Una romería con sentimiento

Miles de personas acudieron a ‘la Subida’ de la Virgen del Castillo a su ermita, donde estará hasta el atardecer de mañana, cuando se inicie una procesión que acabará la mañana del miércoles.

Llegó ‘la Subida’ 2010. Y fue justo como se esperaba desde hacía una década. Sobresaliente. Bernardos no defraudó a su Virgen del Castillo. Con el pueblo vestido con sus mejores galas, los emocionados vecinos acompañaron a su patrona desde que salió de la iglesia parroquial hasta que fue colocada en su altar de la ermita del Cerro del Castillo. Bernardos quiere a su Virgen del Castillo, la adora. Ayer lo demostró de una forma increíble.

Se acusa a los segovianos de que sus celebraciones religiosas son sobrias, austeras, de que no exteriorizan sus sentimientos. En Bernardos se rompen todos esos estereotipos. ‘La Subida’ de la Virgen del Castillo a su ermita, un acontecimiento sin paralelo en la provincia de Segovia, debe mirar hacia el sur, a El Rocío, si quiere encontrar otro evento semejante a nivel nacional.

El pueblo se entusiasmó cuando la imagen atravesó la puerta de la iglesia, a las 10,07. Aplauso cerrado. “¡Viva la Virgen del Castillo!”, ¡Viva la Pizarrera”!. No cabía un alfiler bajo la Cruz. Hubo quien llevó de casa un megáfono, para que sus gritos se escucharan mejor. Allí mismo, el primer paloteo, ‘Marcha Real’. Las dos zorras del grupo de paloteo sudaron para hacer sitio a los danzantes. Todo el mundo quería estar junto a la Virgen del Castillo. Por muchas mejillas caían lágrimas.

La calle Iglesia estaba a rebosar. Camino de la Plaza Mayor, la imagen pasó por cuatro arcos florales. Cada uno diferente. Todos preciosos. “Escúchame. Te necesito”, se leía en dos pancartas colocadas en el de la calle Migueláñez. La decoración de las calles no se ceñía a los arcos. Había hileras interminables de banderines conmemorativos de la efeméride y balconeras con la imagen de la Virgen del Castillo…

Bajo cada arco se interpretó un paloteo. ‘La Subida’ 2010 será la de las cámaras digitales, inexistentes hace diez años. El público, consciente de que estaba viviendo un momento único, irrepetible, quería tomar una imagen. Los flashes son incesantes.

La Virgen del Castillo entró a la Plaza Mayor por un arco conopial. Banderas españolas en casi todos los balcones. Frente al Ayuntamiento, uno de los bailes más tradicionales, ‘El Cordón’. El fervor se palpaba, casi se podía tocar.

El penúltimo arco era el llamado ‘de la calle Doctor Cubero’. Una obra de arte, imitando con fidelidad la torre de la ermita de la Virgen del Castillo. Hasta tiene una campana, cuyo repique llama la atención de cuantos pasan.

La imagen enfila la última calle del pueblo, la calle Castillo, al final de la cual aparece un majestuoso arco. A sus pies, Abundia Fernández, 95 años a sus espaldas, que pidió que la llevaran a despedir a la Virgen del Castillo. “Apenas puedo andar, pero lo que más quiero es a la Virgen, y tenía que estar aquí”, decía. Los danzantes bailaron ‘Adiós Bernardos’, y la patrona de los bernardinos, llevada hasta ese momento a hombros, pasó a una carroza. En ella haría los tres kilómetros que distan de su ermita.

El sol caía de plano, pero a nadie le importaba. La Virgen del Castillo paseaba contemplando las tierras de Bernardos, sus campos de cereal, sus encinas y sus pizarras. El camino se tornó en una enorme fila humana. De vez en cuando, alguien gritaba “¡Viva la Virgen del Castillo!”. Cada vez sonaba diferente, pero con igual fuerza.

La última cuesta era empinada. Eulampio Bernardos, septuagenario él, tiraba de la carroza, sudando. “Me siento bien haciéndolo, me siento realizado”, afirmaba. “Puede que sea la última vez que lo haga pero no me importa”, agregaba.

La imagen se presentó en la entrada al Cerro del Castillo que excavaron los bernardinos en el siglo XIX, ¡tal era la devoción que sentían por su patrona!, para evitar que la ermita quedara incluida en los bienes ‘a desamortizar’. Al coronar la Virgen del Castillo, rompieron de nuevo los aplausos. Tras un breve descanso, se inició la misa, en la pradera. Lucas Aragón, uno de los párrocos de Bernardos, resaltó el esfuerzo del pueblo para preparar la fiesta en honor a la Virgen.

Acabado el acto, la imagen entró en su ermita, debiendo ser colocada en el altar por medio de un sencillo torno. Se encargó de este mecanismo Pablo Sacristán, un joven carpintero poco religioso pero capaz de donar una de las nuevas puertas de la ermita. Situaciones así son frecuentes en Bernardos. ‘La Subida’ trasciende el hecho religioso. La Virgen del Castillo une a católicos, agnósticos y ateos recalcitrantes, que viven la fiesta, cada uno a su manera, con pasión.

Nada más empezar a subir a la imagen, el carpintero se echó a llorar. “¡Aquí debería estar mi padre!”, gritaba. Su progenitor, Martín, fue hasta el año 2000 el encargado de esa tarea. El hijo, algo enfadado, se atrevió a blasfemar, pero entre juramento y juramento, y mientras seguía derramando lágrimas, se desgañitaba chillando con todo su alma “¡Viva la Virgen del Castillo!”.

Así es ‘la Subida’. Sorprendente, por momentos incomprensible, pero que puede definirse en una palabra: Especial. Y con la Virgen del Castillo como Madre de todos, sin excepción.

FuenteGuillermo Herrero 
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