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Su nombre es una referencia en el panorama cultural español porque en materia de arte y literatura este Doctor en Historia del Arte ha hecho de todo. Profesor universitario, comisario de exposiciones, gestor cultural, escritor, crítico de arte, editor y poeta.

Fue subdirector y director del Museo Esteban Vicente entre 1998 y 2008, lo que le trajo a vivir en Segovia. Desde que dejó aquella dirección, su vida discurre entre Segovia y Madrid, con viajes a las grandes exposiciones que se celebran en España para poder escribir sobre ellas.

— Conoce bien la realidad expositiva del país y pone distancia entre la ciudad que habita y las que visita, ¿cómo ve Segovia en materia de exposiciones?

— Diría que muy bien cubierto en el panorama de actualidad local y regional y, a través del Palacio de Quintanar tiene un acceso destacado a exposiciones interesantes de nivel nacional que mantienen el pulso de lo que se hace en el resto de España. El déficit vendría por la falta de grandes nombres del panorama nacional e internacional porque la etapa que vive el Museo Esteban Vicente, que es quien tendría esa responsabilidad, no tiene capacidad económica para ello. Ha habido a través de Photo España algunas exposiciones de dimensión nacional en las salas Ex Presa, pero la realidad es que para ver esas grandes exposiciones del panorama internacional o de la actualidad española de alta calidad tienes que ir a Madrid que, por otra parte, no está tan lejos.

— ¿Es real la fama cultural que tiene Segovia?. ¿Qué requisitos debe reunir una ciudad cultural?

— Esa fama es real. Segovia es extraordinariamente rica en Cultura porque lo que decía de las exposiciones es solo una parte de la Cultura. Quizás el punto fuerte es la música, con una vida musical extraordinaria por su vitalidad y calidad. Por otra parte, el cine está bastante bien cubierto. La existencia desde hace tantos años del cine club de la UNED, permite el acceso a un cine de primera, fuera de los circuitos comerciales y MUCES es una aportación de primera calidad. Respecto a la literatura empiezo a pensar que hay más oferta que demanda. Las presentaciones que hacen algunas librerías e instituciones me da la impresión de que no tienen tanto público como merecería el esfuerzo de ponerlas en marcha. En cuanto a Artes Escénicas es muy interesante lo que se hace en la Cárcel, pese a no tener programación continua, que es quizás lo reprochable, pero cuando sucede está muy bien y hay mayor demanda que oferta porque suele estar lleno. Respecto al Juan Bravo como ha estado tiempo cerrado habrá que ver cómo se reactiva.

— ¿Está de acuerdo con que existe un corpus de artistas afincados o vinculados a Segovia superior en número a otras ciudades?

— Si, la proximidad de Segovia a Madrid ha dado lugar en el último medio siglo a que muchos artistas se hayan venido a Segovia como lugar apartado del lío de Madrid. Esto ha pasado especialmente en el mundo del arte y la literatura. Segovia es una ciudad de referencia cultural y esto está sustentado no solo por la actividad sino por la cantidad de creadores afincados en la ciudad.

— La fama de ciudad pictórica se remonta al siglo XIX. La luz de Segovia (el azul Zuloaga), el curso de pintores pensionados, la cercanía a Madrid, ¿qué ha pesado más en la manera de ver y pintar Segovia?

— Ha pesado mucho el escenario. Guadarrama al fondo, la luz, el tipismo de la ciudad…todo ello ha servido en el pasado el escenario ideal. Un hecho que permite ver cómo han cambiado las cosas es el Curso de Pensionados que, cuando surge, era un atractivo indudable en el siglo XX. Ahora no lo es tanto porque llega un momento en que la oferta para residir y pintar 15 días ya no es tan atractiva como para generaciones anteriores. Lo veo con los estudiantes de Bellas Artes a quienes va destinado. Viven en un mundo globalizado y si esto se llamara Berlín, tendría más atractivo. En este caso la cercanía juega en contra.

— ¿Cuales son las razones o el momento por el que la cultura deja de ser un hecho minoritario?

— En la década de los Noventa hay una transformación de las estructuras económicas en el sentido de que la reconversión desmonta todo un modo de producción y la ciudad, que ya no vive de una fábrica, tiene que reciclar su actividad económica. Se descubre que la cultura puede ser realmente una industria. El paso de un capitalismo de producción de objetos a un capitalismo en el que los objetos ya están, porque todos tenemos en nuestro entorno más de lo imprescindible, hace que queramos adquirir experiencias, culturales o viajeras. La industria cultural transforma también la ciudad. Evidentemente, el turismo de masas vacía las ciudades de comercios para la población y hace incómoda la vida. Pero también justifica un tren de alta velocidad o una universidad. Y si Segovia no viviera de la industria cultural, tendría que tener otras industrias que, también, crearían incomodidades. En definitiva: lo que es difícil es que la supervivencia económica de una ciudad no cause algún tipo de deterioro en la vida de sus habitantes.

— Como escritor y lector, ¿hay algún texto sobre Segovia que le haya llamado la atención especialmente?

— Sí, hay varios que ya están muy estudiados. El texto de María Zambrano sobre la ciudad de la luz; un libro precioso de Julián María Otero: Segovia, Itinerario sentimental; otro de Dionisio Ridruejo, que hizo una guía de ciudades castellanas y el volumen de Segovia es realmente bueno. Segovia aparece en toda la poesía del siglo XX español en muchas ocasiones.

— ¿La crisis del libro es real o un mito recurrente?

— Absolutamente real, catastrófica y no tiene vuelta a atrás. En la crisis del libro han confluido varias cosas que abocan a un cambio de situación. Por una parte, el libro digital, pero no solo porque puedas descargarte en un ibook miles de títulos sino porque los que están al alcance de todos en la red son muchísimos. Todos los clásicos, afortunadamente.

Esto ha sucedido en los mismos años de la crisis y cuando tienes que dejar de gastar dinero, empiezas recortando por los libros. El otro hecho es la absoluta presencia de lo visual: Internet como fuente de entretenimiento; una televisión que emite 24 horas al día. Hay un montón de alternativas que hace medio siglo consistían en un entretenimiento limitado a ir a un concierto y al teatro o quedarte en casa leyendo.

Algo llamativo es la proliferación de librerías de segunda mano, lo que significa que el libro como objeto valioso ha dejado de serlo. Un amigo librero me contaba que había visto hace poco un contenedor lleno de libros. Había cogido un carrito de la compra y se los había llevado para quitarlos de en medio porque le parecía que cómo iba a vender él libros cuando al lado se tiraban al contenedor. Hay tantos libros que se pueden tener gratis que comprarlos se hace minoritario y acarrea la crisis del sector.

 

“Que somos una ciudad
de referencia cultural
está sustentado no solo por
la actividad sino por
la cantidad
de creadores”

 

— Segovia tiene un importante número de librerías para las pobres estadísticas lectoras: El 50% de los españoles confiesa no leer y entre la mitad restante, el 60% solo lee un título al trimestre. ¿Cuál es su análisis sobre el fenómeno librero en Segovia?

— Sorprende la cantidad de librerías y no deja de parecerme asombroso porque no cuadra con la realidad social, como tampoco cuadra la cantidad extraordinaria de títulos que se editan cada año. Hay un desfase entre lo que se lee y lo que se publica y también entre las librerías que han disminuido en los últimos años, pero han aumentado las pequeñas editoriales. Creo que hay un grupo social fanático de los libros y la lectura y, al margen de lo que se impone, van a seguir manteniéndolo porque es su vocación, aunque sea un negocio algo ruinoso.

— La disminución de las tiradas habrá servido para adecuar esa falta de realidad.

— La adecuación de las tiradas ha servido para compensar la oferta literaria y la demanda lectora. Ahí lo digital sí que ha ayudado porque puedes editar a demanda cien ejemplares y antes editabas mil para vender los mismos cien y te habías gastado un dinero que tenías inmovilizado durante años porque no lo ibas a recuperar.

— Desde que se trasladó a vivir a Segovia se acrecienta su pasión sobre el Arte y la naturaleza, hasta convertirse en una especialización. ¿No hay muchas ciudades que permitan este acercamiento?

— Alguna vez fantaseando he pensado que Segovia es la ciudad ideal para hacer algún tipo de institución que relacione cultura y paisaje o arte y naturaleza, al estilo de lo que ya inspiraron la Institución Libre de Enseñanza y algunas asociaciones culturales de la Granja. Es algo que está muy vivo. La particularidad de Segovia no es que esté rodeada de campo, que eso le puede pasar a Soria, sino que tiene al lado Guadarrama que es una montaña en condiciones, con picos de altura significativa, especies autóctonas como la célebre mariposa graelsia y eso hace a Segovia un observatorio privilegiado de naturaleza, sin duda.

 

“Las exposiciones
masivas son un
fenómeno mediático, muy bueno para
el turismo, pero
no mejoran
la reflexión
ni la experiencia
personal”

 

— Lleva escribiendo media vida y varios de sus títulos han sido premiados. ¿Cómo ha cambiado el mundo de los premios en los últimos años?, ¿Siguen siendo un trampolín?

— Por mi experiencia de jurado de premios y candidato a muchos premios, que no he logrado, lo que veo es que los premios no están dados. Nunca he estado en un jurado en el que haya habido una confabulación. Los jurados son plurales y por mucho que haya alguien que se empeñe en un candidato, puede no llevar a fin su propósito.

Lo que sí es cierto, y es comprensible, es que no siempre se dan a quienes más lo merecen. No se si porque los libros premiados responden a un determinado gusto y encuentran unos jurados muy favorables y los otros son de un tipo de literatura que no les dice nada. Pero los libros que salen adelante suelen ser los que tienen un mínimo común denominador: Son buenos libros que aunque no sean tan rotundos tienen una calidad aceptable. Tiendo a pensar que los premios se dan a buenos libros de segunda fila y no a los grandes libros, que no siempre logran el acuerdo de todo el mundo. Y ¡claro que sirven de trampolín!, entre otras cosas porque permiten publicar. No digamos ya si es poesía que cuando vas a publicar la propia editorial te dice que porqué no te presentas a su premio. Los premios de poesía siguen siendo un buen referente para conocer la poesía nueva, como el premio Gil de Biedma, el Loewe: son premios a los que acuden nuevas generaciones. Hay otros premios, como el Planeta, en los que confluyen cuestiones de calidad con otros elementos, como el nombre del autor o la posición de éste dentro de la propia editorial. No minusvaloro esto, porque siempre son libros que merecen premiarse aunque los factores por los que logran el premio no siempre estén encabezados por la calidad literaria.

— Los lectores de poesía, ¿aún más fieles y escasos?

— Todos los poetas son lectores de poesía, así que lo raro es ese lector de poesía que no es poeta. El público del libro nunca dejará de serlo; es más raro que te conviertas en lector a lo largo de tu vida. Por eso, pienso que la gran batalla de las librerías es hacer que esos lectores, reducidos pero fieles, vayan a tu librería a comprar el libro y no lo hagan por Amazon.

— El Cultural de El Mundo, las páginas de ABC y El País, revistas como La Luna y SurExpress. Tiene fama de crítico excelente. ¿Por qué tienen tan mala fama los críticos?

— Tienen mala fama algunos, otros no. Tienen mala quienes cumplen perfectamente con los pecados del crítico que son ser incomprensible – lo que pasa más en el mundo del arte y no tanto en la literatura- y maleducado. Se pueden decir cosas no halagüeñas pero a veces he leído críticas atroces. Y a la inversa sucede que hay poca crítica negativa. Suelen ser positivas porque lo que no gusta no se menciona. Esto pasa porque hay poco espacio en los medios y para poner mal un libro o una exposición, es mejor hablar de otros, lo que no me parece buena política porque la crítica deja de tener su doble función de valorar y criticar. En España hay muy pocos medios que se dediquen a hacer críticas literarias y artísticas, porque en los suplementos de los medios hay una concatenación con los compromisos comerciales y los del accionariado del propio medio. Eso hay que saberlo cuando se lee la crítica.

— Se refiere a que es difícil criticar una exposición hecha por alguien que se anuncia en la página de al lado?

— Está entre difícil e imposible. El medio no te va a encargar esa crítica si sabe que corre un riesgo. En 25 años de trabajo nunca me han dicho ‘esto no se puede publicar’. Pero sí, en alguna ocasión, me han llamado para decirme: ‘Oye… pero ¿esto es así?, ¿Tienes que ser tan duro?… Esos comentarios suelen tener que ver con la dependencia económica del medio de comunicación.

“La instrumentalización política de la cultura es un problema muy extendido”. “Lo que tiene el arte de genuino es que puede transformarte y en una exposición abarrotada no suele suceder”.

— ¿Qué aportan las exposiciones mediáticas, que arrastran a la contemplación a miles de personas?

— Mi posición es ambivalente. Creo que cualquier exposición es una buena ocasión para enfrentarse a las obras directamente, lo que se minusvalora. Poder ver en cualquier momento en una pantalla la imagen deseada te hace pensar que es lo mismo y no es así. No puede ignorarse el valor de la obra, su dimensión, su textura. La parte crítica es que las exposiciones masivas en que las obras se ven en condiciones muy poco favorables, en muchos casos con un itinerario que ni siquiera deja retroceder, limitan mucho la experiencia del espectador con la obra. Acaba pasándonos lo que ocurre con el Turismo: que vamos para decir que hemos estado. Cumplimos con que hemos visto la exposición, pero lo que tiene de genuino el arte es que el arte puede afectarte y transformarte y en una exposición abarrotada tiene pocas posibilidades de ocurrir. Suele suceder cuando hay tiempo y espacio para descubrir. Esta experiencia es cada vez más limitada, pero puede darse, porque junto a esas grandes exposiciones de inmensas colas, sigue habiendo museos maravillosos vacíos. Las exposiciones masivas son, sobre todo, un fenómeno mediático, muy bueno para el turismo pero no mejora la reflexión ni la experiencia personal. Un lujo es por ejemplo lo que permite esta ciudad: acceder cómodamente al Palacio de Quintanar y ver una exposición de un premio nacional de Ilustración, Manuel Estrada, y hacerlo en inmejorables condiciones.

— ¿Qué papel juega la arquitectura grandilocuente tipo Guggenheim en la transformación hacia la industria cultural?

— Si se quiere reforzar el papel de las exposiciones en la cultura contemporánea, el recurso del edificio sigue siendo inexcusable. Para ser competitivo, la industria cultural necesita de contenidos y de envoltorios. No sólo hay que ofrecer exposiciones únicas, si es posible hay que ofrecerlas en un lugar único, en un edificio singular.

— ¿Cómo deben plantearse las exposiciones para lograr una efectividad más allá de las cifras que se supone que marcan el éxito de un evento?

— Una exposición que funcione como experiencia artística debe contar con un número limitado de obras. El exceso te satura, te aburre y te limitas a ver sin mirar. Acotar el número, por una parte y por otra, organizar la exposición de modo que sea elocuente por sí misma. Para que con una mínima ayuda de textos puedas comprender la exposición sin necesidad de leerte el catálogo. Que aunque no conozcas a los artistas, lo que te cuentan sus obras y algún texto te pueda interesar lo suficiente para que lo que sigas viendo se haga realmente significativo para ti, y no un recorrido de fechas y poco más. La disposición de los textos y acotar las obras es fundamental.

— En materia de Cultura se habla mucho de la falta de presupuesto, pero ¿qué otros problemas afectan a la programación cultural?

— La Cultura promocionada desde el ámbito político debería tener en cuenta siempre el bien de todos, pero no suele ser así. Los políticos programan de forma partidista y no se apoya lo del otro porque lo hacen otros y no se embarcan en un proyecto porque se le ha ocurrido a otro. Esto es un problema muy extendido en la vida cultural: La instrumentalización política de la cultura.

Es una ciudad pequeña se observa mejor y es más dañino, porque hay poco para repartir. En Madrid lo que se propone hacer la Comunidad de Madrid, por ejemplo, no necesita del apoyo imprescindible del Ministerio de Cultura para que salga adelante. Tienen sus propios lugares y capacidad económica suficiente, pero en una ciudad como Segovia hay proyectos que solo podrían salir adelante si cuentan con la colaboración de todos. El Esteban Vicente ha sido un ejemplo. Y a veces, esa instrumentalización de la cultura no solo existe con los de signo político contrario. A veces la falta de colaboración responde a disputas internas: ‘como no se le ocurrió a este que es de los míos, no lo aplaudo ni lo apoyo, no vaya a ser que me desacredite.

FuenteTeresa Sanz Tejero
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