Una cata para sentir el vino

Carlos Moro, Presidente de Bodegas Familiares Matarromera, despide la octava edición del Otoño Enológico de Caja Rural, por el que han pasado más de 1.500 personas

En pleno corazón de la Ribera del Duero, la bodega Matarromera tiene sus naves semienterradas en la ladera norte del Valle del Duero, en el término municipal de Valbuena del Duero, en Valladolid.

Y precisamente de Valladolid es el alma de Matarromera, Carlos Moro, hijo, nieto y biznieto de viticultores y bodegueros (por ambas partes), Ingeniero agrónomo, Diplomado en Economía de la Empresa y, sobre todo, amante de la tierra, apasionado del vino.

Carlos Moro tuvo el honor de clausurar el octavo Otoño Enológico el pasado sábado en la capilla del Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente de Segovia. Bueno, más bien el Otoño Enológico tuvo el honor de que el presidente de una de las bodegas más reconocidas del mundo compartiera su pasión, su cariño y sus vinos en el acto de clausura. ¡¡Qué más da!!, el caso es que el museo se vistió de gala para recibir a Matarromera, que según palabras del propio Moro “es mucho más que el nombre de una bodega o grupo empresarial que engloba los conceptos de “vino”, “aceite de oliva”, “enoturismo”, “destilados o aguardientes”. Matarromera es simplemente la culminación de un sueño. Un sueño que comencé desde niño y que por fin se ha convertido en realidad”.

No disfrutamos de una cata al uso, lo que menos importaba era si el vino tenía capa alta, ribete púrpura o lágrima densa… compartimos la pasión de Carlos Moro, sentimos su amor por el terruño, por las viñas. Los cuatro vinos que disfrutamos, eran el resultado final del trabajo, del tesón, de la innovación, de la pasión. Desde el primer vino, Carlos Moro verdejo 2016 fermentado en barrica de la Finca la Marcas (la finura embotellada), hasta el último, Matarromera Prestigio 2013 (un Ribera del Duero de los que quitan el hipo); pasando por el CM Prestigio 2015 (Rioja elegante y muy sorprendente) y por el clásico Emina reserva 2012, uno de los buques insignia del grupo, los asistentes nos trasladamos a los viñedos, entendimos el trabajo que hay en cada botella trago a trago, sentimos la pasión… y de eso se trataba. Fue una noche en la que no catamos vinos, sentimos vinos.

Y tras el cuarto de la tarde, tuvimos tiempo de charlar, de comentar, mientras disfrutamos del jamón ibérico al corte que Pedro, propietario del Bar La Barcaza, cortó con mucho cariño. Tampoco quiso perderse la velada “La Casti”, panadera de Fuentepelayo con larga tradición familiar que quiso ofrecer una selección exquisita de panes (candeal, pan de pueblo, zamorano y brioche). Otro ejemplo de mimo del producto, de la esencia, de las raíces.

Ya solo faltaba el maridaje musical para cerrar la velada y poner fin al octavo Otoño Enológico. El Maestro Moriles y su hija Haydee ofrecieron un repertorio jazzístico verdaderamente mágico.

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