cárcel con barrotes de hueso, de carne y de sangre, vigilada por invisibles guardianes -la conciencia, el instinto, el miedo- que acechan vigilantes en la oscuridad. Nuestro yo es una hermética celda en cuyo encierro hemos llegado a creer en esa verídica mentira, en esa falsa verdad de que somos únicos: únicos entre millones de iguales que también se creen únicos.
Cuando, jadeante, acabo por fin con la última de las series del entrenamiento y me paro a coger resuello, miro a lo lejos y veo paseando muy despacio a un hombre viejo, caminando con encorvamiento imposible, como si fuera una garrota con garrota. Viejo, sí; Uno es que es tan políticamente incorrecto que no ve la ofensa en las palabras, sino en las intenciones. (Ya puestos, les confieso que soy tan impresentable que a menudo cedo el paso a las damas en las puertas)
Pero a lo que iba. Les decía que, inevitablemente, uno es uno, y todo lo demás está de más, que diría un poetastro cualquiera.
Cada cual sacraliza su lucha solo porque es suya. Aquí estoy yo, y allá fuera, lejos, está el mundo, está el otro, está por ejemplo este hombre viejo que arrastra los pies, más que camina, recorriendo su vereda, haciendo, en cierto modo, sus series también, mucho más cortas, mucho más lentas que las mías, pero sus series, al fin y al cabo. El no lucha por conquistar la gloria de ganar importantes carreras, pero cuando lo veo volviendo sobre sus pasos para recorrer su trecho de terreno una y otra vez, apoyada la mano en el tembloroso bastón, el aguileño perfil azotado por el viento y el cascado cuerpo agobiado por la edad y el cansancio, con el único propósito de sentirse vivo, consigo por un momento burlar a mis guardianes y salir de mi prisión, para volar mentalmente a su lado y sumarme a su lucha, que es la más noble que puede acometer el ser humano. La lucha por la supervivencia.

jueves, 28 de abril de 2011

En la determinación con que maneja las riendas de su vida, se le conoce, inevitablemente, el matiz de amazona. Amazona por nacimiento -su padre fue uno de los mejores jinetes españoles de todos los tiempos- amazona por vocación, amazona por dentro y por fuera. Amazona que cabalga a pelo sobre el caballo desbocado del destino. Amazona madrileña -las amazonas, como los vascos, nacen donde les da la gana- y amazona de sí misma, pues que también pertenece a la tribu de los centauros montañeros, asfalteros y hasta triatleros. Pero sobre todo amazona guerrera: mi amiga Cristina Osorio Malcampo, es una luchadora que pelea, cara a cara, contra una cruz llamada Esclerosis Múltiple.
La Esclerosis Múltiple es una enfermedad a la que se le ve, principiando ya por el nombre, que tiene un no sé qué de tocapelotas. Inequívocamente aromado de inquietantes connotaciones, ese electrizante apelativo, “esclerosis” tiene un algo como de paralizante latigazo cósmico. No se por que, todo aquello cuya denominación termina en “osis”, suele estar incluido en la categoría de cosas que preferimos que le pasen al vecino del 4º. Es este un nombre, en fin, que al escucharlo le dan ganas a uno de salir corriendo. Y eso es precisamente lo que van a hacer mi amiga Cristina, la guerrera amazona, y sus compañeros de la fundación FEMMADRID; correr por la Esclerosis Múltiple. Pero no para huir de la enfermedad, sino para ir a por ella. La cita será el sábado día 14 de mayo a las 9:00 de la mañana en la Casa de Campo, y es una de las numerosas iniciativas de FEMMADRID en su lucha contra esta plaga incierta, universal y aleatoria que es la Esclerosis. Esta fundación se prodiga en infinidad de proyectos cuyo afán es el de combatir la enfermedad y sus consecuencias, pero su mayor valor, a mi entender, es el de abrigar del frío glacial de la soledad ante lo incierto al afectado por esta cruel lotería del destino. Somos marionetas cuyos hilos están manejados por fuerzas inescrutables que nos hacen bailar al son de una música casi siempre enervante e incomprensible, pero sentir el calor de la espalda de un compañero en el fragor de la batalla, supone una renovación de la fe en uno mismo; una reordenación del caos, ese virus que el virus de la enfermedad siembra indefectiblemente; un pacto de sangre con tu sangre; ese torrente de vida que te impulsa a cumplir con tu obligación como ser humano, que es la de no rendirte jamás. Esa cosa, en fin, que dignifica nuestra existencia. En el caso de la carrera del día 14, no vamos a pedirte que nos eches una mano. Nos conformamos con tus dos piernas.

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