La loba coja

En un ejemplo de supervivencia, una hembra logra subsistir más de un año sin una pata

No tiene nombre. Es, simplemente, “la loba coja”. Se trata de una hembra de unos dos años sin una pata trasera, perdida en algún violento episodio cuyos detalles se desconocen. A pesar de ese hándicap, sobrevive en tierras segovianas, maravillando a quienes de vez en cuando la ven.

Su descubridor es uno de los voluntarios participantes en el censo de lobo impulsado por Fernando Palacios, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En abril de 2016, a este voluntario, cuya identidad prefiere no desvelar, se le encomendó rastrear lobos en una comarca de Segovia. No le costó demasiado encontrar excrementos frescos, así que decidió, en esa zona, practicar el fototrampeo, una técnica consistente en dejar instalada en el campo una cámara de fotos con sensor de movimiento, de forma que cuando por allí pasa un animal salta automáticamente el disparador.

No tardaron en llegar los resultados. La cámara capturó en abril la imagen de tres lobos adultos. Pero aquello no era una gran sorpresa. Sí lo fue el material conseguido poco tiempo después, en junio. Aparecía una loba que había perdido parcialmente su pata trasera izquierda. No tenía tibia ni peroné, y lógicamente, tampoco tarso y metatarso. El voluntario no daba crédito a lo que estaba viendo. “Daba bastante pena, prácticamente se caía”, recuerda”. Enseñó el vídeo grabado a expertos en lobos y todos ellos coincidían en que no tardaría en morir.

Pero no. Para asombro del voluntario, un mes después, la loba coja volvió a pasar por delante de la cámara. No solamente estaba viva, sino que lucía mejor aspecto. “Había ganado peso, y se percibía que estaba más adaptada a su situación”. Con el paso de las semanas, el voluntario consiguió nuevas imágenes de la loba coja, en la que aparecía con dos ejemplares adultos, “posiblemente sus padres”.

Del análisis de toda esta secuencia, y tras consultar con biólogos, el voluntario ha llegado a la conclusión de que la manada de esta loba, lejos de expulsarla por su incapacidad para cazar, optó por prestar ayuda a la minusválida. “Ellos la han alimentado”, sostiene el voluntario, para el que “ejemplos así dan mucho que aprender a la especie humana”.

La historia de la loba coja no acaba ahí. En septiembre fue vista con dos lobeznos, de los que no es la madre. Para el voluntario, ese hecho da a entender que ha ejercido de ‘niñera’ de los cachorros del grupo. Dado que está imposibilitada para la caza, la manada la ha otorgado otro rol, que ella acepta. “Devuelve la ayuda que la han dado cuidando de otros”, manifiesta el descubridor de este singular ejemplar.

Para pasmo de los expertos, la loba coja, nacida y residente en Segovia, sigue viva. O al menos lo estaba hace un mes. “Su vida relata la de toda una especie”, asegura el voluntario, quien no tiene duda de que el hombre es el culpable de la pérdida parcial de su pata trasera. Pudo ser por un cepo, un atropello, un disparo… “pero no por saltar una valla”, ironiza. Aunque es consciente de que la loba coja tiene menos posibilidades de supervivencia que el resto de su manada, el voluntario evita hablar de su muerte y prefiere centrarse en las dos lecciones que ha aprendido: la solidaridad entre lobos y la increíble capacidad de superación de la que ya considera su amiga.

FuenteGuillermo Herrero 
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