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Hablar de cómo amaneció el jueves en la Plaza Mayor, con la niebla y el frío de noviembre, ya invitaría a la poesía. Recordar cómo terminó en el Teatro Juan Bravo de la Diputación sólo sumaría más versos a una tarde que, con luces azules en los balcones del edificio y el jazz saliendo del saxofón del Búho y su gente, daba inicio a una reinauguración del Teatro que no iba a dejar indiferente a nadie.

Poesía, bendita poesía la que trajo la compañía Malditos Producciones al escenario segoviano, que ya, únicamente con las sillas rotas y amontonadas del decorado, con los banderines de circo desgastados y una pieza de madera roída y desigual, inclinada, que ejercería de pared, podía intuir la dureza y la belleza de ‘Danzad, Malditos’; el cuidado con el que Alberto Velasco, su director, ha manejado un montaje cuyo éxito no sólo reside en su guión fijo pero imprevisible, sino en un conjunto de elementos que, empezando por la forma en la que ‘Danzad, Malditos’ juega con la luz y el polvo a través de los focos, y terminando por la manera en la que la música, a veces en un tremendo directo de Verónica Ronda, y otras en las grabaciones de voces desgarradoras como la de Édith Piaf, acompaña a cada una de las escenas, consigue que el espectador que quiere fijarse en ese tipo de detalles salga estremecido de un espectáculo muy merecedor del Premio Max que posee.

Todo esto sin olvidar la interpretación de un conjunto de actores entregados a una apuesta arriesgada, porque eso es la poesía: riesgo. Un elenco que supo transmitir en todo momento los calambres, el hartazgo y la inercia de llevar horas bailando, la expresión en la cara de quien lucha por algo que es muy posible que no logre al final, la rabia de quien queda eliminado del baile y debe mirar durante cerca de una hora cómo el resto de sus compañeros sigue danzando, corriendo a toda velocidad en círculo, bailando sin fuerzas para desarrollar una coreografía.

‘Danzad, Malditos’ habla de lo que cuesta llegar. De la de polvo que hace falta tragar a veces por ser aceptado. De la frustración de aquel que pierde una y otra vez, a lo largo de toda su vida; unas veces por ser el último elegido en un partido de fútbol y otras veces por ser el torpe marcado con tinta. Del modo en el que a veces, los humanos, nos tratamos como cualquier otra cosa menos como humanos. ‘Danzad, Malditos’ empieza con una escena llena de incertidumbre, nada esclarecedora, de no saber qué es lo que está ocurriendo o lo que va a ocurrir sobre el escenario. Con música angustiosa y una luz de buhardilla o de sótano. ‘Danzad, Malditos’ termina con una pareja ganadora, pero con dos cuerpos llenos de suciedad, de reflexiones, de preguntas sobre la vida y de “¿habrá merecido la pena?”.

Es posible que parte del público del Juan Bravo ayer no fuese capaz de responder a esa pregunta, que tampoco fuese capaz de atrapar cada matiz de la poesía con la que Alberto Velasco ha entendido la obra de Horace McCoy, ‘¿Acaso no matan a los caballos?’. Consciente de ello, en uno de los momentos de la obra, el propio director se reprocha, por medio de uno de sus actores, de entregarse a la modernidad, de ver el teatro como algo más que un simple guión. Esa escena fue algo más que una simple escena incluida en el texto: consiguió la carcajada de todo el público que se dio cita en el auditorio y que al final de la obra reconoció con creces el esfuerzo de los actores.

El Teatro Juan Bravo, como afirmaban el vicepresidente de la Diputación, Miguel Ángel de Vicente, y la diputada del Área de Cultura y Juventud, Sara Dueñas, instantes antes de que diese comienzo el espectáculo, se ha propuesto ser un teatro del siglo XXI. Y esto, inevitablemente, deja un sitio preferente a la poesía sobre el escenario.

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