Víctor Barrio
Víctor Barrio
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El destino se empeña en jugar de verdad. De bruces y de repente. A renglón de sus pasos. Sin carta de aviso. Actúa. Para bien, para mal. Hoy no es más que el mañana con fecha de caducidad. El calendario golpea en serio y despeja cualquier déjà vu. Una tarde el éxito te pertenece y la siguiente te hipoteca. Por siempre. La única explicación lógica al miedo, que mece con estragos, es que existe otra vida, reservada para los mejores. No cabe duda. La gloria es para los elegidos.

Un año de epílogo y 365 días de recuerdo enmarcan el adiós de Víctor Barrio. En aquel todavía reciente entonces, los poetas se lanzaron al tintero. Las muestras de cariño no cesan en su viaje. Las flores siguen perennes. Los vientos desechan escarpias en la piel. Los paseillos presiden montera al cielo. La memoria está viva. Como su toreo, guardado en frasco pequeño de perfume caro y declarado patrimonio cultural inmaterial. Los homenajes no son casualidad. El marfil de su sonrisa y el yunque de su mirada brillan desde la bóveda celeste.

El nodo de la tauromaquia archiva ya su moneda de improvisación, de provocar la suerte, de llamar a su quimera. Ejemplo de proyección. Desde las capeas castellanas a abrocharse la vitola de número uno de su promoción de novilleros. Órdagos sobre el ring a Fortes, López Simón, Juan del Álamo, David Galván o Javier Jiménez, entre otros, quedan en la retina. Nombre del 2011. Siempre rival. Siempre compañero.

Retrato de honradez. Al quiebro de las zancadillas del sistema, que llegan hasta a arrojar cornadas -atropellando la razón-, nunca desistió en su intento por colocarse entre los mejores: el ansiado circuito. Llegó incluso a cabalgar solo, sin apoderado. Tuvo que remar entre ayuntamientos y empresarios de forma paralela a sus entrenamientos. Pasó de dominar el segundo escalafón, a que la gente le preguntara si seguía toreando. Años difíciles, que sucumbió gracias a su pasión y al fortín de confianza que atesoraba su empeño y trabajo.

Barrio era un rascacielos con los pies en el suelo. Hado de insistencia. Su dedicación por la profesión le guardaba un sitio en el ‘green’ de las grandes ferias. Por méritos propios. Era el momento. Tiempos para pugnar en plazas de relumbrón. Con honestidad, valentía y pundonor. A pesar de hundir la distancia de su objetivo, el devenir fijó en Teruel su cruz, un diezmo del que germinó la unión del sector para vertebrar una nueva senda. Su legado es el guión del futuro. La tauromaquia contemporánea camina sobre sus pasos. De grana y oro.

Los proyectos que guardaba en su caja fuerte ven la luz por mediación de ese ángel que es Raquel, su mujer, que junto a su familia no se cansan de alzar los valores innatos del horizonte taurino. El programa que lleva el nombre del propio diestro -promovido por la Fundación del Toro de Lidia- cimienta entre los más pequeños el frenesí de los toros, donde cualquier espuela de aprendizaje es una salida en hombros.

Sin embargo, la Puerta Grande más importante debe ser la que guarda San Pedro. Allí torea la eternidad. El club de los inmortales, el de las faenas que se leen en voz baja. Con el réquiem, el albero queda tendido al miedo. A la suerte del azar. Las manoletinas arden en cada una de sus huellas. Los sentidos sienten sin trampa. Su entrega puso en liza la evidencia de este mundo: los cabos que quedan por hilar y los machos que faltar por atar. Bálsamo de esperanza. Lo que perdió el toreo… y lo que ganó la tauromaquia.

FuenteAlejandro Martín López 
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