Publicidad

Como una vela ya consumida, La Fabril Cerera se ha apagado, en silencio. 2017 cerró la desgastada puerta de la vieja cerería artesanal y ahora, cuando su último dueño, Manuel Yuste Lorenzo, se atreve a regresar al angosto local, abre su baúl de recuerdos. Y se le escapan las lágrimas. Llora al encontrar a La Fabril Cerera diáfana, sin velas. Llora al comprobar que, como decía el poeta, todo pasa.

Queda, eso sí, la inmemorial rueda octogonal giratoria con contrapesos, el auténtico corazón de La Fabril Cerera, y él se acerca a ella con ánimo de explicar en detalle el funcionamiento de la que ha sido su compañera durante más de medio siglo. “51 años”, puntualiza. “Mire —comienza diciendo— de la rueda van colgadas unas tablillas de madera; en ellas se pone el pábilo o mecha, tensado con un hierro”. La técnica de elaboración de una vela resulta, a primera vista, sencilla. En una caldera cercana a la rueda se funde la cera, que luego es vertida en un noque. A continuación, el pábilo se introduce de forma manual en el noque, una y otra vez, hasta alcanzar el grosor deseado, en una operación que requiere fuerza y pulso, pues la vela debe pasar por una hilera para que su perímetro sea homogéneo. Y así, gracias a este simple sistema de inmersión, y a base de echar horas y más horas, se obtienen las velas.

En la mirada del cerero se aprecia nostalgia. Él entró a trabajar allí, como aprendiz, con 13 años, en principio “para un verano”, pero La Fabril Cerera se acabó convirtiendo en su casa. No sabe a ciencia cierta en qué año se fundó la cerería, aunque sí asegura que fue impulsada por la familia Gil Sanz, de Fuentepelayo, y su primer emplazamiento fue en esa localidad. Más tarde, los Gil Sanz vendieron el negocio a un fabricante de velas valenciano, de Albaida, quien lo mantuvo allí durante un corto periodo, hasta trasladarlo a Segovia, a un pequeño local ubicado en el convento de las Concepcionistas Franciscanas —en la calle Licenciado Peralta—, donde ha permanecido hasta ahora. La propiedad de La Fabril Cerera siguió cambiando. Pasó después a los propietarios de la Administración de Loterías situada enfrente de la Casa de los Picos. Y de estos, a la familia Domínguez Terrones. Su último miembro se jubiló hace 27 años. Fue entonces cuando Yuste asumió la propiedad.

“En tiempos —relata— la plantilla estaba integrada por un maestro cerero, dos aprendices y un vendedor”. La demanda propició un aumento de los trabajadores, hasta rozar la decena. “Hubo momentos, a inicios de los años 80, en que llegamos a hacer hasta 20.000 velas diarias”, destaca el cerero, orgulloso de tal récord. Sin embargo, la llegada de nuevas tecnologías golpeó con fuerza a La Fabril Cerera. La aparición de los lampadarios eléctricos y su rápida expansión frenó en seco el negocio de las lamparillas. “Casi en un abrir y cerrar de ojos pasamos de hacer 15.000 lamparillas diarias a 15.000 al año”, reconoce Yuste, quien perdió buena parte de su clientela, “salvo alguna pequeña ermita”. La Fabril Cerera no tuvo otra opción que centrarse en la vela tradicional. Pero tampoco en ese mercado resultó fácil mantenerse. El clero, su comprador número 1, bajó drásticamente los pedidos. “Si cuando yo me hice cargo de La Fabril Cerera me daba el 70% de mis ingresos, en los últimos años no sería más del 20%”, estima Yuste.

Así las cosas, el negocio “ha ido tirando”. Su personal fue menguando de forma progresiva, hasta quedar solo Yuste. Siguió haciendo velas de forma totalmente artesanal, aunque se vio obligado a introducir cambios en la materia prima. “Lo suyo es que las velas sean solo cera de abeja, pero últimamente yo mezclaba con parafina; un cirio pascual de cera debería costar unos 200 euros, y eso hoy nadie lo paga”, asegura. En La Fabril Cerera él hacía de todo. Producía, vendía, empaquetaba, repartía y se encargaba de la contabilidad. Su producción, aunque reducida, se distribuía por los cuatro puntos cardinales de España.

“Me daba para vivir, modestamente”, confiesa. “Eso sí, he sido muy feliz aquí”, remarca, mientras mira a través de un cristal la blanca nieve cubriendo el patio de La Fabril Cerera. En ese instante, suena el teléfono, todavía en funcionamiento, y él, en un acto reflejo, se encamina ágil hacia donde se encuentra el aparato, pero luego se resiste a descolgar el terminal, comprendiendo que La Fabril Cerera ya es historia. “Mis clientes de siempre —justifica su conducta— me hicieron pedidos para Semana Santa, así que están suministrados”. Antes de meter la mano en su bolsillo, en busca de la llave de La Fabril Cerera, sus ojos se alegran. Quiere desvelar un secreto. “Hay un empresario segoviano interesado en dar continuidad a La Fabril Cerera”, dice. Él confía en que tome su relevo. “La Fabril Cerera no debería desaparecer”, finiquita. Es su deseo. En realidad, el de muchos.

Compartir