![]() |
Arrancarle unos segundos al crono, es el anhelo primordial de cualquier atleta. Los métodos empleados para conseguirlo son múltiples: repeticiones, rodajes, ritmos controlados, técnica de carrera… Y, sin embargo, eso no es todo. Hay vida después de las series. Los implacables engranajes de la precisa ingeniería suiza, no se doblegan sino con sangre en las venas, sudor en la piel, y dolor en el corazón. Literal y figuradamente hablando. En este Blog no quiero contarles como funciona el cuerpo de un atleta, sino su alma. En voz baja, y a falta de chimenea al amor del calorcillo de la CPU que el defectuoso ventilador no logra desterrar, les hablaré de todo ello. Rumor de Fondo. |
| Segovia necesita un Palacio de Congresos |
| 467 días |
| sin desdoblar y sin cerrar la variante de la capital |
![]() |
| RATórica musical y otros amigos | |
|
por Javier Vidal |
| 29/07/2010 | |
| Vivir por una razón | |
| El escondrijo | |
|
por Santi Casado |
| 28/07/2010 | |
| El más grande de los sencillos | |
| Recortes de aguanís | |
|
por Ana Vázquez Aguado |
| 27/07/2010 | |
| Las tardes que crecí | |
| Conoce mi comarca | |
|
por Fernando Sebastian Alvaro |
| 27/07/2010 | |
| HISTORIAS Y CHASCARRILLOS DE NUESTROS PUEBLOS. EL TÍO ROSCO DEL VILLAR. | |
ATLETA AMATEUR. Dícese del individuo que persigue lograr unos objetivos deportivos concretos mediante la práctica de un continuado y sistemático adiestramiento físico, además de reírle los chistes y hacerle la pelota al jefe –póngame a los pies de su señora etc- rascarle la espalda a su santa de cuando en cuando y hacer la compra los sábados por la mañana en el Eroski o el Mercadona, según ande de tiempo y ganas, y que además tiene que pagar un precio por disfrutar de todo lo dicho anteriormente. También se le conoce vulgarmente con el nombre de “pringao”.
ASCENSION CUESTA ARRIBAS. Atleta que todavía no ha nacido, pero que cuando lo haga, será la corredora de montaña perfecta.
BECA. Ayuda de índole económica que determinadas instituciones conceden a los deportistas destacados en sus respectivas especialidades deportivas, con el dinero que les sobra a sus dirigentes de las cenas, viajes, galas, bautizos, comuniones, bodas y celebraciones varias inherentes a sus cargos, amén de la manicura y peluquería de sus señoras esposas. La beca también es susceptible de ser utilizada como fondo reservado para cubrir los agujeros de otras carteras o dependencias de las mencionadas instituciones en tiempos de crisis.
REBECA. La misma ayuda económica mencionada en la voz anterior, pero cuando te la conceden por segunda vez. La rebeca, si bien que escasamente, algo abriga al deportista del gélido ambiente económico del deporte en España.
REBECO. Bóvido de la subfamilia Caprinae (Rupicapra rupicapra). O sea, para que nos entendamos: bicho con cuernos que te suele observar desde lo alto de una cresta rocosa, la cabeza ladeada y los ojos atónitos, como diciendo: “este tío está como una cabra”, mientras evolucionas en tu entrenamiento a través de la montaña corriendo y saltando de pedrusco en pedrusco.
VIENTO A FAVOR. Dícese de aquellas corrientes de aire de diferente intensidad, que aún siendo de índole heterosexual el atleta por ellas afectado (e incluso machote de libro) prefiere que le den por detrás. Hay persona que sostiene –generalmente corredores, ciclistas y otras gentes de mal vivir- que el viento a favor es una entelequia, una quimera, que no existe vamos. Es que ese día estaban muy fuertes.
Qué perverso mecanismo del cerebro, que viciado engranaje de la memoria, (baila chiki chiki, baila chiki chiki…) que recóndito y tortuoso pliegue de la materia gris, que sinuoso camino de la razón, provoca que esta aberración estética involuntariamente asimilada por mi mente, (¡Uno!: el Breikindans) oída quizá en la radio del taxi o en la televisión del hotel y tan solo escuchada durante unos segundos antes de cambiar de canal con un bufido, retorne cíclica, eterna, inasequible al desaliento, como rezaba aquel añejo lema cuarentañista. (¡Dos!: el Crusaito)
Y justamente ahora, tiene narices la cosa; en lo más crudo de la refriega, cuando el sudor adorna mi piel con sus plateados hilos como si cien caracoles invisibles surcasen mi cuerpo, -todo él, anhelo de velocidad- con la paradójica estela de su lento pasar, y mi corazón llama desbocadamente, desesperadamente, a la puerta sin puerta de mi pecho (¡Tres!: El Maiquelyason).
Con que machacona inercia de locomotora ciega retorna inmisericorde el infame estribillo, con que pertinacia bobalicona de mosca en septiembre me acosa este son demencial. Es como si la mente, concentrada en el esfuerzo del cuerpo, hubiese bajado la guardia, y desguarnecido el disco duro/blando del cerebro, un antiestético virus se hubiera adueñado de él. Resignado, trato de acomododar la cadencia de mi zancada a este ritmo estúpido. Al menos – me digo desengañado- que sirva de algo (¡Cuatro!: el Robocop)
El silencio se va adueñando del hotel. Tan solo unos pasos amortiguados en la moqueta del pasillo, unas morosas campanadas en la calle o el sonido postrero de la cisterna de un retrete en la habitación contigua.
La Reveuse. La revoltosa, o sea. Curioso título para una música tan desesperadamente melancólica. Tan lúgubremente bella. Tumbado en la cama escucho, antes de dormirme y según mi costumbre la noche anterior a cada competición, música.
Veo mentalmente la imagen cadavérica, de una enfermiza belleza, de Anne Brochet en aquella memorable escena de Tous les Matins du Monde, en la que, despechada y enferma, escucha de las propias manos de su antiguo amante, Marin Marais, la música que en su día le dedicara el gran violagambista a sus recíprocos y apasionados amores, aún vivos en la moribunda alma de ella, pero muertos en el vivísimo espíritu de el, ahora volcado en las intrigas y placeres de la corte del Rey Sol.
Mis ojos se han cerrado; mis músculos se van relajando inevitablemente y en la calle ladra un perro en la lejanía. Mientras, de fondo, sigue sonando La Reveuse.
Diana cazadora, un brazo de menos y varios kilos de más, observa –pétrea mirada, no sé si melancólica o indiferente- mi cansino trotecillo a través de sus bucólicos dominios, atalayada en su marmóreo pedestal, mientras en mi Mp3 una anónima voz de soprano interpreta una bellísima, compleja y archiconocida aria de Handel, “Lascia ch´io pianga la cruda sorte/e che sospiri la libertá/e che sospiri, e che sospiri la libertá”, repite malancólica la letra de esta música originalmente concebida por su autor para ser cantada por uno de aquellos míticos “Castrati” del barroco (cruel destino el de aquellos personajes cuyo máximo anhelo fue el de ser hombres -en el más amplio sentido del término- que hubieron de conformarse sin embargo con “quedarse” en dioses, para el resto de los mortales) resucitando el espíritu, tan presente de por si en Los Jardines de La Granja, del más grande de todos ellos: Farinelli.
La música es la más incisiva de las artes: asalta el alma sin contemplaciones ni cuartel; cautiva directamente el corazón sin necesidad de pagar el peaje racional de pasar por el cerebro. Y lo activa o lo colma de melancolía; lo sacude o lo impele a henchirse de emoción; lo contagia de la épica más exacerbada o lo resucita: una canción es una medicina, y como muchas de estas, sana por vía oral.
Podría ponerme cursi –como diría Joaquín Sabina- y decir que la música es para mí, aplicada al deporte, el combustible del corazón, los carbohidratos del alma.
Un minuto corriendo al límite de las fuerzas de uno, dura mucho más de 60 segundos. Pero la eléctrica laringe de Janis Joplin, la motosierra que Dios o la naturaleza le pusieron en la garganta en vez de cuerdas vocales a John Fogerty, el duelo entre la voz, la guitarra y los egos de Pete Tonwsend y Roger Daltrey en The Seeker, la voz macho de Jim Morrison y el órgano Hammond de Ray Manzarek (eterno aire de sepulturero hippie), el deje gangoso del tan genial como mostrenco Lou Reed, cantándole a la dulce, dulce, dulcísima Jane, el riff jadeante, sibilino y sincopado de Jimi Hendrix en Foxy Lady, o la machaconamente divina insistencia rítmica de los Ramones, entre muchos, muchísimos otros, consiguen resucitarme cual si fuera uno un gimnástico Lázaro, “levántate y corre”, cuando mi cuerpo está muerto. Muerto de cansancio.
Hoy es uno de esos días del mes. Uno de esos, digo, en que cada poro de tu cuerpo, cada célula de tu piel, seis de los cinco sentidos de tu ser, tratan de engatusarte, de engañarte, de convencerte o, llegado el caso en que todo lo anterior se revela inútil, te piden a gritos que no; que para qué, si no hace falta, hombre, que no es imprescindible, que un día no es nada y que más se perdió en Cuba. El sillón, muelle reposo del guerrero, te atenaza entre sus brazos de terciopelo; tu libro favorito se te abre de pastas, invitándote a penetrar en sus más íntimos secretos; la guitarra siluetea en el contraluz sus femeninas curvas reclamando tus dedos sobre sus seis musicales venas y el diablo mundo, apócrifo y enlatado, digital, se asoma a la pantalla de tu ordenador. Y tanta, tanta es la pereza, que te da pereza hasta sentir pereza.
Minutos después una lluvia fina, fría, hiriente, atomizada, traspasa tu ropa, clavándose en tu piel como si cada gota fuera un líquido flechazo.
Hoy, gracias a Dios (y a la paliza de ayer) toca entrenamiento suave, así que, tras un escalofrío, me aíslo del mundo exterior, del frio y la lluvia y hasta de mi propio cuerpo, y como pasajero extraño en mi propia piel –otro yo en mi yo-me apresto a ver pasar sin pena ni gloria, pero lo antes posible, los kilómetros y los minutos.
Entonces caigo en la cuenta de que no estoy solo, y que aunque a los ojos inquisidores de la mayoría, salir a correr en tal día como hoy no pasa de ser una veleidad propia de un excéntrico, hay un puñado de orates de mi misma cuerda. O parecida.
Las primeras en hacer acto de presencia, son el grupo de maduras que no quieren dejar de comer lo que les gusta, pero no se resignan a tener el culo gordo. (No es un grupo del Facebook, bueno, que yo sepa) Aparece después el vejete que, a falta de obras que inspeccionar –la crisis del ladrillo, ya saben- se dedica a hacer Km y ligar bronce color indigente. (No hoy, desde luego, con la que está cayendo)
Y el gordito, el solitario, el que pasea al can, el antipático, otro corredor…
Nuestras miradas se cruzan solo un instante, pero sin necesidad de claves secretas, ni aspavientos masónicos, todos reconocemos en el fugaz brillo de los ojos del otro la pertenencia a la secta, el orgullo de clan.
-Y ahora tú coges en brazos a Antonella y yo os tiro la foto y…
-¿Mande?
No sé si la expresión de extrañeza implícita en mi pregunta y en mi rostro –cara de bobo, por mejor nombre- eran producto de que las peculiares instrucciones que me acababa de dar el fotógrafo me habían sido explicadas en su lengua, o sea el italiano, y yo de ese idioma no conozco más que los títulos de las canciones de Franco Batiatto, o precisamente porque a pesar de eso, yo creía haber entendido lo que creía haber entendido. ¿Sería que en Italia no hay feministas? Porque, vamos, aquí en las Españas modernas de hoy en día, si un atleta masculino coge a su compañera de podio en brazos y posa con ella en plan machoman, como si fuera un trofeo cinegético, sale hasta en el telediario. Y no por meritos deportivos.
Pero es que hasta a mí, oigan, que me brota la urticaria con la moda esta de adherirse la peña sin ton ni son a toda memez, con tal de que esta sea políticamente correcta –si seré indócil que hasta sigo diciendo Gerona y La Coruña, no les digo mas- me parecía que la foto cogiendo en brazos a la Confortolla -mi partenaire de podio en el europeo- como un Cromagnon del paleolítico con su churri antes de llevársela a la cueva para intimar en gozosa coyunda, quedaría así como un pelín machista.
Fue la cara de escepticismo de la italiana lo que me decidió. Escepticismo ante la tesitura de que el español esmirriadillo ese que tenia al lado fuera capaz de levantar en vilo su –no menos escuálida, todo hay que decirlo- anatomía. Fue ver la chispa incrédula y un punto burlona en sus ojos cuestionando mi condición de machote, y la icé del suelo a mis brazos cual pluma, posando para la posteridad con mi mejor sonrisa.
No es por presumir –o si- pero confieso que a lo largo de las carreras de mi carrera, han pasado por mi podio las mejores corredoras de montaña del país. Y hasta algunas suecas de Italia, Escocia, Francia…
Bello sexo aparte, la temporada en que tuve la fortuna de auparme a lo más de lo más, en más ocasiones, fue en 2007. Trece veces, para ser exactos –no soy supersticioso- puse mis pies sobre el codiciado estaribel que, oigan, ya en las últimas carreras empezaba uno a dudar si las agujetas eran de correr, o de subir a lo más alto del dichoso cajón de los cajones. (He dicho cajones)